Nacidos en los 50

Los habitados. (XIX Premio de Poesía Generación del 27). Piedad Bonnett. Visor.  Madrid, 2017. 56 pp.

Ya desde el principio advierte el lector que este libro es algo más que un conjunto de competentes poemas articulados en torno a un motivo común: la alienación y su secuela más patente, el aislamiento físico y moral (“Aquí el tiempo está atado con camisa de fuerza: / es viento sometido”). Poco a poco, va creciendo la certeza de que los poemas articulan un relato, y que éste es, a un mismo tiempo, un doloroso testimonio vital y una lúcida y desengañada parábola. En estos tiempos indiscretos, es fácil acudir a las fuentes de rigor y despejar las incógnitas: hay, efectivamente, una dolorosa experiencia personal detrás de este libro de la colombiana Piedad Bonnett (Amalfi, 1951), pero es quizá preferible que el lector, antes de conocer el fundamento autobiográfico de estos poemas, se deje impregnar simplemente por lo que éstos transmiten por sus propios medios: imágenes tan nítidas como efectivas (“Esa incredulidad: /  un pez que salta y ya no encuentra el agua”), una disimulada pero patente maestría métrica, un cierto sentido de lo cotidiano entreverado con lo imaginativo (“Una cocina puede ser el mundo, / un desierto, un lugar para llorar”) y una poderosa capacidad de intuición de la unidad de visión que da sentido y pertinencia a todo un ciclo poético, dotándolo de un relato subyacente –lo hay, y muy elocuente, en la sección titulada “Noticias de casa”, significativamente dedicada a “Daniel, In memoriam”– y de un sentido filosófico y moral que sólo en contadas ocasiones la autora cree necesario explicitar: “Pido al dolor que persevere. / Que no se rinda al tiempo, que se incruste / como una larva eterna en mi costado…”. A pesar de lo dicho, no debe entender el lector que éste es un poemario cerrado a la esperanza: es también una doble declaración de confianza: en la continuidad de la vida y en la efectividad de la poesía. Piedad Bonnett logra el milagro, ya no frecuente, de que su poesía deslumbre y emocione al mismo tiempo, a la vez que depara una elocuente lección de sus posibilidades expresivas –algo a tener muy en cuenta en este tiempo dado a encumbrar a tanto improvisador sin recursos–. Sin duda, uno de los mejores libros publicados en España en los últimos tiempos.

Ciudades. Antonio Jiménez Millán. Prólogo de Luis García Montero. Renacimiento.  Sevilla, 2017.  214 pp.

