Santa María la Real de Piasca: románico entre montañas

Sobre el cielo del desfiladero, a ratos de un intenso azul y a ratos cubierto de oscuros nubarrones grises, me cruzo con el vuelo de algunas de las numerosas aves que habitan en la zona. Mis pobres conocimientos solo me permiten reconocer un buitre, al menos eso creo, dejándose arrastrar por el aire con sus alas extendidas, sin aparente esfuerzo. De cuando en cuando parecen tomar impulso agitándolas levemente. Vuelan atentas a los movimientos que sólo ellas son capaces de percibir entre los claros que dejan encinas, alcornoques, hayas y robles, unas en busca de carroña y otras de culebras y reptiles que abundan en la zona. Algunas detienen su vuelo y se posan sobre las abruptas paredes verticales donde también anidan, favorecidos por las oquedades que se abren en las rocas calizas. Un paisaje grandioso el de La Hermida, en el que el viajero puede llegar a sentirse atrapado entre las angostas gargantas por las que discurre la estrecha carrera que replica, curva tras curva, el curso excavado pacientemente por el río Deva, a lo largo de los más de veinte kilómetros que le lleva atravesar los Picos de Europa.

Al salir del desfiladero, el viajero puede optar por continuar hacia Potes, o bien desviarse por el camino que nos lleva hasta Piasca, un poblado de apenas 75 habitantes en lo más profundo de la comarca de la Liébana que custodia un rico tesoro. La iglesia de Santa María la Real es una de esas pequeñas y encantadoras iglesias románicas en las que la tosquedad de los sillares de piedra contrasta con la delicada talla de capiteles y arquivoltas, obra de manos expertas, y que hacen del románico un arte único, que nos invita a preguntarnos qué empujó a aquellos hombres a reunir esa belleza arrebatadora en lugares tan peligrosos, inhóspitos y apartados de todo y de todos, como fue en otro tiempo el paraje en que nos encontramos. Lugares por donde no se pasa a menos que se busquen.

Iglesia de Santa María la Real de Priasca, Cantabria

Mucho antes que los monjes negros de Cluny, al amparo de los favores concedidos por reyes y nobles, extendieran su tupida red de ricas fundaciones benedictinas por los reinos cristianos del norte de España, hubo otras órdenes, más modestas, que eligieron el monacato como forma de vivir su relación con Dios. Una de ellas fue la que instituyó San Fructuoso,  nacido en el seno de una familia de la nobleza goda en los años finales del siglo VI o los primeros del siglo VII, en la corte de Toledo o en El Bierzo, punto que no han terminado de aclarar sus biógrafos. Sea como fuere, su vinculación con la comarca leonesa era muy fuerte, y el lugar que eligió para convertirse en un ermitaño después de desprenderse de sus bienes terrenales y repartirlos entre los pobres. Su fama trascendió y, en poco tiempo, fueron muchos los que empezaron a imitarlo, poblándose la región de cenobitas y penitentes, hasta hacer de ella la “Tebaida berciana”. Fructuoso se vio obligado a fundar su primer monasterio, al que seguirían otros muchos y es considerado como el padre del monacato hispánico. Redactó una regla monástica y se le atribuyó la creación de una segunda, aunque la mayoría de los historiadores actualmente descartan su autoría o, al menos, les plantea serias dudas. Se distinguen ambas por la dureza en la mortificación y las rigurosas condiciones que imponía a los hombres y mujeres que abrazaban la orden.

Las comunidades que seguían la regla de San Fructuoso se asentaron siempre en lugares escondidos y recónditos, como Piasca, cuyo origen se remonta a la primera mitad del siglo X, cuando se funda la iglesia y se firma el pacto entre un número indeterminado de monjes y treinta seis monjas, para la constitución de un monasterio dúplice, es decir, donde habrían de convivir hombres y mujeres, en espacios diferenciados pero bajo una misma autoridad, la de un abad o una abadesa. Este tipo de monasterios  que se dio en toda Europa, tuvo un gran arraigo en los reinos peninsulares, llegando a contabilizarse hasta más de doscientos y, esto hay que destacarlo, dirigidos por mujeres en la mayoría de las ocasiones, lo que no siempre fue bien recibido ni por monjes ni obispos. Aylo fue la primera de las abadesas que estuvieron al frente del monasterio de Piasca hasta finales del siglo XI, cuando pasó a depender del monasterio de Sahagún y las monjas fueron trasladadas.

Detalle de la arquivolta de la portada lateral.

De aquella época se conserva el ala este del claustro, en cuyo piso superior vivían las monjas. La época de mayor esplendor, sin embargo, llegó en el siglo XII, cuando el monasterio había pasado ya a la orden benedictina y el prior D. Pedro, gracias a las importantes donaciones recibidas acometió la reforma del claustro, hoy desaparecido, y que servía de lugar de enterramiento de ambas comunidades. Al mismo tiempo se encargó la construcción de la iglesia, cuyas obras comenzaron en el año 1172 siguiendo los cánones del estilo románico pero con elementos que marcan ya la transición al gótico que estaba por llegar.

