‘Retrato de Stephy Langui’. René Magritte.
En los años que llevo intentando desentrañar y analizar la escritura autobiográfica en la mujer, hoy quiero detenerme en dos autoras contemporáneas que vivieron en culturas y circunstancias muy dispares. Alejándome a propósito de los estereotipos extremos de Virginia Woolf o Sylvia Plath, por poner dos ejemplos, estas dos escritoras han captado mi atención cuando las he puesto a una frente a la otra, en lo que pretende ser una reflexión sobre la noción de cuerpo de la mujer como hogar y hogar de la mujer como cuerpo, en una relectura comparada.
En el caso de Marguerite Duras (Indochina, 1914-París, 1996), en El amante, a través de la primera persona del singular asistimos al caos vital que se expresa magistralmente en la discordante mezcla intencionada de tiempos verbales, una medida ambigüedad y un constante flasback que vuelve, una y otra vez, al transbordador como punto de partida y de llegada de la narración. Por otro lado, el gozo celebrativo expresado en la construcción de un nuevo hogar, en la narrativa limpia, lineal y acogedora de May Sarton en Anhelo de raíces. Dos vehículos de expresión emocionales antagónicos: la frialdad y la lejanía de uno frente a la calidez y la cercanía del otro. Dos mujeres, dos experiencias vitales diametralmente opuestas. Una aparente distancia emocional y literaria en dos géneros: la autoficción y la autobiografía. El cuerpo de la mujer concebido como casa-hogar y receptáculo de emociones primordiales, por un lado y, por otro, la concepción y proyección de un hogar como habitáculo del cuerpo físico y psíquico, y como se unen y se entremezclan estas dos realidades en ambas escritoras.
Más allá del tópico de la experiencia erótica y la ambigüedad sexual de ambas autoras –en Duras, la presencia de Helène Lagonelle y la insinuada relación incestuosa con su hermano y, en Sarton, la ausencia explícita de Judith Matlack, su pareja antes de mudarse a New Hampshire–, si hacemos una lectura contrapuntal con la intención de ir más allá de lo aparente, nos encontramos con que el relato de estas mujeres está plagado de llamadas y notas al margen que, con una lectura superflua, pueden pasar desapercibidas.
El amante, como sabemos, pertenece al género de la autoficción, una variante híbrida o expresión experimental de la biografía. Duras no confirma expresamente que lo que estamos leyendo sea un relato de su vida, al omitir, por ejemplo, los nombres de la mayoría de los personajes. Sin embargo, la fotografía de la portada del libro en todas sus ediciones, es un retrato suyo cuando tenía la misma edad que la protagonista de la obra. En ella nos narra una historia cruda pero perfectamente verosímil, acorde a la época, la cultura y la sociedad en la que se ambienta, describiendo con una capacidad abrumadoramente plástica emociones, recuerdos y lugares que parecen brotar del corazón y de la memoria misma de la autora. ¿Casualidad o intencionalidad? Sin duda, supone una transgresión en un estilo autobiográfico puro que podríamos catalogar como innovador hasta ese momento, salvando las distancias de los ensayos o las novelas de Woolf donde se abre una nueva brecha de escritura femenina y feminista, y donde la autora inglesa comienza a poner de manifiesto, sin ambages, el papel de la mujer en la sociedad, sus necesidades y sus emociones más íntimas.
May Sarton (Bélgica, 1912- York, EE.UU, 1995), sin embargo, se remite al estilo clásico de la autobiografía, narrando en primera persona con una prosa vibrante y rica una época de su vida, invitando a entrar en el texto a personajes y lugares reales a los que nombra y hace interactuar, protagonizando situaciones no sólo verosímiles sino cotidianas, desprovistas de grandes dramas o escenas cruentas.
“La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos paisajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie”. Duras nos muestra aquí, en sólo dos frases, un cuerpo vacío, una historia sin historia, personas que aparecen brumosas, evaporadas. Con una desgarradora crudeza nos relata cómo, con dieciocho años, ya se siente brutalmente envejecida. El cuerpo, como alojamiento de emociones y vivencias secretas, ocultadas a propósito, –quizá un trastorno maníaco depresivo heredado de su madre–; el cuerpo como casa, un hogar desdibujado en decadencia a una edad demasiado temprana. Emociones que brotan en cascada: celos, miedo, culpa, rabia, deseo, el anticipo de un placer desconocido pero latente. Una mujer sometida al mandato de masculinidad ejercido de forma patente por su madre y su hermano mayor, después por el amante, el hombre de Cholen. Una familia sin amor, desestructurada. Nos encontramos, de manera nítida, frente a un tipo de escritura catártica a la que ella misma hace referencia: “Le respondí que lo que quería, por encima de todo, era escribir, nada que no fuera eso, nada”.
En contraposición, Sarton, comienza su relato de una forma celebrativa, nombrando a su familia con una preciosa metáfora sobre los hilos de un tejido y, cómo al entrelazarse, forman la trama que han hecho de ella la persona que es. Cuerpo como hogar que alberga a los ancestros, sentimiento de pertenencia y gratitud a sus padres. Mujer libre que, en palabras de Virginia Woolf, ama a otras mujeres y que no olvida de dónde procede y dónde quiere llegar. Ausencia absoluta del mandato de masculinidad –salvo pequeñas alusiones humorísticas con los hombres que la ayudan en la reconstrucción de la casa–. Un sujeto femenino fuerte y seguro de sí mismo, integrado armoniosamente en la sociedad en la que vive y con la expresión de la escritura como oficio, asentado y comprometido –de nuevo, como catarsis–: “El escritor, solo en su mesa de trabajo, tiene que crear su propio impulso, extraer su entusiasmo de su propia esencia, y no sólo cuando se siente inspirado, sino día tras día, aunque la inspiración no acuda”.
En Duras duele la herida de la ausencia de un espacio-hogar deseado y duele la herida física del cuerpo, que es un espacio habitable no sólo para ella sino también para el amante: “Le digo que a mí también me hubiera gustado vivir en una galería exterior, que cuando era niña eso se me antojaba lo ideal, estar fuera para dormir. De repente, me duele. Apenas, es muy ligero. Es el latido del corazón trasladado allí, en la herida viva y fresca que él me ha hecho, él, el que me habla, el que ha creado el placer de esta tarde”.
En Sarton, la casa actúa como compañera, pareja, amante incluso. La casa es mostrada como una persona, un cuerpo vivo y en constante cambio y movimiento en el que apoyarse para sanar las heridas del pasado: “Había querido mudarme sola, la casa y yo por fin confrontadas sin la mediación de nadie…” […] “La gente imagina que a menudo debo sentirme sola. ¿Cómo explicarles? ¿Cómo decirles que no, que la casa está conmigo?”
Ambas mujeres construyen, en fin, un relato apasionante del sujeto femenino expresado en la tríada cuerpo-casa-cuerpo, en medio de dos ejes culturales tan distintos como el estadounidense y el oriental. A través del hilo de estas dos historias nos percatamos nuevamente de cómo la vida de la mujer es una lucha continuada a través de los siglos, las sociedades y las culturas por encontrar su propia identidad, una identidad que a los hombres les viene dada y no se les cuestiona. Por encontrar su propio espacio, su propio yo; y los caminos –en esta ocasión, tan distintos- que debe recorrer para conseguirlo, simplemente sobrevivir o, en ocasiones, fracasar.


