Barcelona en una veintena de nombres (o diario mínimo de un viaje en julio de 2023)

Livingstone (2/7/23). A mi joven acompañante las pinturas murales que decoran esta hamburguesería le parecen deliciosamente naífs. Le explico quién fue este Livingstone: el misionero y filántropo británico que dio la espalda al mundo para encerrarse en una perdida aldea africana, de la que lo sacó, al cabo de una muy publicitada expedición de búsqueda, el aventurero Stanley, que es a quien verdaderamente parecen dedicadas, a despecho del nombre del establecimiento, las pinturas murales, que no muestran otra cosa que hombres con salacot en actitud de cazadores y fieras que inevitablemente parecen destinadas a ponérseles en el punto de mira. Mientras hablamos de esto y aquello, damos cuenta del potente condumio, muy bienvenido después de toda una jornada de viaje en la que no he comido otra cosa que alguna de las chucherías que venden en la cafetería del tren.

¿Espriu o Maragall? (3/7/23). En realidad, he venido hasta estos jardines del Ensanche bajo el influjo de otro nombre propio, el del ingeniero Ildefonso Cerdá, artífice del trazado en cuadrícula que caracteriza esta parte de Barcelona. Antes de emprender viaje vi el documental en desagravio que hace unos años le dedicó TV3. La burguesía barcelonesa –explica el teatralmente bigotudo Lluís Permanyer, cronista de la ciudad y conductor del documental– nunca acogió con entusiasmo este avanzado designio urbanístico, considerado una imposición del gobierno central, que avaló el plan. Mientras se ejecutaba, los propietarios barceloneses no dejaron de alegar que trazar calles tan anchas y prever que, a intervalos regulares, hubiese grandes plazas –que, además, se comían una cuña de las manzanas que en ellas confluían, rematadas en chaflán– era un lamentable desperdicio de terreno edificable. A esa campaña contribuyó incluso el renombrado arquitecto Puig y Cadafalch, autor de un plan alternativo, que llegó a sugerir que en esas calles tan despejadas la gente enfermaría por culpa de las corrientes de aire… El caso es que este documental me dio ganas de volver a pasear por la Diagonal, eje transversal del Ensanche, y fijarme de nuevo en algunas de sus joyas arquitectónicas, como la abigarrada Casa Comalat, ya muy cerca de donde la mencionada avenida se cruza con el Carrer Gran de Gràcia, en una confluencia que contiene una isleta ajardinada que recibe el nombre de Jardines de Salvador Espriu. Se da en ellos la curiosa paradoja de que el monumento más conspicuo, la doble estatua de Ernest Maragall i Noble conocida como “L’Empordà”, que representa a dos rollizas mujeres desnudas, tiene en su pedestal un verso que no es del poeta a quien nominalmente está dedicado ese espacio, sino de Joan Maragall, padre del escultor: “Les muntanyes i el mar immens, si el món ja és tant formós, Senyor”. Más de un poeta que conozco, pienso, se retorcería en su tumba si supiera que en la plaza a él dedicada han erigido una estatua a otro poeta… Sobre ésta pesan además otras polémicas: cuando se inauguró en 1961 fue objeto de críticas por su presunto carácter lésbico –dos mujeres desnudas que parecen disfrutar de un momento de intimidad–, lo que hizo que fuese trasladada a un lugar más discreto, hasta que en 1985 fue devuelta al emplazamiento para el que estaba destinada.

Monumento a Joan Maragall.                                                                                                Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

Frederic Marès (4/7/23). Lo de menos es decir que el museo que lleva el nombre de este escultor e incansable coleccionista me pareció uno de los mejores de Barcelona: lo verdaderamente curioso es que aquello no parecía un museo, sino el gabinete de curiosidades de un excéntrico personaje que no nos hubiera extrañado que se nos hubiera acercado por detrás mientras examinábamos su colección de estampas de cajas de cerillas, por ejemplo, y nos hubiera sobresaltado y luego calmado con una sonrisa amable y un comentario en fingido tono de disculpa para hacerse perdonar la veleidad de haber dedicado tanto tiempo y espacio a guardar todas esas cosas: vitolas, tarjetas de visita, cartas, estampas, pipas, armas, relojes, qué se yo… También, por supuesto, magníficas esculturas y cuadros. Pero cuando realmente tuve la sensación de estar invadiendo un espacio privado fue al entrar en su estudio de escultor y, en un voladizo al que se accedía por unas escaleras, ver las estanterías de su biblioteca. Un cordón de lado a lado en el arranque de la escalera impedía el acceso. Pedí permiso para saltármelo. Me lo denegaron, no sé por qué.