La fecha puede determinarse con tal precisión gracias a la inscripción epigráfica de una lápida de consagración que se colocó junto a la puerta principal. En ella también se menciona como autor al maestro Covaterio, que se tiene por un constructor y escultor francés procedente de la Borgoña, lo que hace de Santa María la Real de Piasca uno de los escasos ejemplos en los que el artista románico sale del anonimato. Los nombres que se van conociendo llevan a los historiadores a replantearse la idea tradicionalmente aceptada de aquellos maestros como los de unos hombres que no buscaban la fama, tal vez para evitar reproches por su falta de humanidad por algunos de los temas tratados, ni tampoco otro tipo de reconocimiento quizá porque el hecho de tallar bastaba por sí solo para la salvación de su alma. Curiosamente otro de estos artistas salidos a la luz fue Juan de Piasca, al que se tiene por discípulo de Covaterio, que dejó su nombre en la iglesia burgalesa de Rebolledo de la Torre, cabe preguntarse si acaso siguiendo el ejemplo de su maestro, aunque también hay quien sugiere que ambos pudieran ser la misma persona.

Detalle de las arquivoltas.

La maestría de Covaterio se despliega en la rica ornamentación escultórica de las dos portadas. La más rica es la occidental, cuyas cinco arquivoltas despliegan un amplio muestrario de la iconografía del románico en el que conviven con los motivos decorativos vegetales, leones, músicos, cabezas humanas y de animales, guerreros con su armamento. En los cimacios, repite la decoración vegetal, con zarcillos ondulantes ahora; y en los capiteles descubrimos labores de cestería, escenas de cetrería, una Anunciación, y animales fantásticos tomados de los bestiarios medievales como dragones, basiliscos, grifos y centauros, entremezclados todos sin orden aparente, bajo una tupida trama vegetal de tallos entrelazados. Un conjunto que continúa con un desgastado relieve en el fuste de una de las columnas de las jambas, en el que San Miguel se enfrenta al diablo con forma de un dragón, tal como se describe en el pasaje del Apocalipsis. La decoración se completa con la arquería que se coloca por encima de la portada, entre las que figuran las imágenes de San Pedro y San Pablo flanqueando a la Virgen con el Niño, una imagen esta última del siglo XVI.

La portada meridional es más sencilla, y se piensa que podía ser de clausura, utilizada sólo por la comunidad monástica. En cuanto a la decoración destaca un magnifico cimacio con la representación de una escena de caza de un jabalí, y las dos solitarias arquivoltas de que consta. La exterior tiene decoración vegetal, pero en la interior, destaca la rica ornamentación figurativa, con un hermoso muestrario en el que aparecen herreros, músicos, monjes, y otros oficios medievales. Entre todas ellas sobresalen, los conocidos como los amantes, las figuras de un rostro barbado y otro imberbe, que aproximan sus labios sin llegar a besarse, pero en un gesto inequívoco que ha dado lugar a numerosas interpretaciones por parte de los investigadores que se han acercado al monumento. Así, hay quien piensa que la escena representa la entrega de un novicio a la comunidad, sellado por el beso del abad; quien afirma que se trata de los reyes Alfonso VIII y su esposa Leonor, en el momento de su encuentro y compromiso matrimonial, benefactores del monasterio, y en cuyo enlace tuvo un papel destacado en las negociaciones el abad de Sahagún; también quien opina que, efectivamente, es una boda, pero la de Tobías y Sara, como aparece en Ripoll. Para otros, en cambio, es una muestra del amor lujurioso, en el que los dos amantes aparecen acompañados de la figura de la izquierda en la que se ha querido ver una alcahueta, otorgándole así un carácter moralizante. Y, por último, también quien nos remite no a un beso de amor, sino de traición, el de Judas a Cristo.

Detalle de la portada de Santa María la Real de Piasca.

Un paseo por el exterior nos permite contemplar los canecillos con su repertorio de bestias, que rodean el templo en su integridad.  También los escasos vanos que se abren en los muros, en los que los canteros se han esmerado en los detalles, enmarcándolos en pequeños lóbulos de inspiración mozárabe que los hacen destacar entre los toscos sillares. Llegamos así al ábside, donde hay que admirar el precioso ventanal apuntado, cerrado por una espléndida arquivolta y una riquísima decoración escultórica. La estampa que conforma el templo en aquel punto, con las montañas al fondo, que empiezan a cubrirse por las nubes que descienden al atardecer sobre los bosques, ponen el punto final a la visita y nos marca el momento de continuar el camino.

Gonzalo Durán

Autor/a: Gonzalo Durán

Gonzalo Durán es profesor. Desde hace varios años se dedica a la divulgación del arte a través del blog 'Línea Serpentinata' y colaboraciones en diferentes medios de comunicación.

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2 Comentarios

  1. María Jesús Ruiz

    Maravilloso Piasca, un sitio mágico, fui allí varios veranos seguidos buscando canciones y esa paz que solo tiene Liébana, tengo que volver pronto. Muchas gracias

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    • Gonzalo Durán

      Yo tampoco me canso de volver a la paz de esos valles.

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