Rafael Marín no entiende cómo un autor “guapo y sexi” como él no ha alcanzado la cima del éxito. Su producción literaria es, además, amplia y variada. Es verdad que siente debilidad por la ciencia ficción y quizás sea esta debilidad el origen de todos sus males. Al menos bromea sobre este punto con todo el descaro del que es capaz una persona, un escritor, que la mayoría de las veces ha hecho lo que ha querido, aunque no ha podido hacer todo lo que le ha apetecido.
En su libro Está lleno de estrellas. Memorias de una afición hace recuento de esos pequeños y grandes hitos de su historia personal que lo han llevado a ser lo que es, desde su temprana afición al cómic hasta su desmedida pasión por la serie galáctica parida por George Lucas. Entremedio, una novela de ciencia ficción con la que obtuvo un notable éxito, Lágrimas de luz, y un buen puñado de relatos que dan cuenta de su buena prosa y de sus conocimientos de las entretelas del género.
Ahora está de gira para presentar esta confesión de sus vicios y virtudes como aficionado primero y como maestro después de la ciencia ficción. Lo escuchamos en la librería Pérgamo de Puerto Real. Juan Ramón Vías, el sabio librero que la regenta, ha conseguido crear un espacio propicio para este tipo de actos entre las estanterías repletas de libros interesantes, muchos de ellos del género fantástico. Coincide el evento, además, con una pequeña, casi íntima, exposición de obras de Jack Mircala que tienen como referentes las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe. Allí se congregó un más que aceptable grupo de amigos y seguidores de Marín.
Escucharlo hablar de su obra, de su afición madurada durante años por la ciencia ficción, siempre sorprende, por más que no sea la primera vez, ni la segunda, ni la tercera. Sorprende tanto dato certero, recordado con aparente sencillez. Sorprende también lo bien hilado del discurso, lo acomodado a su historia personal, lo vivido. Como en este libro, en las palabras de Rafael Marín se funden literatura y vida: “Yo repetí COU porque siempre quise ser escritor. La lectura era para mí una especie de vicio solitario. Por aquella época, descubrí las novelas de a duro, y leía constantemente en vez de estudiar. Luego llamaba por teléfono a un amigo para que me contase de qué iba el examen y al rato estaba hablándole sobre el libro que estaba leyendo. Yo escribía cosas como Conan El Bárbaro y leía mucho a Thorkent (Angel Torres), Clarke y Bradbury. La palabra que me definía no era friki, simplemente iba a mi bola”.
Entre sus recuerdos más preciados está ese 17 de diciembre de 1977 en el que vio “la Película”. Se refiere a La guerra de las galaxias, primera entrega de una serie que marcará para siempre al autor. Él explica perfectamente el origen de esta fascinación: “De pronto, dejé de estar solo en el mundo. Me dije ‘en Estados Unidos hay un tipo al que le gusta exactamente lo que me gusta a mí’”. Rafael Marín asegura que éste fue el detonante para dar el paso y “cometer el tremendo error de escribir una novela de ciencia ficción”.
“Yo llevaba detrás un background de progre de salón. Jamás corrí delante de los grises. Yo venía de la poesía social y la protesta. Escribí Lágrimas de luz y todo fue cuesta abajo”, bromea.
Cinéfilo impenitente, traductor incansable, profesor de inglés y de literatura, Marín asegura que, más que un escritor vocacional, es un “escritor vacacional”, aunque advierte que ahora que “la cosa está chunga” y le entran menos traducciones su “producción literaria está creciendo mucho”.

El autor de novelas como El niño de Samarcanda o La leyenda del navegante piensa que uno de los principales enemigos de la literatura de ciencia ficción ha sido la literatura de fantasía, porque es un “género más fácil»: «La Edad Media es muy socorrida, es lo que le gusta a la chavalería. Muchos autores se dedican a producir obras de este tipo en serie, sin que haya apenas diferencia entre una y otra. Con la ciencia ficción no pasa eso: las novelas de Asimov no se parecen nada unas a otras”.
“Yo creo que, sinceramente, El Señor de los Anillos es una lectura difícil en la que cuesta entrar. No lo conseguí hasta que leí primero El hobbit, que es lo que es: un libro para niños de diez años… Niños de diez años de los años cuarenta”, comenta medio en broma.
No obstante, a Rafael Marín no le gustan las etiquetas, prefiere ser un escritor a secas. En Está lleno de estrellas. Memorias de una afición nos acompaña por un itinerario vital lleno de anécdotas personales y literarias. Tampoco le gusta que le llamen friki, aunque ha tenido que oír este calificativo muchas veces: “Más frikis me parecen ese motón de tíos que se pintan la cara de azul y de amarillo y se van vestidos con la misma camiseta a un estadio a gritar. A mí me gusta más una expresión muy gaditana que no hemos sido capaces de exportar, que es la de ‘picaíto’”, añade.
El libro incluye una introducción de Luis García Prado. Rafael Marín asegura que el prologuista lo ha entendido “muy bien” a él y también “el tono nostálgico e irónico” con el que escribe, “que no es más que una manera de luchar contra el stablishment”.
Para Rafael Marín ciencia ficción “no es nada”, no es más que una manera de analizar y profundizar en el conocimiento de la realidad, “una metáfora, la posibilidad de inventar otros mundos para intentar explicar mejor éste”.

