Tres prosistas singulares

La educación del estoico (Único manuscrito del Barón de Teive). Fernando Pessoa. Traducción de Manuel Moya. Prólogo de Julio Moya. Isla de Siltolá, Sevilla, 2016. 99 pp.

La educación del estoicoEste “único manuscrito del Barón de Teive” sigue siendo hoy una de las obras más perturbadoras de Fernando Pessoa (1888-1935). En su misterioso autor el poeta portugués quiso descargar su propio resquemor ante la vida, su desconfianza hacia los sentimientos comunes, su escepticismo ante la mera posibilidad de formularlos de modo que enunciaran alguna clase de verdad que ayudara a vivir. De raigambre romántica –“Hay páginas [de Rousseau o Chateaubriand] que me angustian; parecen escritas (…) por un hermano gemelo que no he tenido, alguien que es diferentemente la misma cosa que soy”–, esta sensibilidad es vivida por el Barón, sin embargo, desde una especie de exceso de autoconciencia radicalmente moderno, que le lleva a someter a examen cualquier pasión o efusión sentimental y a descartarla por fútil o falaz, lo que se traduce en la pura incapacidad para vivir: “Alcancé, creo, la plenitud del uso de la razón. Y es por eso que me voy a matar”. Como afirma Julio Moya en su introducción a esta breve joya pessoana, la creación de este heterónimo fue una estrategia del poeta para conjurar su propia querencia al suicidio. El resultado es un estremecedor dietario, una mirada radicalmente escéptica a los tópicos de la literatura vitalista y sentimental y un brillante ejercicio de prosa autoexploratoria, de cuya lectura no cabe salir indemne.

Yo vivo. Max Aub. Cuadernos del Vigía. Granada, 2016. 83 pp.

Yo-vivoMax Aub (1903-1972) intentó en castellano, entre 1934 y 1936, lo que James Joyce había intentado en inglés doce años antes: escribir la “novela de un día”, el relato pormenorizado de cuanto acontece física y mentalmente a un hombre a lo largo de veinticuatro horas; que es, en literatura, el más depurado ejemplo de esa recurrente convicción que lleva a los artistas a explorar lo de fuera –el macrocosmos, podríamos decir– a partir del examen pormenorizado de lo de dentro, lo íntimo, lo pequeño, lo circunscrito a condiciones de observación que no requieren apenas levantar la mirada del escritorio. A diferencia de Joyce, no obstante, al escritor español le faltó, no tanto la vocación de exhaustividad, que llevó al irlandés a pergeñar más de un millar de páginas, como la ocasión: “Esto escribía a trozos cuando la guerra nos envolvió”, declara Aub en una escueta y conmovedora nota final; en la que añade: “Al releer, hoy, estos cachos de prosa del que creí que sería mi gran libro, veo que quedará trunco para siempre”. Apenas ochenta páginas alcanza en esta edición tipográficamente generosa. Pero son, qué duda cabe, ochenta páginas gloriosas, plenas de vitalismo y sensualidad, más celebratorias que meramente descriptivas. En ellas se canta el placer de redescubrirse vivo al despertar, de confrontar el paisaje, de experimentar los sabores de los elementos y los colores de las flores; también –más demoradamente– del amor y del placer sexual, suma y cumbre de todos los placeres; y de su receso, la simple intimidad compartida. Sólo Helena o el mar del verano de Julián Ayesta podría parangonarse a este libro singular: al filo de los años negros en los que solo florecería el “tremendismo” más oscuro y pesimista, esta obrita de Aub contiene la promesa de toda una literatura diferente. No pudo ser, ay.

Lo que no quise decir. Sándor Márai. Traducción del húngaro de Mária Szijj y J. M. González Trevejo. Salamandra. Barcelona, 2016. 159 pp.

Lo que no quise decir_135x220Tendría que haberse publicado este centenar largo de cuartillas como parte de Confesiones de un burgués, la magna obra memorialística del húngaro Sándor Márai (1900-1989); pero el autor prefirió que este amargo ajuste de cuentas con su patria y sus compatriotas permaneciera inédito, o al menos a resguardo de miradas extrañas. En ellas destila toda su amargura por haber sido parte y testigo de una Hungría que no pudo ser: la que, después del Tratado de Trianon, quiso darse a sí misma, bajo la regencia del almirante Horthy, un imperfecto estado parlamentario que no logró resolver ninguno de los problemas básicos de la nación –la desigualdad social, sobre todo– y abocó al país, tras su acercamiento a la Alemania nazi, a un feroz nacionalismo que culminó en desastre. Fue el final, no solo de un régimen, sino, sobre todo, de la fe de toda una clase social, la burguesía culta a la que pertenecía el propio Márai, en una determinada visión del mundo, humanista y europea. Hoy estas apasionadas páginas han perdido lo que pudieran tener de mirada coyuntural hacia una época y un lugar determinado y se leen sin dificultad como testimonio de una crisis de identidad que afectó a toda la Europa liberal y de la que ésta, a juzgar por las tensiones nacionalistas y xenófobas que vuelven a aflorar hoy, todavía no se ha recuperado. En ese aspecto, este breve añadido a las monumentales memorias de Márai es tan grato de leer como instructivo.

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Autor/a: CaoCultura

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