Llave echada, y Bel

 

Ahí frente a la ventana despunta todos los días esa pizca de otoño despedazado donde se posan las palomas, y alguna cotorra que deja con cada aleteo un rastro verde en una plaza vacía de transeúntes, inútil ante el gris del asfalto y las aceras, el marrón de los balcones; la tenue claridad de un cielo sin nubes, embargada.

Es un útero afeado por plásticos y latas que el servicio de limpieza apenas retira, y césped con calvas y una vieja piscina sepultada, patios de tierra que ojala fueran de hierba, un diminuto parque infantil que por las noches huele a hachís y cerveza.

En marzo, el árbol frente a esta esquina mudaba a gris sobre las ocho de la tarde, como un cuadro de Monet, cuando los vecinos salían en pijama a la terraza para aplaudir, o vestidos de calle para ello, de oficina, de almacén o fábrica, como si ese momento fuera su único contacto con los otros, y en cada choque de manos, en calma palmada, veía un rasgo de angustia y euforia, la conducta nerviosa de quien deseaba que el encierro terminara cuanto antes, que frenaran las muertes, que finalizaran los contagios, que no me toque a mí, ni a mi familia, Dios, que no nos toque.

Un niño gritó alguna vez que se aburría.

El temor ahora permanece.

Qué ha cambiado.

Duermo poco. Me organizo bien las mañanas. Preparo clases. Doy charlas a alumnos que no veo, con la pérdida del aura que anunciaba Walter Benjamin en su conocido ensayo revoloteando en mi cabeza de huraño mientras paso las diapositivas de la presentación, escucho el móvil sonar, el fijo, olvido mi soledad ojeando los libros que esperan a ser leídos sobre la mesa de trabajo, leyendo otros con paciencia de artesano.

Tolstoi y Lester Young.

Y río porque apenas hablo con nadie.

Es un retiro de hombre cansado, una habitación plagada de instantes que sucedieron y a nadie interesan. Huele a vosotras, a esa aleatoriedad que convino en presentarnos, y yo me consuelo en atribuir a confabulaciones del zodíaco y la posición de los astros y coincidencia de fechas. Santoral y cumpleaños.

Edward Hopper.

Es el recuerdo de un cigarro frente al Duero, sentado en la orilla, escuchando el movimiento del agua y los guijarros, escribiendo ese verso perdido en la memoria, tal vez sobre el amor, tal vez sobre la muerte, los temas de siempre.

Es ese mediodía buscando en La Cortadura un pedazo de arena donde apoyar las toallas, cuando a ella, por la que renuncié a Bel y de quien no puedo hablar, le costaba avanzar cien metros,  y por ello desplegaba una silla de playa, y se sentaba junto a la inmobiliaria acristalada y la tienda de variedades que llevaba una gaditana, o bajo la sombra del aparcamiento, riéndose un poco, conjurando el dolor que no sabe de zonas geográficas, ni de estaciones, ni del sol que broncea la piel, ni del invierno que hiela las mejillas. No sabe de granizadas, ni de la lluvia que está cayendo.

Teníamos que ir desde la Plaza de los Porches a la playa en autobús.

Bill Evans tras Chet Baker.

Y cambio esta mesa que antes estaba en el centro del breve salón, y recupero la alfombra de gruesos hilos, verdes como las cotorras, y disperso pufs, agrupo cojines, y me tumbo en ese escenario inventado que sí, reivindico como un chill out.

Creo que lo es.

Donde hacíamos el amor tantos años antes, desnudos sobre el suelo, tú con un collar de perlas falsas y pendientes de metal dorado y dulzura femenina de labios que se encendían al sonreír, Bel, aún se encienden, y se rompían en hipidos cuando llegabas.

Un chill out de Tarifa, el levante llevándose pareos y picando el océano, los naipes de un mus vespertino volando hacia la sierra.

Fuente y caudal.

Los días no son más lentos. Escribo a ese niño que miraba a través de la base de un vaso de tubo hace tantos años, y ahora es un joven que mira de perfil con un cigarro entre los labios, barba de varios días, seguridad en las pupilas. Tan distante ahora. Mi ahijado. Necesariamente putativos. Me respondió con tres palabras: muchas gracias cuidate. Sin tildes, ni mayúsculas, ni puntuación.

Y sonrío pensando en la lubina que su madre recubrió de sal antes de hornearla, hace algunos años, cuando era un crío, y reía, como sonrío yo ahora, ya lo he dicho. Tengo esas fotos. Y también otras, muy pequeño, con sus dientes de tiburón, y el recuerdo de cuando tenía cinco años y, sí, nunca me canso de repetirlo,  miraba el cielo a través del cristal de la base de un tubo. La imagen fija que en mis recuerdos tienen la textura del amor y la alegría.

Es una pandemia.

Es el nuevo Estado de Alarma. Toque de queda.

Es esta ciudad donde la solidaridad quizás hace aguas, pero nunca las palabras que agradan a los oídos.

Un confinamiento voluntario, otros dicen encierro.

Puerta echada, y Bel.

Vuelvo a la barra de la cocina americana, me pongo ese vino que no puedo tomar, y pienso que no estoy en casa, sino en un bar, escuchando los relatos de vecinos condenados a convertirse con un tratamiento adecuado en literatura. En un fugaz galdosiano.

Pienso que estoy en la ciudad de Cádiz. En la Plaza de los Porches, octava planta, separándome de la ventana para soportar el vértigo. Fantaseo con regresar allí.

Jabón Lagarto.

No hay aplausos.

Esta noche, el árbol es el invierno anunciado con una helada que va cediendo, frente a los pisos de los vecinos recluidos en casas con las ventanas encendidas, y balcones y terrazas con las puertas retiradas, y ese olor a tiempo detenido y una plaza sin gente, de coches aparcados y comercios donde meses antes nadie acudía, porque habían echado el cierre, y ahora entran de uno en uno, recelosos de los otros, temiendo el contagio. Mantengo el vaso entre mis dedos ajados de tanto tabaco, abro la ventana y respiro la polución de este fragmento de ciudad.

Madrid está sitiada.

Y quiero que, por la mañana, bien temprano, me despierte el enigma del piar de los pájaros y los árboles que no se mueven, el temblor del frío que penetra desde fuera autorizado por la caldera apagada, y quiero también que una sensación de inseguridad conduzca mis pasos hasta el primer descafeinado del día.

Y al abrir la ventana, el olfato se llene de la infancia alegre sobre el vaso de tubo.

Como estas paredes, donde solo hay recuerdos.

Como un Madrid que hoy deseo fuera Cádiz.

Bel, y puerta echada.

Carlos Rodríguez Crespo

Autor/a: Carlos Rodríguez Crespo

Carlos Rodríguez Crespo (Madrid, 1971) se doctoró en Periodismo en la Universidad Complutense. Trabaja como periodista, investigador y profesor. En febrero, fue publicada su obra de ficción Ventanas cerca de Mireia (Garaje Ediciones, 2017).

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1 Comentario

  1. Alicia Domínguez

    Magnífico relato.

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