Todavía cuelgan algas de mis huesos

Todavía cuelgan algas de mis huesos. Hay yodo en mi conciencia soleada

y en el Egipto de mis ojos nostálgicos se levantan palmeras

(Carlos Edmundo de Ory, Carta única a mi padre)

Entre los papeles que depositaron para su custodia en el Archivo Histórico de Cádiz los descendientes de Fermín Salvochea (alcalde de la ciudad entre 1871 y 1873) hay una carta extraña que ningún investigador ha sabido explicar, puesto que del asunto que trata, pese a ser muy llamativo, no se han encontrado ni otros documentos ni noticias en la prensa de la época. Se trata de una misiva dirigida al propio Salvochea, firmada por una tal María Casar y fechada en Liérganes (Cantabria) el 18 de mayo de 1872. La carta ocupa la doble cara de dos cuartillas y tiene una caligrafía esmerada; al final, debajo de la firma, hay una anotación en otra letra que reza: “Hablar con Quiterio”. Transcribo la carta en su integridad, actualizando la ortografía y modificando en algo la puntuación, a fin de que al lector actual le resulte del todo legible.

‘Niño pez’. Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Señor Alcalde: me llamo María Casar Vejo, vivo en Liérganes, muy lejos de Cádiz, y tengo la sospecha fundada de que mi hijo pequeño, Francisco de la Vega Casar, esté en esa ciudad que usted con tanta generosidad administra. Mi hijo tiene ahora veinte años, aunque su apariencia es de muchos menos, la de un niño. Es manso y diligente, pero puede parecer hosco o peligroso ya que apenas sabe hablar y su piel, toda cubierta de escamas, suele asustar a quienes no lo conocen. Francisco nació con esa enfermedad y, aunque quedé viuda al poco de que él viniera al mundo, he podido cuidarlo con la ayuda de mis hijos mayores y de don Genaro, el sacerdote que ahora me ayuda a escribirle esta carta. Verá, mi hijo desapareció hace más de un año en Santander. Fue allí con otros mozucos del pueblo, querían aprender el oficio de carpintero. Por lo visto un día se fueron a nadar y ya nunca se supo más de él. Su inclinación por el mar le viene desde muy chico, yo siempre lo he tenido bien guardado en casa pero, al hacerse mayor, no pude hacer nada para retenerlo. La cosa es que él, en su lengua, venía diciéndome desde hace ya tiempo que quería ir a Cádiz, que quería vivir allí porque es un sitio rodeado de mar, una isla, donde nunca faltan algas en la orilla y siempre hace sol. Eso se lo había oído decir a una vecina, la esposa de un hombre que emigró a Cádiz hace muchos años y regenta allí una tienda de ultramarinos. Se llama Quiterio Balbás y tiene el puesto, según me dice su mujer, en la calle de la Torre. No es la primera vez que mi hijo desaparece, en alguna ocasión lo hemos encontrado en puertos cercanos, Pedreña, o Langre, donde unos pescadores lo pudieron rescatar con sus redes. Pero ahora es mucho tiempo el que falta y temo yo que en su empeño de llegar hasta Cádiz le haya sucedido alguna desgracia. Yo le estaría muy agradecida si usted preguntara por él en su ciudad, si viera usted la manera de encontrarlo, calculo que si ha llegado hasta allí debe andar entre los marineros, en el puerto o en la lonja. Si Dios quisiera que así fuera y usted pudiera hablarle, dígale, por favor, que dé noticias a su madre y, si pudiera ser, dígale también que se abrigue y que coma bien, huevos y mariscos, que es lo que siempre ha dicho el médico que lo mantiene vivo.

Dios guarde a usted muchos años. María Casar.

One thought on “Todavía cuelgan algas de mis huesos

  1. Otra extraordinaria labor de lupa de la profesora Ruiz, orgullo de la investigación detallada.
    El chico perdido tiene mucho del peje Nicolau,leyenda que llega hasta el Quijote.

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