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Por un error del teclado escribí “prehispánico” y no “panhispánico”. Cuando una de las poetas se dio cuenta, al día siguiente, menos mal, los invitados no se sintieron ofendidos. “Encuentro jurásico”, dijo en tono de broma Reynaldo Lacámara. Pero el concepto no había sido elegido al azar. Fue en la capital de España donde, del 21 al 23 de enero, se reunieron una treintena de poetas de diez países que habitan el castellano en su obra. Bien lo explicó Matías Escalera, uno de los organizadores, al señalar que lo panhispánico alude a todo aquello que abarca, conecta o concibe como un conjunto el mundo hispanohablante, una comunidad extendida que comparte una de las lenguas más habladas del mundo. Aquí, en nuestra lengua, las fronteras se disuelven y son las comunidades unidas por el castellano las que convocan este encuentro. A esa idea, Ivo Maldonado sumó una lectura más simbólica. Pan, el dios de la mitología griega, ligado a las gentes rurales y sencillas, de vida simple, amante de la risa, el baile y la música, pero también capaz de una solemnidad profunda, como la de la poesía misma. Para él, Pan encarna, además, la alegría, la picardía, el sol y el sentimiento, una energía vital que dialoga con el castellano como lengua viva, expansiva y compartida.
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Ejemplo de ello fue la presencia del poeta iraquí Abdul Hadi Sadoun y de la rumana Elisabeta Botan. Ambos provienen de idiomas completamente distintos, pero tras una veintena de años viviendo en Madrid y en Alcalá de Henares, respectivamente, ya habitan el español e incluso escriben versos directamente en nuestra lengua, sin dejar de lado la traducción de poetas contemporáneos de sus países. Abdul acompañó y leyó en el Aula Histórica Américo Castro, tras un recorrido por el edificio de la Facultad de Filología de la Complutense, guiado por el poeta y catedrático José Manuel Lucía Megías; Elisabeta intervino, al día siguiente, en la Casa de Cervantes, cuna del maestro de la lengua.
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La inauguración fue una lluviosa noche de miércoles en El Camba, histórico sitio de la ciudad. Con una cartelera cultural abundante todas las semanas organizada por «Bolo», el encuentro recibió a poetas de Cuba, Venezuela, Honduras, México y España. Si bien no estuve ahí, producto de los problemas acarreados por el triste accidente ferroviario, Ximena Troncoso me contó que era un bar pequeño, bohemio, repleto de gente. A Ximena le llamó la atención que una chica, de la cual no recuerda el nombre, fue la presentadora. Después de cada lectura, ella hizo una breve, pero magistral reseña de lo leído, respecto de cada poeta.
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Para el jueves, el grupo enfrentó el clásico frío invernal de Madrid, pasando también por el Parque del Retiro. Allí, miembros de la agrupación “Poetas en el paisaje”, de Aranjuez, nos esperaban para caminar por lo que fue el jardín de esparcimiento de los reyes, hoy, abierto al público para que los poetas nos reuniéramos formando un círculo y nos leyésemos entre nosotros. Ninguno de los presentes pensó que terminarían leyendo textos que aludían al Ángel Caído, la estatua que representa a Lucifer desterrado del cielo, ubicada a 666 metros de altura, aunque la imagen no intimidó al grupo, que dejó atrás, a sus pies, escritos oscuros y espirituales.
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Cada vez que le preguntaban a Matías Escalera cuántos poemas se podían leer, la respuesta era clara: o dos poemas largos o tres poemas cortos. La regla se respetó durante todo el evento. Escalera sostiene que los organizadores no deben leer, aunque se permitió una excepción con Ivo Maldonado, quien viajó doce mil kilómetros desde el Valle de Colchagua para traer a Casa Bukowski a España.
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Tras bajar por la Cuesta de Moyano, donde también se leyeron algunos poemas finales, el grupo se trasladó a tomar un café para combatir el frío. Reunidos en la mesa, Escalera contó anécdotas de su vida en Moscú a mediados de 1987. Me quedó dando vueltas un dato inquietante: el globo ocular puede congelarse a temperaturas bajo los cuarenta grados, provocando que un turista inexperto en Rusia pueda quedar ciego si no toma precauciones.
