Al otorgársele en 2014 el premio Príncipe de Asturias a John Banville, quien gracias a sus brillantes metáforas y al forense Quirke ha triunfado en nuestro mercado editorial, galardonamos también a la literatura irlandesa, esa hermana supuestamente “menor” de la anglosajona que cuenta con autores únicos y excepcionales: Laurence Sterne, Jonathan Swift, Oscar Wilde, Bram Stoker, Samuel Beckett, Bernard Shaw o James Joyce. Casi nada.
Con herencia semejante, resultaría extraño que un único autor destacara en nuestros días, lo que no es el caso. Así que aprovechando el reciente éxito conseguido por la película Brooklyn, con toda probabilidad numerosos lectores españoles conocerán a otro autor que tiene parte de su obra traducida y publicada aquí. Se trata de Colm Tóibín.
Nos resultará cercano y cálido. En parte porque residió algunos años en Barcelona, domina nuestra lengua y está familiarizado con nuestras costumbres, pero sobre todo porque aborda temas que nos importan y nos afectan mucho. En Brooklyn, la emigración, la añoranza y el desarraigo. En Nora Webster, el duelo y la supervivencia, nuestras relaciones con los vivos y con los muertos.
Solo quien haya leído ambas novelas sabrán que están interconectadas. Nora Webster aparece mencionada en las últimas páginas de Brooklyn, así como la madre de Eilis Lacey (protagonista de Brooklyn) visita a Nora Webster en las primeras páginas de esta última novela. Hilo conductor que sirve para indicarnos que también estamos ante dos obras de ficción histórica rigurosas con la época que retratan, continuando una a otra. Cambian las protagonistas, los escenarios (Nueva York/Irlanda) y los temas principales, pero no dejaremos de asomarnos a una sociedad de cambio y confrontación por los derechos civiles en la Norteamérica de Brooklyn, así como el llamado conflicto de Irlanda del Norte en Nora Webster. En ambos, hubo grandes movilizaciones populares.
Estos telones de fondo combativos asimismo sirven al autor para crear una atmósfera todavía más ajena y hostil al profundo mundo interior de las protagonistas, verdadero centro de estas dos novelas escritas en tercera persona “avec”, es decir, recogiendo lo que ellas hacen y piensan en todo momento. Mundos interiores, tratados con respeto y delicadeza, que también están en conflicto: Eilis teniendo que elegir entre dos futuros posibles con dos países y dos hombres distintos; Nora debiendo sobrevivir en un duelo intenso, largo y doloroso, por su bien y el de sus cuatro hijos. Y sin embargo, ambas historias están llenas de esperanza, sobre todo la segunda.
Pues justamente, al finalizar Nora Webster, captamos de inmediato en Colm Tóibín la influencia, la larga sombra de un gran escritor norteamericano: Henry James. Pues es James quien le ha proporcionado a este autor buena parte de sus armas para analizar lo que supone vivir en una comunidad irlandesa: el profundo catolicismo, la protección de unos miembros a otros por encima incluso de las clases sociales, el amor a la naturaleza, el poder de la familia. No hay relación amorosa nueva que aparezca de súbito para calmar el dolor de Nora, recurso fácil que el escritor ha evitado expresamente. Son sus propios sentimientos, intensos y vivos por el marido muerto lo que la salva, así como desarrollar sus propias capacidades y aficiones aparcadas tanto tiempo en la creación y cuidado de su familia. Un grandísimo e inquietante final, inesperado para el lector, coronará esta novela apasionante, exquisita, intensa y distinta. Toíbín no sirve al mercado, hace literatura. Otro gran premio merece, en este caso, una Princesa de Asturias.


