Ilustración de ZOCAr.
Nunca fue cuidadoso. Ni limpio. Y eso a mí –que, como dice mi madre, tengo olfato de perro de caza– me levantaba ampollas en las entrañas. Al principio, muy al principio, no. Al principio se cuidaba bien de que yo no oliera sus correrías, que no advirtiese una mancha de cerveza, un sudor inhabitual, pero se relajó pronto, de modo que yo sabía de sobra, cuando pasó aquello, que algo raro tenía que hacer en casa, por lo menos la mañana de los sábados, cuando yo salía para ayudar a mi madre a hacer la compra. Volví un sábado y nada más entrar en el garaje me dio un bofetón el olor a semen. Era el traje de neopreno.
Lo lavé mientras contenía las arcadas, y volví a lavarlo el siguiente sábado, y el siguiente. Llegó un día en que la intriga pudo al asco y me atreví a preguntarle que cómo es que había salido a hacer surf, con el mar tan calmado como estaba. Masculló algo por respuesta, se lo pregunté después de comer y a esa hora solía estar ya muy bebido, así que en cuanto empezó a roncar la siesta le cogí el móvil, a ver si averiguaba algo.
Encontré una suscripción a un canal de Youtube, no recuerdo el título. Un individuo alardeaba de alcanzar orgasmos supersónicos con diversas estrategias masturbatorias. Una de ellas consistía en enfundarse un traje de neopreno, lo más ajustado posible para que así subiera la presión sanguínea, explicaba; había que dejar los genitales fuera del traje, apretando, eso sí, al máximo la cremallera, y todo aquello se podía completar atando al cuello una cuerda o un pañuelo de nylon, porque al parecer presionar el cerebelo facilita la erección.
El siguiente sábado le puse una excusa a mi madre para no acompañarla a la compra. A él le dije que haría lo habitual y que volvería a la hora del almuerzo. Regresé a casa una media hora después de haberme ido. Entré en silencio, por la puerta del garaje, me quité los zapatos en la cocina y subí descalza las escaleras. Del fondo del baño llegaba un jadeo de mujer que, desde la pantalla del móvil, suplicaba: «más más más…». Vestido con su neopreno, en una imponente erección, Iván se había atado el cuello con una de las cuerdas de tender la ropa, que a la vez había anudado al toallero eléctrico. Cuando me vio en la puerta del baño extendió sus manos hacia mí suplicándome ayuda, estaba casi desmayado, intentaba sostenerse de pie para no quedar asfixiado por la cuerda. Yo me acerqué hasta ver en sus ojos el agradecimiento por mi inesperado y milagroso regreso. Lo miré. Puse mis manos sobre sus hombros y presioné su cuerpo hacia abajo hasta que dejó de respirar.

