Javier Marías: más pensamientos que batallas

“Para Luis esta novela con más pensamientos que batallas”. Al enterarme del fallecimiento del escritor Javier Marías recordé aquella vez en Cádiz, en el Aula Magna de la Facultad de Filosofía y Letras -si la memoria no me falla- en la única vez que le vi en público, y que puse entre sus manos mi flamante ejemplar -hoy manoseado- de Mañana en la batalla piensa en mí.

Aquella novela fechada en 1994 me deslumbró entonces y no he vuelto sobre ella. Quizá lo haga en estos días como forma de homenaje al tiempo que me pongo El río de Jean Renoir, una de las películas predilectas de Marías. Mañana en la batalla piensa en mí, uno de sus títulos shakesperianos, comenzaba de este modo: “Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda”. He aquí el comienzo de un libro que fue un deslumbramiento juvenil.

Vamos leyendo y encaneciendo a medida que el tiempo pasa y en cierto modo somos lo que leemos y los libros leídos o que esperan a ser leídos conforman a su modo una autobiografía. No es el mismo el joven que leía Mañana en la batalla piensa en mí que quien portando el peso de la madurez se entregaba a Negra espalda del tiempo, una de las obras maestras de Marías. En ambos casos lo que hay es una fidelidad a los escritores que consideramos imprescindibles.

El apellido Marías me conduce a su padre, el filósofo Julián Marías, porque un libro suyo, Mapa del mundo personal, fue el último que le regalé a mi padre el día de Reyes de 1994, el mismo año que Javier Marías dio a imprenta Mañana en la batalla piensa en mí y el mismo año que murió mi padre que en el ejemplar de Marías puso con su letra inconfundible en la primera página en blanco: Navidad 1993.

Vida y literatura. Páginas leídas y subrayadas con entusiasmo mientras despertábamos a la vida con su cúmulo de destellos e incertidumbres. Pensamientos y batallas. Javier Marías entrando muy solemnemente en el aula universitaria con expresión de lord. Mi hermano José Manuel y yo viéndole pasar con algo de ufanía. Todo sucedió, pero hoy vuelve a suceder. Y la dedicatoria me lleva hasta ese día: “Para Luis esta novela con más pensamientos que batallas”.

Javier Marías.

El apellido Marías me lleva también hacia el cine, a su hermano Miguel y su pipa escribiendo sobre lo fantasmagórico del arte cinematográfico, sobre la experiencia de volver a ver una película y dejar nuestra impresión sobre ella, el latido de quien se contempla a sí mismo rebuscando en las películas de su infancia. Javier Marías sentía también el cine como parte de su vida y de su literatura y ahí está su delicioso Donde todo ha sucedido, recopilación de artículos cinéfilos del escritor madrileño.

En la muerte de Javier Marías hubo el duelo literario que merecía un escritor de su calibre. También hubo algún que otro tweet referido a sus artículos antifeministas y misóginos. Debe haber gente para todo en este tiempo de nuevos inquisidores. Marías terminó harto de tanta estulticia. Sus novelas hablan por él y también sus dedicatorias constantes a Carme López Mercader, la compañera de sus días, como aquella que encabezaba Los enamoramientos: “Y para Carme López Mercader, por seguir riendo a mi oído y escuchándome”.

Mi relación con Javier Marías empezó con Mañana la batalla piensa en mí. Le leí con devoción y lo seguiré haciendo hasta mis últimos días. Le busqué también en sus pasiones cinéfilas que no compartía con Juan Benet y en sus pasiones balompédicas que desembocaron en el libro Salvajes y sentimentales.

Vuelvo a recordarle en Cádiz, entrando en el Aula Magna de Filosofía y Letras, no precisamente concurrida, con expresión de lord y cierta ufanía y dejando en mi ejemplar de su obra una dedicatoria con más pensamientos que batallas. Aquella única vez que le vi, pero otras muchas veces le encontré en sus libros. Pudo ser Premio Nobel, pero en el fondo rehuyó de los premios. El hombre sentimental, el monarca del tiempo que escribía a máquina y fumaba desesperadamente, el escritor libresco y bibliófilo, siempre reivindicable, ahora que empieza a proliferar un espécimen de escritor que no lee, de escritor sin biblioteca y sin autobiografía lectora.

Vuelvo a mi ejemplar de Mañana en la batalla piensa en mí. Lo ojeo y lo hojeo con ternura. Pienso en el joven que lo habitara hace casi treinta años. Y vuelvo a leer: “Para Luis esta novela con más pensamientos que batallas”.

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