Que aparezcan nuevas traducciones al español de un poeta tan relevante como Constantinos Cavafis (1863-1933) no puede ser sino una excelente noticia. Y que este curso literario nos haya deparado al menos dos es incluso motivo de celebración, por más que esta demostración de renovado interés hacia el poeta alejandrino nos induzca a plantearnos, siquiera sea como gesto de bienvenida, un par de preguntas retóricas. ¿Eran necesarias nuevas traducciones de un poeta que cuenta ya con varias versiones solventes al castellano, entre ellas las debidas a los poetas José Ángel Valente y José María Álvarez? Y, sobre todo: ¿mantiene la obra de Cavafis hoy la vigencia y la capacidad de influencia que ejerció sobre gran parte de la poesía española de posguerra, y muy especialmente sobre las promociones que se sucedieron a partir de mediados de los años sesenta? Intentaremos responder –insisto: a modo de gozoso discurso de bienvenida– ambas preguntas; entendiéndose que lo que argumentemos al respecto quiere aplicarse ahora en exclusiva a la traducción de Juan Manuel Macías que tenemos entre las manos, bellamente editada por Pre-Textos.
Sobre la necesidad de retraducir al poeta alejandrino hay poco que decir: cada nueva traducción se impone como un hito en la difusión del poeta traducido en el ámbito de otra lengua, así como un loable esfuerzo editorial y un pretexto para nuevas exégesis y lecturas. No diré que, además, suponga una revitalización del texto traducido, porque las versiones antes nombradas –las de Valente y Álvarez, a las que podríamos sumar las de Ramón Irigoyen– están vivas y cuentan con sus partidarios. Acaso podamos decir que ninguna de las citadas –ni tampoco la que comentamos– hace justicia a determinados rasgos de la obra del alejandrino en los que el lector español confiado a traducciones –como es nuestro caso– puede no haber reparado: el hecho, por ejemplo, de que algunos de sus poemas sean rimados (¿qué lector español asocia el estilo de Cavafis con la poesía rimada?) o se desarrollen en rigurosas estructuras estróficas. Lo dicho sólo quiere dar a entender que aún hay campo para nuevas traducciones. La de Juan Manuel Macías que hoy nos ocupa tiene el valor añadido –del que llamativamente carecían otras– de incluir los textos originales, lo que facilita el cotejo, incluso cuando el lector no posee más que unas tenues nociones escolares de la lengua griega.
No es éste, desde luego, el único rasgo distintivo de esta nueva versión: donde Álvarez, por ejemplo, optaba por cierta contundencia poética muy del gusto del estilo epigramático que caracterizó a muchos poetas de su generación, y al que las versiones de Irigoyen oponían un cierto prurito de fidelidad estricta al original, Macías opta por una especie de vía intermedia: acuñaciones rotundas, incluso métricamente, se alternan con esa sinuosidad característica de la traducción literal; al igual que, en el discurso poético de muchos poetas de hoy, las tiradas métricamente impecables en verso blanco que caracterizaron la obra de muchos poetas que se dieron a conocer a mediados de los ochenta ha sido sustituida por una dicción mucho más laxa, aunque no del todo ajena a los efectos de énfasis o cierre aparejados a un buen verso canónico. No me atrevo a decir que, con ello, la traducción de Macías sea la que corresponde a estos nuevos (y no sé si malos) tiempos de la lírica; pero, desde luego, ha sabido emanciparse de las determinaciones generacionales que pesaban sobre las precedentes.

Queda por responder la segunda pregunta: ¿sigue siendo Cavafis un autor relevante para el lector y el poeta en ciernes de hoy? Para el primero, desde luego. Para el segundo, sería deseable: la lección del alejandrino consistió en armonizar el recuerdo de una Antigüedad que se sentía viva y operante –aunque captada en sus momentos de crisis aguda: la sustitución del sentido de comunidad de la polis por el cosmopolitismo helenístico; o el momento en el que paganismo y cristianismo convivieron polémicamente en el imperio romano– con el retrato certero de circunstancias y modos de vida rigurosamente contemporáneos del autor. La clave de esa armonía reside, quizá, en la percepción de que la Alejandría en la que vivió Cavafis, puerta de Oriente a la vez que fachada cosmopolita y occidentalizada del protectorado británico sobre Egipto, era un vivo trasunto de esa Antigüedad en proceso de transición y disolución a la que el poeta volvía los ojos. Es ese mundo ambiguo, fronterizo y mestizo, en la que los protagonistas de los poemas cavafianos armonizan la sexualidad transgresora con las profesiones de fe –aunque éstas tengan más que ver con el sentido de pertenencia étnica y cultural que con la religiosidad ortodoxa–, la pobreza con los esplendores de la juventud, las rutinas con un sentido único de la fugacidad del tiempo y de todo lo que a él viene aparejado: el placer, la belleza, los logros pasajeros de la sabiduría o el poder.
El mundo en el que vivimos frecuentemente afirma su deseo voluntarista de apostar por esa pluralidad poliédrica, en la que se armonicen culturas diversas y modos de vivir radicalmente divergentes. Pero lo cierto es que los hechos se empeñan en desmentir esos buenos deseos. Desde ese punto de vista, es necesario reivindicar la novedad y radicalidad que suponen los textos cavafianos, y esquivar la permanente tentación que podamos sentir de convertirlos en meras estampas de un hedonismo amable y escapista. En los años sesenta y setenta la diferencia era claramente perceptible; hoy, no sé.

