‘Ben Hur’ o algunos avatares discordantes de una vieja historia

Es posible que el hábito de estrenar o programar, en torno a Semana Santa, películas de asunto bíblico y, por extensión, sobre la Antigüedad entendida en sentido amplio (Egipto, Grecia, Roma), sea cosa del pasado. Otras son las preocupaciones y estímulos de las más o menos secularizadas sociedades actuales; lo que no ha impedido que, en tiempos todavía recientes, películas de este género, como La última tentación de Cristo (1988) de Martin Scorsese o La pasión de Cristo (2004) de Mel Gibson hayan sido objeto de polémica y, por tanto, beneficiarias de la atención pública resultante.

En España, en concreto, la última de las películas mencionadas coincidió en las carteleras con Mar adentro de Alejandro Amenábar, un decidido alegato a favor de la eutanasia, y el resultado fue que la opinión pública se dividió, como suele ocurrir, entre quienes defendían la visión aleccionadora, extremadamente realista y casi gore, del suplicio de Cristo que se presentaba en la militante película de Gibson, y quienes se abonaban a la tesis laica de que la eutanasia debe ser legalizada y regulada. Pero aquí lo significativo, más allá de nuestra inveterada tendencia a la disensión, fue que todo ello se produjera en torno al estreno, en fechas inmediatas a la Semana Santa, de una película que continuaba la vieja tradición de las muy laxamente llamadas “de romanos”.

La más popular de ellas, y también la que en su día tuvo mayor éxito, fue Ben Hur (1959), dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston. Basada en una novela del militar, político y diplomático Lewis Wallace (1827-1905), que llegó a ser la más leída en los Estados Unidos hasta que la desbancó Lo que el viento se llevó, la película igualmente obtuvo un éxito sin precedentes y cosechó un todavía no superado número de óscares –sólo la igualó Titanic (1997), pero hay que tener en cuenta que ésta fue premiada en categorías que no existían cuando el estreno de la película de Wyler.

Charlton Heston en ‘Ben Hur’ (1959)

Antes que ella, no obstante, la popularísima novela de Wallace fue objeto de otra grandiosa adaptación cinematográfica, la que estrenó Fred Niblo en 1925 y puede considerarse una de las cumbres del cine mudo. Ya en fecha tan temprana como 1907, hubo una modesta y más bien paupérrima traslación cinematográfica de algunas escenas de la obra de Wallace, que dirigieron los hoy muy olvidados Sidney Olcott y Frank Oakes Rose, y que tuvo como efecto que los editores de la novela interpusieran una demanda para que se reconocieran sus derechos sobre ella, cosa que obtuvieron y sentó un inamovible precedente en lo que atañe al uso de textos literarios por parte del cine. El fin de la vigencia de estos derechos para la novela en cuestión, por cierto, facilitó que en 2016 se estrenara una nueva versión cinematográfica, dirigida por Timur Bekmambetov. Igualmente, ha habido otras versiones para televisión, animadas, etcétera. En lo que sigue, no obstante, nos limitaremos a los tres largometrajes: estrenados respectivamente, como decíamos, en 1925, 1959 y 2016, representan tres momentos muy distintos de la historia del cine y, por tanto, tres visiones diferentes de cómo apelar al gusto del público, abordar cuestiones delicadas en consonancia con la mentalidad de cada época y resolver los problemas técnicos y artísticos derivados de la adaptación al cine de una narración no demasiado compleja, literariamente hablando, pero sí muy variada en cuanto a escenarios, escenas de masas, interacciones entre ficción novelesca y textos bíblicos, interpretación ideológica de ciertos hechos históricos e incluso maneras de abordar las relaciones entre personajes de muy distintas razas y convicciones.

Ramón Novarro en ‘Ben Hur’ (1925).

