Algunos tebeos

Cayeron en mis manos, en una de esas rebuscas a las que parece que estamos condenados los amantes de los papeles desahuciados, algunos ejemplares de la ya lejana revista Cairo, un cómic que tuvo amplia circulación a comienzos de los ochenta. Estaban en una caja de cartón, en un trastero, e iban a tirarlos a la basura. Y aunque no parecen muy baqueteados –se ve que no han tenido muchos lectores–, sí presentan el tacto quebradizo y polvoriento del papel viejo. Los abro con ciertas precauciones, como si temiera que saliera de ellos…, no sé, un enjambre de lepismas, o el fantasma de algún moderno de aquellos años, despertado por mi torpe mano de su sueño eterno entre sábanas de papel impreso.

Y el caso es que me traen muchos recuerdos. Son del año 81: según la cronología de mis novelas sobre la Transición, que son el calendario por el que organizo mis recuerdos de esos años formativos, estarían más cerca de la segunda entrega, Vida nueva, situada a finales el año 78, que de la tercera, Ronda de Madrid, que se ambienta en el otoño del 86. Y, sin embargo, fue en esa entrega donde el protagonista parece empezar a distanciarse de los gustos heredados de la década anterior y se entusiasma con lo que parecían que iban a ser las novedades plásticas, musicales, etcétera, de un tiempo más relajado y gozoso que el inmediatamente precedente, tan abrumado de consideraciones políticas e ideológicas. Tan extendida estaba entonces esa actitud de ruptura, que hubo incluso quien aplicó a la poesía del momento la etiqueta genérica que ya regía para cierto tipo de cómics, con los que se alineaba precisamente la mencionada revista: línea clara. Creo que fue Luis Alberto de Cuenca quien postuló ese marchamo en vez del mucho más inexacto de “poesía de la experiencia”.

 

Cairo, en efecto, defendía un tipo de tebeo en el que predominaba el dibujo nítido y los argumentos basados en los códigos genéricos del cine y la literatura policíacos o de aventuras, frente al intelectualismo y el acabado “sucio” de otro tipo de historietas para lectores adultos. Menos Alberto Breccia o Moebius, diríamos, y más Hergé o Tardi. Lo que, lógicamente, tenía una lectura política, ya explícita en los “editoriales” de la propia revista, en los que se trataba con irónica condescendencia a los posibles militantes del bando contrario, y también en algunas historietas en las que se les caricaturizaba inmisericordemente, a la vez que se registraba su conversión a la nueva estética. Aún recuerdo cuánto me divertían las del catalán Montesol, en las que se burlaba de los cuarentones que, en poco más de un lustro, habían pasado del fular y las melenas jipis a los trajes de Adolfo Domínguez, y de la lectura del Libro rojo de Mao a los alardes de entusiasmo por la “novela negra” o, en una segunda fase más desinhibida aún, por los tebeos e incluso la estética de los anuncios de televisión… Hubo un momento en el que el veinteañero irreverente que fui se apoyaba en estas historietas para zaherir a sus mayores; con una vaga conciencia, eso sí, de que tampoco era uno tan joven como para no haber asimilado en gran medida los gustos e incluso las actitudes de esa generación denostada: quiero decir que, respecto a muchas cosas –y muy especialmente las concernientes a cine y música–, soy más un hombre de los setenta que de los ochenta.

De todo esto me he acordado ahora al hojear estos viejos tebeos amarillecidos. Sonrío al pensar que alguna vez pude tomármelos tan en serio… y divertirme tanto al mismo tiempo. Quizá sea esa la única enseñanza duradera que debemos a la, por otra parte, muy insustancial década de los ochenta –aunque todavía estaban por venir los noventa, tan increíblemente anodinos.

Y también de los ochenta es esta otra pila de viejos ejemplares de Vértigo hallada en circunstancias muy similares a las del otro botín. Vértigo, por si alguien no lo sabe, se anunciaba como la “edición española de Pilote”, una publicación de referencia para los amantes de la bande dessinée o tebeo franco-belga: para mí, en la época en que leía tebeos, una nebulosa de la que se descolgaban personajes como Aquiles Talón, del dibujante Greg, cuyas historietas se publicaban en las revistas de Bruguera, o Gastón el Gafe, de Franquin, al que solía leer en Strong, una curiosa revista barcelonesa que compraba en los mercadillos, que ya frecuentaba en mi tierna infancia, por la costumbre de mi padre de comprarme dos tebeos atrasados por el precio de uno nuevo. Y a esos personajes y dibujantes añado ahora –nunca es tarde– a Gérad Lauzier y su serie de historietas titulada «Crónicas de la Isla Grande», que he descubierto en este último hallazgo.

