El pico de los ochenta

«Contemplas / los despojos de un siglo que murió entre placeres. Todavía / el hedor de sus sótanos y el rumor de sus fiestas / incendian las ciudades«.  Diego Jesús Jiménez.

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Su silencio nos hacía temblar. Su dudosa sonrisa nos tranquilizaba y nos congregaba como a una tropilla de polluelos que a duras penas podíamos seguir el paso largo de sus andares. Su mentón alto y su mirada caída abriendo camino nos hacía sentir seguros y prepotentes, aunque casi nada sabíamos aún del mundo. Algunos tuvimos la suerte de escapar pronto de su sombra protectora y embaucadora, otros no. Pero todos le quisimos con aquel amor que era una mezcla de simpatía juvenil a la vulgaridad, adoración al líder y atracción por su salvaje y tóxico encanto. Su muerte, aquella sombra que le acompañó y que él nunca trató de evitar, fue llorada en bárbaras fiestas cercanas y en lejanos olvidos.

Ocurrió en mi pueblo en los años ochenta del siglo pasado, las postrimerías de una década que reventó de desenfreno y tormento por culpa de otro pico, el tercero de mi memoria. La heroína, el pico de los ochenta. El muerto se llamaba ‘X’.

‘X’ era algo mayor que el resto del grupo. En realidad nuestra relación estuvo más sujeta a la subordinación de seguidores que a una realidad de grupo o pandilla de iguales. ‘X’ era independiente, indómito y altanero. Tenía un aire de Mick Jagger con aquella cara chupada y quebrada por una cicatriz patibularia que ahora, pasados cuarenta años, mi memoria no logra fijar con exactitud en su rostro. Pelo rizado, cuerpo delgado, muy delgado, y ropa ajustada sobre su talle fibroso y juncal de ademán retador. Y aquella sonrisa electrizante e incierta, que tanto podía ser el prólogo de una pelea que la puerta abierta a un abrazo o a un rato  de encantadora camaradería.

La larga ruta hacia los ochenta partió antes de la mitad de los setenta en mi pueblo. Siempre he estado en las antípodas de las mentalidades conservadoras y atrabiliarias que conectan directa e inevitablemente inicios de marihuana con desenlaces de heroína. La vida real es más compleja e injusta, y menos intolerante y reaccionaria. Pero lo cierto es que todo empezó en ese punto de excitación por las novedades que cada cual traía a los reencuentros después del verano. Debía ser septiembre de 1972 o 1973 cuando ‘X’ nos convocó a algo especial. Él hacía convocatorias, no invitaciones. Solo invitaba a cervezas y coñac, o a aquello que nos trajo ese día.

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

Conseguimos uno de esos pisos vacíos que reservábamos para hacer guateques, propiedad de familiares a quienes se podían sisar las llaves fácilmente o pedírselo sin levantar sospechas con la excusa de juntarnos para estudiar. ‘X’ había trabajado ese verano en Mallorca, y decir Mallorca a principio de los setenta era embriagarnos con una paleta sicodélica de colores sobre el gris plomizo de nuestro pueblo en decadencia, soñar con el amor libre y sentir nuestros cuerpos desnudos sobre la arena de la playa bajo las estrellas con un canuto entre los dedos. Realmente contemplábamos esas ensoñaciones como espectadores más que como participantes. Teníamos 15 o 16 años y el sexo desencadenaba en nosotros deseo y temor sin encarnar ningún ideal de libertad, hay que confesarlo. Los hermanos mayores universitarios nos adiestraban durante sus periodos vacacionales en el idealismo hippie, en la música que debíamos oír y en los sueños liberadores que debíamos tener, dulces sueños aliñados siempre con la experimentación de maría y ácido, que tampoco habíamos probado. Éramos los hippies de mi pueblo sin haber practicado amor-sexo, mucho menos libre, ni consumido drogas prohibidas. Unos hippies de pacotilla.

Anochecía. Los días se hacían más cortos en septiembre y la oscuridad era un manto de amparo para nuestras andanzas juveniles. Uno a uno íbamos llegando al piso franco. Era una casa deshabitada, indiferente y totalmente vacía. El primer piso de un edificio de dos de ladrillo visto, tan típico de mi pueblo, con ventanales de dos hojas desde el suelo casi hasta el techo que se abrían a pequeños balcones suspendidos sobre una estrecha calle sin apenas iluminación. Olía a cerrado y viejo, pero a nadie se le ocurrió abrir ninguna ventana. Había luz eléctrica y agua, un agua de horrible sabor a la que todos estábamos acostumbrados.