La primera gran producción en torno a la novela de Wallace, decíamos, fue la estrenada en 1925. La protagonizó Ramón Novarro, un desdibujado galán al que se intentaba presentar como émulo y rival de Rodolfo Valentino, y la dirigió Fred Niblo, un cineasta que no suele figurar en la nómina de los grandes del cine mudo a la altura de, por ejemplo, D.W. Griffith o King Vidor, quizá por su encasillamiento en el rol de director de galanes con gran capacidad de influencia en las películas que interpretaban, como fue el caso de Douglas Fairbanks o el propio Valentino, a quienes Niblo dirigió en, respectivamente, La marca del Zorro (1920) o Sangre y arena (1922). Dada la complejidad de la producción, Niblo contó con la asistencia de un cierto número, que varía según las fuentes, de codirectores y ayudantes, entre los que figuró el propio Wyler, que dirigiría la versión de 1959. Pero en la que ahora nos ocupa lo importante es destacar que, debido a que su argumento y desarrollo favorecían las escenas de gran espectáculo sobre aquellas de lucimiento individual, Niblo no se limitó a, como solía, poner las cámaras al servicio de la gesticulación más bien feble e impostada de Novarro, sino que volcó su buen hacer en las mencionadas escenas espectaculares, en concreto en dos, que fueron también las culminantes de la producción de Wyler: la batalla naval y la carrera de carros.

Recordemos brevemente el hilo argumental que conduce a una y otra. Tras un prólogo desconectado de la historia, en el que vemos la llegada a Judea de los Reyes o Magos de Oriente en busca de un presunto “rey” o mesías que ha de nacer en Belén, el relato propiamente dicho comienza el día en el que el “príncipe” judío Judá Ben Hur recibe en su lujosa casa de Jerusalén al romano Mesala, su hermano adoptivo, que ha hecho carrera en el ejército y llega como adjunto militar del nuevo gobernador de la levantisca provincia. En nombre del afecto mutuo, el romano pide al judío su colaboración para reducir las tensiones con la población local y disuadir a los rebeldes; pero ello implica, para el romano, la exigencia de que el otro le dé también información sobre los desafectos.

Judá Ben Hur en galeras en el film de 1959.

Ofendido por la negativa del judío a actuar como delator, Mesala abandona la casa en la que ha sido tan bien recibido y desde la que, por mera fatalidad, unos días más tarde caerá accidentalmente un ladrillo sobre el nuevo gobernador cuando éste hacía su entrada en Jerusalén. Los habitantes de la casa son inmediatamente arrestados y, con la aquiescencia de Mesala, Judá es enviado a galeras y el resto a prisión. A partir de aquí, la obsesión del judío no será otra que sobrevivir a su penoso estado y vengar el daño recibido por él y por su madre y hermana. En ello, la novela original no hacía otra cosa que seguir un socorrido patrón de la novela folletinesca de la época, al estilo de Nuestra Señora de París de Víctor Hugo o El conde de Montecristo de Alejandro Dumas: la historia de cómo sobrevivir a una dura e injusta condena hasta conseguir vengarse de los causantes del daño.

Y es en su condición de galeote como encontramos a Judá Ben Hur en la batalla naval en la que su galera es hundida y él milagrosamente logra escapar porque Quinto Arrio, el cónsul romano que dirige la flota, ha reparado en él y le ha concedido la gracia de no ir encadenado. Ello le permitirá,a su vez, salvar al cónsul, acompañarlo luego triunfalmente a Roma –pues, pese al hundimiento de la nave insignia, la batalla se ha ganado– y convertirse en su ahijado. Es este episodio, pues el que decide el destino del protagonista: ha escapado a una muerte segura como galeote y queda en disposición de saldar cuentas en Jerusalén. Y para que todo ello no parezca un caprichoso giro argumental, la batalla naval ha de tener un peso específico y resultar convincente incluso en sus aspectos más melodramáticos. Niblo y sus ayudantes lo consiguen, e incluso se diría que la presunta limitación comparativa que suponen las condiciones técnicas del momento contribuyen a un mayor realismo en todos los detalles: desde la lóbrega penumbra de la bancada de galeotes al convincente empaque de las embarcaciones –de tamaño real algunas, otras en maqueta– y el insuperable dramatismo del momento en el que una nave enemiga embiste con su espolón la galera del protagonista.

