A tiro de cañón, o paseando por el ‘Libro de los pasajes’ de Walter Benjamin

Sobremesa de una comida con amigos sociólogos en un restaurante. Alguien saca a colación la Escuela de Frankfurt. No, no se le corta a nadie la digestión. El filosofar al hilo de los detalles de la vida cotidiana. La moda, el callejeo (Benjamin), la cultura de masas (Adorno)… Menciono el desprecio que éste sentía por el jazz. “No me explico –creo recordar que acababa uno de los artículos de Prismas– cómo miles de personas se dejan llevar por un ritmo tan monótono”. Un coetáneo nuestro, Felipe Benítez Reyes, lo dijo de otro modo: “Muchos músicos de jazz son como los malos toreros: parece que nunca saben cómo rematar una faena”.

Pero estábamos entre gente versada en según qué lecturas. “Dentro del propio marxismo –dice uno– no es lo mismo tener como referente a Lenin que a Walter Benjamin. El verdadero progresismo, si es que esa palabra significa algo, debería consistir en asumir la duda, la crítica, el desamparo que supone no acogerse a las soluciones prefabricadas o al rebaño uniformado. Por desgracia, no suele ser esto lo que dan a entender muchos que se definen como de izquierdas”. Se queda uno pensativo. Si hay que retomar el marxismo, desde luego, que sea al modo como lo entendió Benjamin: una especie de teoría de la lucidez que, más que animar a la acción transformadora, predisponga serenamente a una especie de desesperación razonada, cuyo posible mejor desenlace no anda muy distante de la clase de liberación de las servidumbres de la realidad que depara la razón poética.

Me he acordado de esa velada volviendo a hojear el Libro de los pasajes de Benjamin. No me parece que haya que lamentar que la monumental obra proyectada se quedara simplemente en una ingente compilación de apuntes y citas. Le ha cogido uno el gusto a la lectura fragmentaria; y, en ese sentido, la de este tocho de más de mil páginas viene a ser algo así como un paseo por un enorme bazar –lo que, al fin y al cabo, era muy del gusto de Benjamin– en el que uno va encontrando, en el batiburrillo, una observación brillante aquí, un certero aforismo allá… O, como quien se tropieza con un hermoso retazo de una pieza irreconocible, tal o cual perla rescatada de una inencontrable monografía de hace cien o ciento cincuenta años: por ejemplo, todas las citas que Benjamin hace de este sorprendente texto del revolucionario Blanqui, L’éternité par les astres, pariente cercano de mi querido Eureka de Edgar Allan Poe o Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones. Cada uno de nuestros instantes, viene a decir Blanqui, pervive eternamente en el espacio y en el tiempo, por lo que nuestra transcurrir es un multiplicarse, también en el terreno de la posibilidad: en la eternidad hay algún sosias nuestro que en su día tomó las decisiones que nosotros desdeñamos y que vive por  nosotros –mejor dicho: siendo nosotros– la vida que hemos dejado de vivir por haber tomado en su momento una decisión y no otra…

No es difícil intuir cómo hubiera hilado Benjamin todos esos materiales tan heterogéneos: de su simple yuxtaposición nace un argumento; pero también percibe uno cuánto se hubiera perdido si ese argumento –una especie de exposición de la significación política y moral, cuando no simbólica, de la cultura material del siglo XIX, tal como ésta se manifestó en las modas, el urbanismo, la decoración, etcétera– hubiera llegado a ser desarrollado de una manera convencional. Ojalá Benjamin hubiera tenido tiempo y ganas, antes que buscar la muerte en un callejón de Port Bou, en 1940, a sus cuarenta y ocho años. Le pudo una especie de lúcida desgana, la que le producía la perspectiva de no encontrar puerto de arribada en su huida del infierno nazi. Pero acertó antes a dejarnos en esbozo lo que sin duda hubiera sido, y quizá es, su mejor obra.

Walter Benjamin.