El pueblo iba de mal en peor a pesar de que la multinacional minera Peñarroya  mantenía en funcionamiento algunas minas a cielo abierto, extrayendo de las entrañas de los montes sus últimos frutos y dando a las menguadas familias mineras la última oportunidad. Una década después, en los años ochenta, las crisis y el agotamiento del beneficio de la tierra llevaron al cierre definitivo de las minas, el fin del trabajo y la venta de las propiedades mineras más lucrativas a una empresa inmobiliaria para el turismo del Mar Menor, Portmán Golf. La destrucción física y sicológica que sufría el pueblo la resumía como una metáfora envenenada y corrupta la hermosa Bahía de Portmán, totalmente perdida a causa de los desechos minerales del lavadero. El lugar más contaminado de toda la costa mediterránea.

Alguien había llevado un picú azul, uno de aquellos tocadiscos de maleta, y un par de LPs, After the Gold RushDespués de la fiebre del oro–, de Neil Young, un título a la medida del rumbo que tomaba nuestro pueblo, y Our of Our HeadsDesquiciados­–, con la mítica I Can’t Get No») Satisfaction  de Jagger y los Rolling. Nada más acertado para ofrecerle a ‘X’ en aquella noche de reencuentro que su alter ego Mick. Todo estaba dicho en aquel tema: “No consigo satisfacción, / no consigo satisfacción, / y eso que lo intento, lo intento, lo intento y lo intento / pero no la consigo, no la consigo”. A través de la rejilla blanca donde se escondía el altavoz de la maleta cantante azul, los Rolling Stones nos escupían el grito de descontento y liberación nacido en la década de los sesenta en medio de expansión económica y riqueza. No lo sabíamos todavía, pero en cierta forma esas palabras también se podrían haber lanzado contra el futuro: el estremecimiento de los malditos ochenta y su rostro punzante de extravío y dolor entre desmantelamientos, paro y movidas.

Sentados en el suelo, recostados contra paredes desconchadas, escuchábamos a Young denunciando la esclavitud en Southern Man: «Vi algodón y vi negro, / altas y blancas mansiones y pequeñas chozas». Oíamos una y otra vez las mismas canciones y las aprendíamos en inglés sin apenas comprender su significado. ‘X’ sacó una caja y la agitó. Me pareció el sonido de la arena de playa. Abrió un paquete de cigarrillos rubios, fue rasgando uno tras otro y amontonando las hebras de tabaco sobre una bandeja que encontró en la cocina. Estaba muy sucia, pero ¿qué nos importaba? Después abrió la misteriosa caja y volcó su contenido sobre el tabaco. Un fino grano verde, casi polvo, que olía intensamente.

Esa noche, de madrugada, mis amigos me ayudaron a llegar a casa de mis padres tras vomitar mil veces. Después vinieron más noches de risa y color. Y luego nos alejamos. Yo aprendí otros himnos para otros mundos a los que no se llegaba en naves espaciales plateadas, sino con revoluciones igualmente fantásticas. Mientras él, mi amigo ‘X’, al que admiré y quise, siguió vibrando con Satisfaction, vagando junto a su Dama Blanca por sórdidas calles de antros y neón. Hasta el final.

 

Este relato pertenece a la serie Los picos de la memoria. Cuentos en clave de autoficción.
José Federico Barcelona Martínez

Autor/a: José Federico Barcelona Martínez

José Federico Barcelona Martínez nació en 1957 en La Unión, pueblo minero de Murcia. Desde 1974 reside en Granada. Ha estudiado Biología y Educación Infantil. Durante más de tres décadas se ha dedicado a la enseñanza y educación de niños y niñas de corta edad. Ha escrito poesía, literatura infantil y juvenil, relatos y un par de novelas cortas. Su trabajo ha sido reconocido con numerosos premios. Entre sus publicaciones, se encuentran los libros de relatos 'Ahora que eres recuerdo', ‘Los relatos del 19’, ‘Soledades y la mar’ y ‘Relatos del 20’. Es autor del álbum ilustrado 'Hvíti björninn og litli maurinn' (‘El oso blanco y la hormiguita’), publicado en Salka Ediciones de Reikiavik y que fue seleccionado entre los cinco mejores álbumes ilustrados infantiles publicados en Islandia durante 2020.

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