Los pasos del ya emancipado ex-galeote lo llevarán de nuevo a Oriente, donde encontrará la oportunidad –escamoteamos los detalles intemedios– de confrontar a su antagonista en el más improbable de los escenarios: un circo donde se celebran carreras de carros. La novela explicará qué circunstancias conducen a que Judá y Mesala se hayan convertido, cada uno por su lado, en avezados conductores de cuadrigas. Cabe preguntarse incluso si es verosímil que esa tarea fuera desempeñada por un alto cargo militar, como era el caso de Mesala, y no por esclavos o sirvientes entrenados para ello. El caso es que, de nuevo, Niblo apuesta plenamente porque la acción diluya cualquier reparo por parte del espectador. La carrera subsiguiente es tan creíble como espectacular, y se diría incluso que no es inferior a la tan celebrada secuencia equivalente en la versión de 1959, que tiene la consideración de ser uno de los momentos culminantes de la historia del cine.

Rodaje de la batalla naval de Ben Hur (1925). Foto: Fundación Juan March.

Volviendo a la de 1925, podría añadirse que, entre la batalla naval y la carrera, se muestran cosas que eran muy propias del cine de entonces y que no lo serán en el que se haría treinta y tantos años después: por ejemplo, el ambiente de decadente sensualidad que el Hollywood de aquellos años asociaba al mundo bíblico y oriental. Fueron muchas las starlettes y aspirantes a actrices, luego famosas, que figuraron en los cortejos de esclavas, bailarinas y demás que encarnaron para la ocasión esta recurrente fantasía: entre ellas, Janet Gaynor, Carol Lombard o Fay Wray. Pero quizá el episodio pre-code –es decir, anterior a la censura autoimpouesta por el llamado Código Hays a partir de 1930– más señalado es el de la seducción de Judá a cargo de Iras, una concubina egipcia de Mesala, interpretada por Carmel Myers, que logra así averiguar la identidad del forastero que pretende retar al militar en las carreras.

Hay otras notables diferencias entre la versión de 1925 y la más conocida de 1959, que no desgranaremos por tal de no alargar demasiado este artículo. Mencionemos tan sólo que en la más antigua puede verse, muy en consonancia con el gusto por lo paramilitar que domina la época, el ejército que Judá llega a armar para apoyar al presunto “rey” redentor que terminará crucificado; o el distinto curso que sigue el romance del protagonista con su ex-esclava Esther. En cualquier caso, la película de Niblo nos sitúa en una época menos puritana que la América de los 50, la de Eisenhower; e, igualmente, menos atenta al mensaje religioso y aleccionador que quería tener la novela de Wallace.

Mesala y Ben Hur en el film de 1925.

Y ello nos sitúa ante la archifamosa película dirigida por Wyler y estrenada ya casi a las puertas de la década que vería la decadencia del sistema de estudios y obligó a Hollywood a repensar sus planteamientos. Planeada como una apuesta para salvar de la ruina a la Metro Goldwin Mayer, la película logró su objetivo y para ello se valió de mimbres que hoy parecen obvios, pero que entonces no lo eran tanto: por una parte, el mensaje biempensante –se subrayan de todos los modos posibles los paralelismos entre la historia de Jesucristo y la de Judá Ben Hur, así como el carácter milagroso de algunas de las interacciones entre ambos–; y, por otro, la un tanto maliciosa introducción de elementos que hicieran pensar a algunos sectores “avisados” del público y la crítica que el argumento tenía una segunda lectura non sancta: Hollywood llevaba entonces casi tres décadas ejercitándose en maneras de dar a entender que era capaz, a un mismo tiempo, de cumplir y burlar su propio código de autocensura. El delicado empeño correspondió al escritor Gore Vidal, guionista de la película, que, no sin fundamento, sembró en ella unos cuantos detalles que hacían pensar que en la relación obsesiva de amor-odio entre Ben Hur y Mesala subyacía una oculta e insatisfecha pulsión homosexual. Al parecer, incluso el propio actor que interpretó a Mesala, Stephen Boyd, estaba al tanto de ese subtexto, al contrario que el muy conservador Charlton Heston, que siempre lo negó. Es evidente que ciertas frases y planos del reencuentro inicial de los dos hermanos adoptivos son deliberadamente ambiguos: así, el famoso brindis en el que ambos se miran a los ojos y entrecruzan los brazos al llevarse las copas a la boca, seguido de un súbito cambio de plano y subida de música, como solía hacerse en el cine de entonces cuando la tensión sexual llegaba a su punto más alto y se adivinaba lo que vendría después.

