La impostura del fracaso

Hay quien se pasa la vida culpando a todo el mundo de sus problemas y eludiendo sus responsabilidades. Hoy en día todos son enfermos: los alcohólicos, los drogadictos, los ludópatas; ya no quedan viciosos ni insensatos. El que es vago y no llega a fin de mes le echa la culpa al gobierno o al universo y se cree a la misma altura que el que gasta suelas todo el día echando currículums y buscando ofertas de trabajo. El que maltrata y abusa será que le provocaron. Se llama victimismo pero un victimismo sin derecho, un victimismo de a ver si cuela. ¿Cuánta gente mira en su interior para decirse (aunque sea sólo a sí mismo): joder, es verdad, la he cagado y lo he hecho yo solito? Pocos; de los de ese estilo, ninguno. Y si encima encuentras la fácil aquiescencia -“Pobre, qué nobleza en su derrota”-, porque nunca falta un tonto útil que te jalee, entonces apaga y vámonos.

Estoy cansado de falsos pobres, de falsos enfermos, de víctimas falsas. Estoy cansado de quienes usurpan la simpatía y la solidaridad que sólo habrían de recibir los verdaderos pobres, las auténticas víctimas, los enfermos sin culpa. La queja del que se desloma a trabajar y no puede pagar la luz es un lamento legítimo; la del que va lloriqueando con la resaca de tres días de juerga porque no tiene ni un paquete de galletas que llevarse a la boca es pura y simplemente zafiedad y tomadura de pelo.

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Todos protestamos, todos nos sentimos impotentes ante las mil injusticias a las que nos están sometiendo. Pero la protesta es un derecho del que es laminado y abusado y me niego a que la usurpen los caraduras que, cuando les sonríe la suerte, son los primeros en olvidarse del sufrimiento de los demás y hasta son capaces de reírse en su cara. Siempre ha habido jetas pero ahora se ponen nuevas máscaras, aprovechando el malestar general; máscaras que a algunos les parecen guays. Claro: ir de víctima da réditos. Si lo sabes hacer bien y tu público no es lo bastante espabilado como para pillar la impostura.

Puede haber nobleza en fracasar, cuando se ha luchado. Pero también hay fracasados profesionales, fracasados del timo de la estampita que babean en busca de compasión, a ver cuántos incautos pican y les acarician el lomo. Es entonces cuando el fracaso se convierte en indignidad, en palabrería, en basurero.

Yo fracasaré, sin duda, pero lo haré peleando y mordiendo y dejándome la piel y mis últimos dientes verdaderos. Y no gemiré a la luna como un perrito pachón. Tú has fracasado porque te ha dado la gana y lo estabas pasando de puta madre, y ahora lo exhibes como una medalla. No ha colado. O sí.

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