Tiene la poesía de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954) –ahora excelentemente compendiada en esta antología– una evidente cualidad retrospectiva.  Sus poemas apelan siempre al recuerdo, pero no como fuente de complacientes nostalgias o evocaciones que inviten a la indolencia melancólica, sino como espejo con el que confrontar una especie de implacable biografía moral, anclada siempre en el presente del sujeto que rememora y escribe. El modelo palpable es la poesía de Jaime Gil de Biedma, que teorizó también ampliamente sobre estas cuestiones en su diario. Algún poema de Jiménez Millán podría ponerse en relación con los del barcelonés: “El espía”, por ejemplo, incluido en esta antología como “inédito en libro”, retoma el asunto de “Peeping Tom”: el poeta recuerda un trance amoroso sucedido bajo la mirada atenta de un tercero, que en Gil de Biedma era “expresión de mi propio deseo” –el del poeta– y en Jiménez Millán, por el contrario, se convierte en una encarnación de un yo posterior, “un sigiloso espía que viajase en el tiempo / para encontrar la fuerza y el deseo / de aquel verano de mi juventud”. Gusta Jiménez Millán de practicar estos desdoblamientos, de postular a un mismo tiempo al sujeto de la experiencia y a su implacable testigo exterior (“Ya no tienes edad para estas cosas, / me suelta aquella misma voz de siempre”); aunque no siempre, por supuesto, el objeto de este cerrado escrutinio es la individualidad del poeta en trance de afrontar las asechanzas de la edad o el peso de las memorias sentimentales: hay también un lugar destacado en la poesía de Jiménez Millán para la memoria colectiva y para el balance generacional, que incluye la consideración objetiva de los espejismos de épocas pasadas, pero al mismo tiempo evita la fácil palinodia: “ A veces se pregunta / si de verdad deciden otros, / si todo se limita a luchas callejeras sin sentido, / reuniones clandestinas y discursos / al margen de la realidad…”. En esta reconsideración de la biografía moral tienen especial relevancia determinadas referencias literarias y amicales: los homenajes, por ejemplo, a los poetas Javier Egea y Fernando Merlo, ambos fallecidos prematuramente –este último, en un inconfundible escenario: “No, nunca vuelvas a la habitación, / no quiero que recuerdes el final, / las agujas, / la sangre envenenada”–; o las evocaciones de lecturas como la de los prohibidísimos libros de Henry Miller, a quien se apela no sin cierta ironía en un poema de estructura epistolar: “Querido Henry Miller: algunos de sus libros / llegaron a Granada tarde y mal…”. Granada es, sin duda, una de las “ciudades” que dan título al conjunto y que componen, junto con otros escenarios muy concretos (“Faro de Trafalgar”, “Aguamarga”) el decorado de esta precisa biografía moral y sentimental. Pocas trayectorias poéticas, consideradas en su conjunto, alcanzan la coherencia de la compendiada en esta antología; lo que certifica, además de una indudable fidelidad a un meditado designio poético –conversacional, meditativo, plástico y ajustado a una dicción grata a los oídos bien entrenados–, una no menos constatable concepción del poema como trasunto necesario de lo vivido.  Merece mucho la pena.

La lengua de los otros. (XXIX Premio Loewe). José Ramón Ripoll. Visor Libros. Madrid, 2017. 105 pp.

Se conjuga en este libro, culminación en cierto modo de toda una etapa en la poesía de José Ramón Ripoll (Cádiz, 1952) en la que la reflexión poética cobra vuelo a partir de casi inasibles asideros concretos, una especie de pormenorizada evocación de experiencias infantiles e incluso prenatales, anteriores a la adquisición de la palabra, con una no menos reconocible, pero sí más abstracta, reconstrucción del momento de la vida adulta –y de la conciencia madura del poeta– en el que se percibe la esencial condición ajena de ese lenguaje recibido, convertido ahora en “lengua de los otros”, en fundamento de los discursos de la alienación; por más que esa condición extrínseca sea también la que “en duermevela me musita / la canción de la noche”; es decir, instrumento impersonal de expresión de una realidad externa a la que el oído del poeta también quiere permanecer atento. El libro entero se basa en esta lucha de contrarios; o, más bien, de percepciones aparentemente contradictorias de una única realidad inextricable, que es la relación del hombre con su idioma, con el don del habla, con la capacidad de expresar. No extraña, por tanto, que las aperturas más notables a la experiencia concreta de este poemario sean los textos que hablan del miedo (“Miedo a ser designado en la tiniebla, / antes de abrir los ojos”), omnipresente en estos poemas y referido sobre todo al temor a no ser. Está claro que una poesía con estas aspiraciones no podría funcionar sin un poderoso asidero rítmico y un lenguaje que trascendiera el mero enunciado funcional de los severos conceptos en liza. El que Ripoll emplea en estos poemas, articulado en limpios versos blancos de métrica imparisílaba, es preciso y evocador al mismo tiempo, creando en el lector la ilusión de que la materia abstracta de que están hechos puede, como hubieran querido Shelley y otros románticos, transmutarse en imágenes de una especie de teatro de la conciencia. Fácil –por lo evocadora y sensual– y difícil a la vez, la poesía de Ripoll ha conseguido conquistar un terreno que le es propio y que ningún otro poeta le disputa: “Canta en la noche el viento, / y en su canción mi pulso / es un susurro leve: / doble temor al sueño / y al desvelo”.

Imagen de portada: ‘Libros’ de Manuel Martín Morgado.
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Autor/a: CaoCultura

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