Ben Hur y Mesala en ‘Ben Hur’ de 1659.

Pero hay en la película un segundo episodio homoerótico del que no suele hablarse y que quizá resulta incluso más evidente que la escena antedicha. Se trata de la relación entre Quinto Arrio, el comandante de la flota en la que rema Ben Hur, y el propio galeote. Está claro, por como está filmado el encuentro entre ambos, que el maduro militar ha reparado en el porte físico del esclavo, del que arranca unas pocas palabras altivas que no le disgustan. Por ello, lo hace conducir a su camarote, donde lo espera en su lecho, y allí le hace una proposición: llevárselo a Roma para hacerlo triunfar en el circo como gladiador. Luego las circunstancias, como se ha explicado, ligarán los destinos del desengañado militar y el atractivo ex-remero: ya en Roma, veremos a Ben Hur en el séquito de su protector y acompañado de alguna que otra bellísima esclava, con la que es evidente que se entiende, pero que también parece proporcionada por el propio Quinto Arrio como estímulo erótico para su pupilo. Al modo latino, éste recibirá el título de hijo adoptivo… Y ahí queda esta curiosa liaison entre un hombre viejo y sin muchas ilusiones y un ardoroso joven empeñado en sobrevivir a sus infortunios.

Más allá de este controvertido elemento, la película de Wyler transcurre por senderos previsibles. Sus puntos culminantes, de nuevo, son las dos escenas que hemos destacado en la versión de 1925: inferior la primera, la de la batalla naval, a su precedente –Wyler rodó la suya con maquetas y en un estanque– y prácticamente a un mismo nivel la otra, la de la carrera, a la que estropea quizá el detalle de que, para recalcar la falta de escrúpulos de Mesala, de los remates o cubos de las ruedas de su cuadriga sobresalen unas cuchillas con las que destroza por colisión las ruedas de sus contrincantes: un truculento recurso que se ha vulgarizado en decenas de escenas de carreras –la de coches que tiene lugar en Grease, por ejemplo– y que en absoluto se echa de menos en la versión muda. Igualmente, Wyler obvia el episodio de las dos legiones que arma Ben Hur para alzarse contra Roma: quizá en el contexto de la época, al filo de decenas de levantamientos armados antiimperialistas en todo el mundo, no parecía elegante aludir a ese detalle.

Jack Huston como Judá Ben Hur en la película de 2016.

Queda por comentar la versión estrenada en 2016, a la que dedicaremos muy breve espacio. Frente al declarado propósito de ser fiel a la novela de Wallace, es la que más se aleja de ella, quizá por el empeño en hacer “realistas” muchos detalles folletisnescos o inverosímiles del texto original. Valga un ejemplo: la causa de la desgracia de la familia Hur no es ahora la caída fortuita de un ladrillo al paso del gobernador, sino un disparo de flecha por parte de un celote –digamos, un nacionalista judío radical– que ha obtenido refugio en la casa. Lo que, curiosamente, devalúa la trama original de fatalidad y venganza, virada finalmente al perdón preconizado por el nuevo mesías, y la convierte… en un castigo más que merecido, puesto que no hay sistema de gobierno que perdone un abierto intento de asesinato de un alto cargo público. Son muchas otras las inconsistencias en las que incurre el presunto intento de hacer más realista la trama, a despecho de que el mensaje que en último término transmite esta floja película es el de que los dos chicos, el indeciso Mesala, siempre atrapado por sus deberes como militar romano, y el algo atolondrado Ben Hur, terminarán reconciliándose y volviendo a vivir en inocente hermandad. Si a ello añadimos la inverosimilitud patente de las modernas animaciones por ordenador, podemos concluir que el mágico ilusionismo visual de las versiones anteriores, filmadas mediante la concurrencia de centenares e incluso miles de extras y complejísimas puestas en escena, se ha perdido por completo.

Aunque quizá la pérdida más patente en esta película de 2016, la más cercana a nosotros, sea la del compromiso de los realizadores con su historia: si no te la quieres creer, si desconfías de sus mimbres, si te crees llamado a enmendarla y corregirla, ¿para qué filmarla?

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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