Plaça de la Seu.                                                           Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

Cecilio G. (5/3/23). El hombre anda como encogido y con una determinación que hace pensar que, de no apartarnos de su camino, nos habría arrollado. Mi acompañante me hace reparar en que va cubierto de tatuajes. Me dice su nombre y especifica que se trata de un artista muy conocido en el mundo del rap. Debo decir que mi interlocutor, un chico muy joven, pertenece a una tribu urbana y musical que declara aborrecer el rap; aunque, eso sí, me lo dice sin la menor acritud y con una beatífica sonrisa, casi como disculpándose: su estética es de inspiración pacifista. Dando por descontada esa benevolencia, esa noche busco en la tablet información sobre el susodicho y escucho algunas de sus canciones. Técnicamente hablando, están bien producidas y a ratos aciertan a decir, entre muchos exabruptos, algunas verdades tremendas e irrebatibles sobre las duras realidades a las que se ven abocados muchos jóvenes. Encuentro igualmente, en mi pesquisa, que en algún momento este hombre ha hecho también punk… Y eso, ay, es más difícil de perdonar, porque una cosa es el rap y otra el punk y no deben mezclarse nunca –doy aquí todo el crédito a mi joven interlocutor– a riesgo de ofender a los partidarios de lo uno y lo otro.

 

Gente en una terraza en Fabra i Puig.                                                                                                      Ilustración de J.M.B.A.

Helios Gómez Rodríguez (6/7/23). Hoy me llevan a la Modelo, la antigua cárcel, que ahora es un espacio desangelado al que se le quiere dar un vago uso cultural. De momento, mientras deciden qué hacer allí, lo han abierto a los visitantes. En algunas celdas han dejado las literas, en otras pueden verse todavía los dibujos e inscripciones que los presos hacían en las paredes, ya casi indistinguibles de los que van dejando los actuales visitantes. La joya del conjunto, me dice mi guía, es la llamada Capilla Gitana. Un preso ilustre, el pintor y dibujante anarquista que da nombre a este apunte, trazó, a instancias del capellán de la prisión, una imagen de la Virgen con el Niño flanqueada por dos ángeles y presidiendo una dramática escena de la Pasión. No nos ha sido posible visitarla: la zona de la antigua prisión en la que se ubica está hoy cerrada: se ve que la parte accesible al público va cambiando según el día o la temporada, quizá porque el espacio es demasiado grande y sus responsables temen abrirlo todo entero de una vez. El caso es que, como hice tras el encuentro con el rapero del día anterior, esa noche busco información sobre el pintor en cuestión. Que nació en Sevilla, de familia gitana con antecedentes masones y libertarios; que recibió formación artística y puso su arte al servicio de la causa proletaria, colaborando en infinidad de periódicos y revistas de la época. Encarcelado en diversas ocasiones tras la guerra civil, pasó por la Modelo, donde dejó las citadas pinturas religiosas. Éstas, en cualquier caso, resultan convencionales y creo que más bien poco inspiradas si se las compara con el resto de la obra de su autor, muy imbuido del estilo expresivo, ágil e ineludiblemente “moderno” del arte de su tiempo, que fue el de las vanguardias. En eso, en ese cosmopolitismo anclado en sus orígenes y en el medio social al que pertenecía, también este pintor nacido en Triana fue “medio gitano y medio parisién”, como su paisano Manuel Machado; sólo que, en el caso de Helios Gómez, esa mezcolanza no es tanto un aditamento de señorito calavera –y conste que no lo digo en detrimento del grandísimo poeta mencionado–, como una especie de intuitiva capacidad de sintonía con las vibraciones del momento histórico que le tocó en suerte. Se le conocía como “el artista de la corbata roja”; pero ese detalle indumentario, l verdad, tampoco me parece determinante: más bien recuerda las coqueterías de dandy de las que hacía gala Azorín,

 

Plaça de la Vila de Gràcia.                                                                                      Ilustración de J.M Benítez Ariza.

