Umbral en libros de saldo y periódicos viejos

Igual que hay quien, para aliviarse la conciencia, de cuando en cuando da una moneda a un pobre, yo a esos efectos compro en los baratillos, y siempre por unos céntimos, un libro de Terenci Moix o de Francisco Umbral (1932-2007). No sé muy bien qué clase de bálsamo moral obtengo a cambio: el oportuno recordatorio, quizá, de que las glorias literarias, como las otras, son siempre pasajeras; o de que la ingratitud de los lectores es inconmensurable; o de que haber sido leído por muchos no significa necesariamente haberse ganado la fidelidad siquiera de un puñado.

No sé. En el caso de Moix voy haciendo acopio de sus libros de viajes, las misceláneas sentimentales, las novelas policíacas de juventud, los cuentos y alguna que otra stravaganza, como esa novela indescriptible que tituló Mundo macho, a la que quizá dedicaré también una de estas “lecturas extemporáneas”. Con Umbral es más difícil deslindar el polvo de la paja: ambas cosas se presentan inextricablemente entreveradas, y hay que tener una cierta vocación de buscador de perlas en el fango para encontrar las que realmente hay, y muy valiosas, en la prosa de este prolífico escritor.

Pongo como ejemplo el último libro suyo que llegó a mis manos; o quizá sería mejor decir que rescaté casi literalmente de la boca del contenedor de basura, como parte de un despiadado descarte de biblioteca motivado por una mudanza: me refiero a Las españolas, uno de esos libros de sociología impostada que Planeta encargaba a escritores famosos para nutrir su muy reaccionaria colección Espejo de España, en una época en la que el público respondía bien a esos reclamos.

Las españolas es un catálogo de los tipos de mujer que eran visibles en España en los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco y respira ese aire de desconcierto ante la figura de la mujer en trance de emancipación que era la nota distintiva, también, de las canciones sentimentales de la época, las que cantaban Camilo Sesto o Lorenzo Santamaría, por ejemplo. Hay semblanzas, por tanto, de la mujer con estudios, la progre, la feminista, la que viaja y alterna… Y otras muchas dedicadas a la presunta hembra hispana tradicional, rolliza y frígida, absorta en insondables quehaceres domésticos y dotada de una igualmente insondable voluntad de dominio.

Naturalmente, no es posible leer esas páginas sin indignarse un tanto. Lo que Umbral dice de las mujeres asesinadas por sus maridos, por ejemplo, sería hoy motivo de denuncia en un juzgado. Pero hay también, en este batiburrillo oportunista, muchas páginas lúcidas, que parecen delinear la herencia sentimental de alguien que debe mucho de su educación en ese campo al influjo de esas hembras tan despiadadamente catalogadas. La que dedica a las madres solteras, por ejemplo, tiene su miga, por motivos que el curioso puede espigar en la despiadada biografía del autor que la profesora Anna Caballé publicó en 2003: en ese libro, publicado en vida del biografiado, alcanzó dimensión pública lo que hasta entonces había sido uno de los secretos mejor guardados del escritor: su condición de hijo de madre soltera.

La biógrafa, sin embargo, no quiso o no pudo aportar el dato de quién era el padre del escritor y si éste lo conocía. El misterio quedó luego esclarecido: Umbral –lo publicó el periódico El País– era hermano del poeta Leopoldo de Luis, es decir, hijo del abogado Alejandro Urrutia… En medio quedaban años de veladuras, de afectos tácitos, de silencios elocuentes… Y también una buena historia que dice mucho de cómo funcionaban las cosas entonces, así como de esos secretos mimbres de los que está entretejido, hoy como ayer, el mundillo literario hispano.

Pero sigo con Las españolas. Hojea uno esas páginas con una mezcla de agrado y sobrecogimiento. ¿Sonará así, dentro de no muchos años, todo lo que hoy nos parece fresco y ocurrente? ¿Tenemos los escritores de hoy las entendederas así de obstruidas por la sensibilidad contemporánea? Aunque quizá quepa invertir la pregunta: ¿habrá en nuestras páginas, como en las de Umbral, algo que merezca salvarse de la quema?

Algunos lo juzgan todavía por sus últimos artículos, que eran los que les sonaban a quienes, cuando murió, hubieron de escribir las necrológicas que fueron apareciendo aquí y allá. Pero esos escritos, al fin y al cabo, eran fruto de darle a la manivela y exprimir las zurrapas del oficio. Hubo también quien se refirió entonces a los años en los que, aupado en la cresta de una generación política y socialmente triunfante, las “negritas” de  las columnas de Umbral, en las que se destacaban los nombres de las figuras del día, eran todo un barómetro de popularidad. Se dejó querer, qué duda cabe, por unos y por otros, lo que seguramente alimentó no solo su vanidad, ingenuamente exhibida en sus apariciones públicas, y su bolsillo, sino también esa amarga decepción que a veces también se traslucía en su prosa. De ahí, quizá, esa curiosa tendencia suya a identificarse con otros ganadores-perdedores de este oficio: con César González-Ruano, por ejemplo.