 

Lauzier, me dice Wikipedia, murió en 2008, a los setenta y seis años, por lo que estas historietas, publicadas treinta años antes, se corresponden con su momento de plenitud vital y artística y son una verdadera crónica en directo de las experiencias y sentimientos de un hombre que, al filo de la madurez, pone en práctica el sueño escapista al que se habían consagrado algunas de las mejores mentes de su generación: este dibujante y guionista, en concreto, se fue a vivir a una aldea de pescadores de Brasil. Las historias resultantes de esa experiencia dan fe, por tanto, de un imposible ideal idílico de sociedad al margen de la modernidad y en la que imperan maneras sencillas de relacionarse y una sensualidad natural que apenas atiende a las convenciones. Pero, al mismo tiempo, el dibujante y protagonista de esas aventuras no se engaña respecto a los aspectos más brutales de la vida en las sociedades primitivas y la naturaleza humana en general, capaces de emponzoñar incluso el entorno más paradisíaco. Lauzier muestra en estas historietas la alternativa a la cínica conversión en “modernos” de los personajes de Montesol: la materialización del sueño jipi de escapada a la naturaleza o a entornos presuntamente no contaminados por el modo de vida aparejado al capitalismo avanzado. Pero se diría que, al final del camino, el desengaño es el mismo.

Y es quizá ese desengaño el que me lleva a concluir que, por encima de mi curiosidad coyuntural por las fantasías colectivas e individuales aparejadas a la línea clara, mis gustos tienden quizá a situarse al otro lado del espectro: al fin y al cabo, decía, uno es más un hombre de los setenta que de los ochenta, y por eso no puedo cerrar estos recuerdos de mi experiencia como lector de tebeos sin mencionar que mi personaje favorito sigue siendo… el Teniente Blueberry, con su realismo sucio, sus personajes siempre desaliñados y sudorosos y con barba de tres días, y su cínica violencia que parecía la traslación al papel de las aparatosas matanzas –inocuas, por otra parte, por su impostada desmesura– que llenaban las películas de Sergio Leone y otros maestros del “espagueti wéstern”. De niño, cuando estas historietas más o menos para adultos venían seriadas en tebeos como el ya mencionado Mortadelo o Super Pulgarcito, básicamente dirigidos a menores de edad, me resultaba muy chocante esa estética feísta de la deformidad, la violencia y la miseria, a la que ni siquiera encontraba un correlato cinematográfico, porque incluso las películas convencionales del Oeste que yo conocía tenían un acabado más limpio y elegante y sus héroes, desde luego, representaban valores totalmente opuestos al cinismo desastrado de Blueberry.

Una viñeta de «Duelo al sol», una aventura del Teniente Blueberry.

Pero ya entonces me intrigaba la evidencia de que el autor de aquellas caras contrahechas y feas, de aquellos encuadres violentos y de esa manera de narrar elíptica demostrara ser, cuando quería, un dibujante de una gran escrupulosidad realista, amigo de los detalles e incluso generoso en aquellos que eran capaces de entusiasmar a un niño: espléndidas fortalezas de adobe, poblados ruinosos, ejércitos enteros con sus uniformes e impedimenta… La lectura reposada de esos álbumes vino luego, en la edad adulta. Aún hoy me siguen gustando y los prefiero a los que su autor, Jean Giraud -que firmaba como “Gir”– dibujó luego bajo el pseudónimo de Moebius. No me entusiasma la ciencia-ficción, y menos cuando se carga de mensajes apocalípticos o presuntamente anticulturales, que es a lo que se aplicaron los cómics de Giraud en esa nueva época. Esa orientación pudo servirle al autor para ganar respetabilidad intelectual –por ejemplo, al convertirse en el ilustrador oficial de las paranoias de Alejandro Jodorowsky–; aunque para mí ya la tenía; porque, como he dicho, desentrañar el sentido del universo desastrado de Blueberry fue el primer problema serio de apreciación literaria al que me he enfrentado en mi vida.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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