Árboles, pájaros y algo más

‘La vida figurada’. José Carlos Cataño. Renacimiento. Sevilla, 2017. 291 pp.

“¿Será verdad que solo escribo de árboles y de pájaros, de matices del cielo y del aire?”, se interroga José Carlos Cataño (La Laguna, Canarias, 1954) en una entrada primaveral de La vida figurada, el volumen que reúne sus diarios de 2008 y 2009. Y más adelante, ya hacia el cierre del libro: “¿A dónde crees que puedes llegar si te limitas a nombrar los olmos enfermos o los gorriones de la mañana?”; es decir: excluyendo todo ese aparato de citas prestigiosas, encuentros con gente importante y juicios campanudos al que tan aficionados son, en su opinión, otros diaristas, más atentos a mantener el tipo de intelectual en ejercicio que al siempre comprometido empeño de dar cuenta de una vida en su cotidianidad.

En estos diarios, desde luego, el testimonio preciso de una cotidianidad filtrada por el ánimo e iluminada por una poderosa capacidad de observación gana sobradamente la partida. Y no es que el otro ingrediente esté ausente del todo: “Ni una vez una melodía, un aria adereza tus pensares en estas páginas”, ironiza el autor en el mismo apunte de diciembre de 2009; pero ya en la segunda página de estos diarios leemos que es la “música de Grieg” la que debe acompañar las tonalidades brumosas del apunte paisajístico que sigue; e igualmente, a lo largo de estas casi trescientas páginas no serán infrecuentes las alusiones a Stevenson, Pessoa, Rilke, Gombrowicz y otros autores. Estamos, sí, ante un diario de escritor en ejercicio; pero de un escritor que, inquietantemente, afirma que la muerte —a efectos de sociología literaria, se entiende— le llegó “en 1996 o 1997; no lo recuerdo con exactitud porque estaba muerto”, y por tanto asume de entrada una clara voluntad de distanciamiento respecto a la gesticulación y el ruido necesarios para hacerse valer en el mercado de vanidades en el que se resuelve la proyección pública de la literatura.

Cada lector, por supuesto, es libre, según su criterio, de conceder mayor o menor peso a estas declaraciones. Pero lo importante, a efectos de la tonalidad del libro que comentamos, es que el personaje resultante, solitario y esquinado, tierno y arrebatado a veces, atento en ocasiones a la mera intendencia y otras absorto, como él mismo declara, en los “olmos enfermos o los gorriones de la mañana”, se convierte en un excelente vehículo para transmitir al lector cómplice el pulso justo de una vida en la que la cotidianidad vivida y sentida se impone holgadamente a la rumia, el ajuste de cuentas o el lucimiento de saberes y opiniones. Lo público, lo noticioso y periodístico, queda reducido a un degradado telón de fondo —un país, Cataluña o el estado en su conjunto, “de políticos delincuentes, periodistas comprados y artistas a sueldo del ayuntamiento”—, frente al que cobra relieve y significado la experiencia privada, particular, del vivir cotidiano. Y aquí es donde Cataño despliega sus mejores registros, los que hacen al lector partícipe de una existencia dual, a caballo entre Barcelona —donde reside— y Canarias, con algún que otro salto al extranjero —Estocolmo, Belgrado, Trieste, Lisboa— y sujeta a muy concretas rutinas: comprar libros y enseres viejos, tomar un café o una copa en una constelación de cafeterías en cuyos parroquianos, atentamente observados, el autor gusta proyectarse, plantearse casi diariamente la posibilidad de ordenar papeles y ajuar doméstico, etcétera. Sucesos recurrentes —quedarse encerrado en el ascensor, reunirse con una hija ya adulta, viajar a la tierra natal— van pautando esta rutina; que adquiere una dimensión añadida cuando el autor lee en ella, no solo la impresión presente, sino el recuerdo o la huella de otras impresiones pasadas: el frío de un día de enero de 2008, por ejemplo, que da pie a la primera entrada del libro, remite a “aquel frío sordo que me impedía sostener un bolígrafo a mi llegada a Barcelona”, treinta y tantos años atrás.

José Carlos Cataño.

José Carlos Cataño.

Por contraste, en la última entrada de estos diarios —que son parte, hay que recordar, de un proyecto de largo aliento que consta ya de cuatro entregas publicadas— el autor pone en labios de un interlocutor inanimado la inevitable pregunta proyectada al futuro: “¿Mañana estaré?”. Un diario no puede contestarla: solo dar cuenta de lo que sucede mientras.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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