Francisco Umbral en 1992.

Como su maestro, Umbral no fue escritor de libros, sino de páginas sueltas. Mortal y rosa, su obra más celebrada, es una amalgama de páginas memorables. Tenía el don del estilo, la habilidad de hacer que cualquier cosa que dijera pareciera obedecer a una inteligencia intuitiva, pronta a identificarse con la del lector y, consiguientemente, a halagarlo. En eso ha tenido más seguidores de lo que se piensa: podríamos nombrar ahora mismo a una docena de escritores contemporáneos que han intentado cultivar ese registro, consiguiéndolo solo a medias. Eso, naturalmente, suscita envidias, y no es de extrañar que, en los últimos años de su vida, en su papel de reaccionario esquinado –un papel no más verdadero ni falso, en fin, que cualquiera de los que interpretó a lo largo de su dilatada trayectoria– no gozara de demasiado predicamento entre sus colegas.

Y el caso es que quienes nos hemos dedicado alguna vez al columnismo, esa esclavitud y ese vicio, tenemos en él un referente ineludible. En la época en la que quien esto escribe andaba documentando sus novelas de la Trilogía de la Transición hube de  hojear muchos periódicos viejos: raro era el que no incluía una colaboración de Umbral. Me pregunté entonces si alguien tendría en mente leerse despacio todo aquello –quizá lo mejor, lo más perdurable de su obra– e intentar ofrecer una buena selección. Por lo que sé, ese deseo mío no se ha cumplido; y no solo por la pereza de los posibles antólogos, sino quizá también porque el columnismo no puede entenderse sin la salsa de la actualidad, que es la que le da sentido, por más que el mayor mérito al que pueda aspirar el columnista sea ir más allá de esa actualidad y trascenderla.

Qué hacer, por tanto, con Umbral y toda esa variopinta fauna, hoy añeja, que aparecía  en sus artículos: sus castañeras, el vecino “facha”, su muy admirada y requebrada Isabel Tenaille –que era una presentadora de televisión de entonces–; y también su melancolía, su escepticismo ante los tópicos biempensantes y su impostada docilidad, un poco adelantada a la sensibilidad oficialmente contestataria que se estilaba entonces, ante los acontecimientos que conformaban el acontecer del momento. Con qué poco (que es mucho) se pone en pie una voz reconocible en un artículo, se mantiene esa voz en toda una serie, se convierte esa voz en la de alguien reconocible  y cercano. Véanse, por ejemplo, ciertas ”Crónicas de Madrid” que leí en un tomo de prensa local de hace cuarenta años, y que eran incomparablemente mejores, pongo por caso, que los artículos que publicó en El Mundo en los años previos a su muerte.

Entre esos artículos breves, de no  más de un folio, de hace ocho lustros hay muchos que habría podido firmar su admirado maestro González-Ruano: uno, por ejemplo, en el que hacía la crónica de una conferencia que él mismo dio sobre Larra ante un público universitario entre el que predominaba el elemento femenino; u otro en el que glosaba uno de esos calendarios de desnudos que se estilaban entonces… Es decir, eso tan español de la satiriosis elevada a melancolía, y que solo deja de ser sonrojante y produce buenos resultados cuando quien maneja ese registro sabe, además, reírse de sí mismo.

Creo que lo he dicho ya: los libros de Umbral, que hoy pueden comprarse en los baratillos por unos céntimos, terminarán cotizándose como lo que son: para bien, o para mal, la obra de uno de los escritores más representativos de las aspiraciones y limitaciones de la literatura que se hizo en España durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Tienen sabor de época y, al mismo tiempo, denotan un meritorio esfuerzo por trascenderla, es decir, por ir más allá de ese estilo vagamente azorinesco y un tanto redicho que tenían los más destacados prosistas que escribían en los periódicos de entonces. Para lograrlo, Umbral elaboró una curiosa mezcla del estilo peraltado del ya tres veces mencionado González Ruano y la cohetería de Ramón, trufado de algunas vetas de lirismo entre finisecular y becqueriano. Esa mezcolanza tiene personalidad y encanto; y sirve también de eficaz vehículo para una especie de insatisfecho cinismo muy propio de entonces, pero que aún hoy puede resultar atractivo y eficaz.

Si alguien lo duda, haga lo que yo: enciérrese durante varias semanas en una biblioteca y lea decenas o centenares de periódicos de hace cuarenta años. Los artículos de Umbral eran lo mejor que podía encontrarse en ellos. Y nadie ha venido a sustituirlo en la prensa de hoy.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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