Un verano de amor, perdón y redención

‘El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes’. Tatiana Tibuleac. Impedimenta. Madrid, 2019. 256 pp.

Hay libros que olvido en el tiempo que me lleva colocarlos en la estantería; libros que me aburren o no me aportan nada y que dejo a medio leer —antes no solía hacerlo, pero ya sí. Otros, la mayoría, me enriquecen, me enseñan, me interpelan, me hacen pensar… Y hay una categoría de elegidos que pasan a  formar parte de mis esenciales. El verano que mi madre tuvo los ojos verdes es uno de estos. Ya desde el primer párrafo empecé a intuirlo: “Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió 39 años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás. Yo la miraba desde la ventana mientras ella esperaba junto a la puerta de la escuela como una pordiosera. La habría matado con medio pensamiento”. Ese arranque augura una lectura cuando menos intensa, descarnada y feroz, pero, créanme, ni la mitad de lo que Tatiana Tibuleac nos ofrece en esta ópera prima plena de lirismo y autenticidad en torno a un tema tan espinoso como es el de las relaciones entre madres e hijos (al parece, algo tabú en Rumanía).

Será a través del hijo que la autora dé forma a la historia. Un hijo iracundo, rebelde, peleado con el mundo y con él, desequilibrado, violento, pero, sobre todo, falto de amor. ¿Qué hay si no detrás de la ira y del odio?

Alesky es un exitoso pintor que ha sabido canalizar la ira hacia su madre a través del arte; un hombre cuya vida ha estado marcada por la tragedia: primero, la muerte de su hermana Mika, el abandono de su padre y la desatención emocional por parte de su madre que lo convierten en un adolescente violento con tendencias suicidas: “La imposibilidad de morir cuando tenía la necesidad absoluta de hacerlo fue la injusticia más grande que se ha cometido conmigo, y conmigo se han cometido muchas injusticias; empezando por mi nacimiento de una mujer completamente desconocida”. Y tiempo después, un accidente en el que muere su mujer y del que él sale con importantes secuelas físicas (sí, estoy haciendo un poquito de spoiler, pero no se preocupen, la historia es lo de menos, lo importante es cómo lo cuenta Tibuleac).

A simple vista, una persona que sufre tal cúmulo de desgracias, está llamada a convertirse en un ser marginal, un desecho social y, sin embargo, la autora, huyendo de un determinismo fácil, ha elegido crear a un triunfador social que ha logrado convivir con sus demonios gracias a la pintura y a los recuerdos que guarda de ese último verano que pasó con su madre: “En todos los años que siguieron a ese verano en los que visité a decenas de psiquiatras en decenas de ciudades… en todos esos años en que intenté escapar de una locura que al principio me atormentó y me cubrió de toda la podredumbre imaginable, aunque luego me hizo rico y envidiable, no encontré nunca unas pastillas mejores que aquellas del verano con mi madre”. Un verano sobre el que su psiquiatra le recomienda escribir para superar el bloqueo artístico que sufre en un momento de su vida; el verano en el que comenzó su redención: “Mi madre me llevó al campo de girasoles para anunciarme que se estaba muriendo: «Tengo cáncer, Alesky, un cáncer maligno y rabioso», me dijo y el día empezó a coagularse en ese mismo segundo. Su sonrisa de tallos rotos. El verde escurrido de sus ojos. Su blanco de nimbo herido”. Pero no solo la suya, sino también la de su madre cuyo pecado —no haber sido capaz de darse cuenta de que, a falta de Mika, aún le quedaba un hijo al que amar— también merece absolución. Un verano de perdón y reconciliación que “habría transcurrido bello, pero implacable como una mantis, dejando a su paso un rastro de miguitas de felicidad y llevándose, a cambio, una vida casi sin usar”.

Tatiana Tibuleac.

Con una prosa poética tremendamente evocadora, ante nuestros ojos desfilan escenas desgarradoras que van del odio al amor, de la pérdida al reencuentro: “Sentí como después de decir nosotros también, quería estar en ese mismo instante con mi madre, teletransportarme, desaparecer —cualquier cosa—, pero estar junto a ella. Rebobinar ese verano como una cinta y volver al día en que vino —gorda y bajita— a recogerme en la escuela por su cumpleaños. Desodiarla y decirle que tenía unos ojos preciosos antes de que ella me lo preguntara”; de la desesperación a algo parecido a la paz que emana de la comprensión de las circunstancias del otro y, sobre todo, del perdón. Una evolución que la autora va revelando a través de bellísimas metáforas — auténticos brochazos rabiosos como los de los cuadros de Alesky inspirados en su madre— y de frases mínimas que son, por si solas, una historia: “Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano”; “Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro”; “Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas”.

El verano que mi madre tuvo los ojos verdes es, en fin, una de esas  novelas que dejan huella. Si hay que ponerle un pero, aunque muy pequeñito, minúsculo, diría yo, es que, a veces, el tono poético distrae un poco de la historia, pero vamos, no me hagan caso, es un comentario propio de alguien a quien le hubiera gustado ser capaz de escribir una novela de esta categoría.

Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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