Tengo anotados en mis cuadernos algunos titulares de prensa que me fueron saliendo al paso la primera vez que leí este Libro de los Pasajes. A Benjamin no habrían dejado de interesarle muchas de las almibaradas loas que la prensa de hoy sigue dedicando a la empresa capitalista –tengo delante una gacetilla a propósito de la importancia de El Corte Inglés en la reciente historia de España, publicada a raíz de la muerte de quien fuera su fundador–; como tampoco le hubiera resultado indiferente la canonización casi instantánea –es decir, sin dejar pasar los prudentes decenios, e incluso siglos, de espera que la Iglesia asigna a estos procesos– a la que suelen ser sometidos ciertos prohombres de empresa en el momento mismo en el que fallecen. Sin duda habría llamado la atención del filósofo alemán esta nueva demostración palpable de la sacralización del dinero, cuya contrapartida no es, no puede ser otra, que la cosificación del hombre sometido al influjo de ese culto nefasto. Y no andan descaminados quienes piensan –eso ya lo intuía el filósofo alemán– que los templos de esta extraña religión son los centros comerciales, a los que, incluso en tiempos de penuria, acudimos, si no a satisfacer nuestras necesidades, sí a embriagarnos de la mera presencia sobrecogedora de todos esos bienes que podríamos poseer y que acaso portan, por su mera capacidad de infundirnos ese deseo de posesión imposible, la promesa de una felicidad también inefable. A Benjamin le fascinaba esa facilidad con la que la cultura material surgida de la revolución industrial había sido capaz de trastocar la escala de los valores espirituales. Advirtió de ello, en vano, porque acaso el éxito paradójico de un filósofo estriba en que sus advertencias no sean atendidas, para que luego sus lectores puedan certificar lo acertadas que eran.

Pero hay más, mucho más, en ese bendito Libro de los pasajes, cuyo título mismo es una invitación a perderse en él: la insistencia, por ejemplo, en que las reformas urbanísticas que el prefecto Haussman llevó a cabo en París durante el Segundo Imperio tenían como objetivo principal favorecer las maniobras del ejército –y sobre todo de la artillería– para reprimir las revueltas populares; y que el efecto colateral más evidente de las mismas no fue otro que el enriquecimiento ilegítimo de todos los propietarios que consiguieron obtener indemnizaciones desmesuradas por la expropiación de sus casas o locales, lo que dio lugar incluso a una próspera industria del fraude, destinada a hacer creer al fisco –a veces, utilizando incluso figurantes– que esos locales albergaban prósperos negocios de cuya pérdida había que resarcir al dueño.

Nada ha cambiado desde entonces: la lectura de estas triquiñuelas del capitalismo de ayer no hace otra cosa que arrojar luz sobre las no mucho más sofisticadas trampas y amenazas sobre las que se edifica el de hoy. Tengo anotado, por ejemplo, que el mismo día en el que leía esas páginas, los periódicos incluían dos noticias que Benjamin sin duda habría recortado y glosado. Una hacía referencia al hecho escandaloso de que el número de multimillonarios se había doblado en España durante los años peores de la crisis económica que comenzó en 2007; y la otra, ya en el terreno de las fantasmagorías constructivas que tanto apasionaban al filósofo, a propósito de la ralentización y casi paralización, en esos mismos años de crisis, de las obras del segundo puente que entonces se construía sobre la bahía de Cádiz; cuya necesidad, no hay que olvidarlo, hubo quien justificó en su día con el argumento de que el otro único puente hasta entonces existente podía ser fácilmente bloqueado por los manifestantes cada vez que surgía un conflicto laboral en las empresas ubicadas en las cercanías. De nuevo, como en los tiempos del prefecto Haussman, esa curiosa relación entre obra pública y prevención de disturbios.

Memorial Walter Benjamin en Portbou.

Menciona también Benjamin otro detalle llamativo, igualmente indicativo del cariño que los gobernantes sienten hacia sus pueblos: el proyecto, también del Segundo Imperio, de rodear París de fortines con capacidad de bombardear los barrios obreros en caso de revuelta. Y lo curioso es que esa iniciativa la tomaba… un gobierno surgido precisamente de las revueltas. Tampoco ese detalle se le escapaba al filósofo.

En otros ensayos más pulidos, más acabados, el siempre lúcido Benjamin diagnosticaba una de las grandes mermas o privaciones que ha padecido el hombre contemporáneo: la pérdida del aura. Son complejas las causas de esa carencia sobrevenida; pero algunas de ellas, desde luego, no pueden calificarse de sutiles. Ahora ya sabemos que el aura no se pierde sólo por cuestiones de índole, digamos, cultural (aunque ése era el objeto preferente de estudio del proyectado Libro de los Pasajes). Hay también un simple factor de fuerza bruta. Y ése es sin duda el aspecto más inquietante que parece desprenderse de esta monumental indagación, apenas esbozada, que quiso ser el Libro de los Pasajes: detrás de las galerías comerciales, del relumbrón de la moda, del nuevo esplendor aportado a las ciudades por la iluminación de gas, del dinamismo de las multitudes, de nuestra abigarrada modernidad, en suma, podía advertirse siempre esa amenaza. Quizá los generales de Luis Napoleón no llegaron a construir esos fortines con los que bombardear a sus conciudadanos en revuelta; pero quién sabe si esos mismos cañones no nos estarán apuntando desde otro sitio. Si no los habremos interiorizado y nos disparan desde dentro.

Imagen de portada: Memorial Walter Benjamin en Portbou.
José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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