Lita Cabellut (7/7/23). Una cosa lleva a la otra, y por eso, mientras visito Can Framis, el museo de arte contemporáneo que patrocina la Fundación Vila Casas y que se ubica entre los rascacielos de Glòries, paso un tanto a la ligera ante las obras de los muy afamados artistas allí reunidos (Guinovart, Tapiès y un largo etcétera) y, en cambio, me detengo en la sala dedicada a la también famosa, pero quizá no tan renombrada, Lita Cabellut. Gitana, dicen, como Helios Gómez; también baqueteada, como el otro, en las vicisitudes de su tiempo, o al menos eso afirma el relato periodístico a ella asociado, que la presenta como una mujer criada literalmente en la calle… No me atrevo a caracterizar su estilo: una especie de Andy Warhol virado al expresionismo extremo, con algún parecido superficial en sus desgarradas criaturas con los homúnculos que pintaba Bacon… Pinturas enormes, potentes, ineludibles, aunque no sea más que por el puro exceso. Salgo abrumado de Can Framis, también deprimido por la evidencia de que los jardines que rodean este costosísimo alarde de mecenazgo privado acogen ahora, quizá por indiferencia de los administradores del edificio, a unos cuantos mendigos que han plantado allí sus tiendas de campaña, rivalizando con los happenings, “instalaciones” y demás alardes que tienen lugar en el complejo a cuya sombra se acogen. ¿Habrá entre esos indigentes alguno que, como la Cabellut, dé el salto de la calle a la fama artística? Mucho me temo que, aun dando por cierto todo lo que se ha escrito de la pintora en cuestión, esas historias no son frecuentes y ni siquiera muy probables. Para despejarme, vuelvo a pie y hago parada en la no lejana y muy animada plaza del mercado del Clot. Y por la noche, para resarcirme de tanto costumbrismo y de haber almorzado una ensalada preenvasada, me regalo una buena cena en un restaurante fino y luego un Negroni en la mejor coctelería de Sant Andreu.

 

Centro comercial Heron City.                                                                     Ilustración de J.M. Benítez Ariza.

Harrison Ford (8/7/23). En el cine del centro comercial Heron City, Indiana Jones y el dial del destino. La disfruto como un niño. Me gusta mucho que esta quinta y, dicen, última entrega de la serie aporte unos pocos datos decisivos que completan la biografía del personaje; o ver al antiguo aventurero de los años treinta y héroe de la Segunda Guerra Mundial convertido en un anciano cascarrabias al que molesta la música que oyen sus jóvenes vecinos. También me ha gustado, en fin, que el argumento juegue a presentar una trama pseudomística –la búsqueda de la presunta “lanza de Longinos”, la que clavaron en el costado de Cristo– y luego la deseche sin más para abonarse a otra que podría entenderse como un bello homenaje a Arquímedes, padre del pensamiento matemático en Occidente. Sé que otros espectadores no han quedado tan satisfechos y consideran que esto no es más que otro producto del Hollywood más decadente… Que cada cual opine lo que quiera. Yo vine a este desangelado centro comercial con las peores expectativas, no ya respecto a la película, que no me podía decepcionar, sino respecto a las condiciones en las que habría de verla. Esperaba que la sala estuviera llena de adolescentes ruidosos comiendo palomitas. Y sí, el público comía palomitas, pero lo hacía con ese comedimiento culpable con el que se entrega a los vicios inofensivos la gente de mi edad, que es la que tenían por término medio quienes allí estaban.

 

Cine de verano en Montjuic.                                                                     Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

Itziar A. (9/7/23). No diré su nombre completo por si no le agrada verse mencionada en esta sarta de ligerezas. Nos la presentó un amigo poeta, a quien ella, también del gremio, había venido a conocer. Quedamos en una cafetería en las inmediaciones de Sant Antoni. Durante la conversación, el amigo común mencionó que estaba elaborando una antología de haikus sobre mariposas, en la que nos invitó a participar. De broma y quizá con alguna involuntaria insolencia, le dije que esa misma tarde le escribiría una docena… ¿Habrá algo más sencillo que ponerse a enjaretar haikus? Entonces la chica dijo que con ella no contaran, que las mariposas le horripilaban. Y en ese momento improvisé éste, que dejé allí, sobre la mesa, dedicado a ella: Las mariposas, / si las miro de cerca, / qué asco me dan.