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La jornada final comenzó temprano, en Alcalá de Henares, cuna de Miguel de Cervantes, quien, cuatrocientos años después de su muerte, sigue mostrándonos cómo salir a defender esta lengua rica y resplandeciente. En la estación, nos esperaban Matías, Elisabeta, Fernando Barbero y Antonio Portillo, poeta andaluz adoptado por Madrid hace 44 años. El acento madrileño ya se había apoderado de él, así como Alcalá de Henares se apoderó de nosotros. Todos nos sorprendimos, al detenernos frente a la fachada de la Universidad Cisneriana, patrimonio de la humanidad, saturada de imágenes y símbolos que remiten a la arquitectura renacentista y a los estamentos sobre los que se basaba el poder de la ciencia y del imperio. Seguramente, Cervantes conoció esa fachada y caminó, de niño, por las mismas calles por las que íbamos y por la Calle Mayor, la calle porticada más larga de España, en donde está el museo Casa Natal de Cervantes, y donde, frente a una réplica del Quijote y Sancho Panza —este último más feo de lo que imaginaba—, nos fotografiamos y fuimos recibidos.
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Quien se haya aventurado a recorrer El Quijote sabe que las estructuras y caminos de la novela —y de la escritura en general— están ahí. Por eso, leer en el lugar donde nació Cervantes provoca algo en el cuerpo. Por supuesto, Cervantes no estaba en la casa, ni se presentó a la hora acordada para la lectura, que inauguró Cristina Penalva frente a una veintena de curiosos. También participó Fernando Barbero, quien leyó un único poema titulado OTAN en Madrid, y Sonia Aldama, cofundadora de la Asociación de Mujeres Escritoras y parte de Culturamas. Sin imaginarlo, Aldama conocía Temuco, mi ciudad natal, y había entablado amistad con el fallecido escritor y poeta local Guido Eytel. Completaron el plantel, Francisco Peña, poeta y experto cervantista, Elisabeta Botan y Antonio Portillo.
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Durante el almuerzo, las botellas de vino abrieron paso a nuevas conversaciones. Mientras Escalera y Portillo se turnaban para explicar cómo los franceses, tres siglos más tarde, dimensionaron la importancia de Cervantes para el devenir de la escritura, otros poetas se perdían en diálogos donde aparecieron Neruda, Gonzalo Rojas, los tipos de viento que existen en el mundo y diversas anécdotas sobre encuentros y el clima del día. Tras la sobremesa, el grupo se trasladó a tomar una última copa en un bar dedicado a El Principito de Saint-Exupéry, para luego marchar, en medio de una fuerte ventisca, rumbo al acto en Embajadores.
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La Parcería, ubicada en una calle que comparte con escuelas de teatro, le recordó a la poeta Raquel Zarazaga la noche madrileña que había conocido años atrás. El bar, gestionado por latinos, comenzó a llenarse de curiosos que gritaban y celebraban a los poetas y músicos que subían al escenario. La chilena Silvia Cuevas leyó poemas sobre el golpe de Estado en Chile y sobre los heridos por el genocidio en Palestina. El mexicano Iván Vergara subió al escenario junto a su padre y ambos leyeron el mismo poema en tonos distintos, generando un efecto catalizador. Acoyani Guzmán cuestionó con sus versos a la mujer ideal; Ximena Troncoso le cantó al Merlot; Ivo Maldonado leyó un poema de largo aliento que recordó la lucha diaria. Elisabeta Botan no se quebró al declamar versos sobre cómo sanar tras una violación. Carlos Ávila entonó “El derecho de vivir en paz”, revelando las voces de poetas y espectadores chilenos en el recinto.
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Todo terminó con los participantes sobre el escenario, retratados por el fotógrafo Federico Romero Galán, quien con su cámara documenta los eventos poéticos de Madrid. Así, el encuentro panhispánico quedó capturado por su lente: otra historia más que sucede en una ciudad donde la picaresca se enerva y nos reúne para hablar, leer y seguir acrecentando el diccionario personal del castellano.