Un anónimo ¿lector de poesía? (10/7/23). En los Encantes, esa especie de mercado-vertedero donde es posible encontrar cualquier cosa. Yo los frecuento en busca de libros, que normalmente tomo de montones informes en los que abundan también las hojas sueltas y los meros despojos. En uno de esos monturrios he encontrado hoy un ejemplar de la segunda edición, primera de posguerra (1946), del Viatge a Catalunya de Josep Pla. Pero lo curioso vino después. El amigo que me acompañaba me señaló un libro de poesía en inglés, de un poeta desconocido y, por lo que pude colegir en una primera hojeada, más bien mediocre. Pero era un libro bonito, en pastas duras y buen papel, y por eso seguí pasando sus páginas, temeroso de estar dejando pasar una buena pieza. Mi sorpresa fue que, en las abundantes páginas en blanco que suele tener un libro de poesía bien editado –las de respeto, las pares que siguen a las cabeceras de sección, las vueltas en blanco de poemas breves publicados en página impar, etcétera–, su dueño anterior había pegado primorosamente –tanto, que a primera vista parecían parte constitutiva del libro– fotos de chicas en traje de baño o desnudas, supongo que recortadas de revistas. Comuniqué el hallazgo a mi amigo y de inmediato los dos coincidimos en suponer el propósito de ese álbum. Imaginamos al dueño aparentemente absorto en la lectura de los poemas mientras, en realidad, se recreaba en la contemplación de las chicas y quién sabe en qué otras acciones concomitantes… ¿A quién pretendería escamotear todo eso? ¿A su mujer? ¿A sus amigos? ¿A sus compañeros de trabajo, quizá a sus colegas en un claustro académico? El libro sólo valía dos euros, no me hubiera supuesto nada haberlo comprado. Pero no: primero, por una absurda repugnancia, que no suelo tener cuando manipulo otros libros mucho más descuidados y sucios; luego, quizá, por miedo a heredar, al hacerme cargo de él, el ansia al que respondía, reprimida y antigua –el libro debía de tener más de medio siglo– e impropia de un hombre de mi tiempo. O por una tercera razón, menos complaciente: la idea, que me asaltó en cuanto me percaté del trasfondo del libro en cuestión, de que una historia así había de ser reimaginada en todos sus detalles y luego escrita. Y eso me daba pereza: tener que escribir ese cuento morboso. De todos modos, dejo aquí su semilla, por si acaso.

 

‘La durmiente en el tren’.                                        Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

Y una francesa (11/7/23). En el viaje de vuelta, el tren va con retraso y el pasaje se queja en voz alta. Tanto, que una francesa que ha pegado la hebra con dos ancianas españolas les dice que no ve motivo para tanta queja: en Francia los trenes llegan cuando llegan, si es que llegan… “Pero, ¿no fueron ustedes quienes inventaron los trenes de alta velocidad?”, le replica una de las ancianas. Y la otra: “De quejarse saben ustedes mucho. Hay que ver la que tienen liada ahora”, en alusión a los disturbios que está habiendo en el país vecino por la reciente muerte de un chico de diecisiete años a manos de la policía. La francesa elude el espinoso asunto y vuelve a entonar el panegírico de los ferrocarriles españoles. Al día siguiente, intento reclamar la indemnización a la que se compromete Renfe cuando se produce un retraso. Pero la web de la compañía piensa lo que la pasajera francesa: no hay motivos de queja, dice, el tren en cuestión llegó a su destino a la hora prevista. Y el caso es que cuando yo me bajé, dos estaciones antes, llevaba acumulada más de media hora de retraso. Claro que siempre es posible que la recuperara, de un acelerón, en el cortísimo tramo que le quedaba por cubrir. Cosas más raras se han visto.

Imagen de portada:  Plaça de la Seu. Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.

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