Parece que por fin algunos partidos políticos empiezan a concienciarse del peligro de las terapias alternativas. Izquierda Unida fue pionera cuando, ya en 2012, aprobó una resolución clara y tajante en ese sentido. Recientemente, Ciudadanos ha lanzado un mensaje en el que expresa su rechazo “a la publicidad engañosa que avala como científicas afirmaciones que no lo son”. Mi aplauso. En la otra vertiente, a Podemos se la intentaron colar por la escuadra con la creación de un autodenominado Círculo Terapias Naturales, y aunque la organización se apresuró a desautorizarlo, su postura al respecto sigue siendo ambigua. En cuanto al PP, fue el responsable hace dos años de regularizar los productos homeopáticos en España, justo cuando otros países, como el Reino Unido, comenzaban a dar pasos en la dirección contraria.
El tema es más importante de lo que pudiera parecer. Dentro de las terapias alternativas existen desde las simplemente tontorronas, como el reiki (casi un juego de mesa para que liguen los hippies), hasta las potencialmente mortíferas, como la cirugía psíquica. Por el medio, una larga lista que incluye la homeopatía, la acupuntura, las flores de Bach y hasta la urinoterapia, que consiste en beber, usar como colirio… sí, justo eso en lo que están pensando. La homeopatía es un caso particular, ya que es la única que viene avalada por su implantación en varios países y que cuenta con el respaldo de un poderoso lobby farmacéutico. Hacer, no hace nada. Pero tampoco hace nada malo (salvo vaciar la cartera del incauto). El problema surge cuando tomar esa carísima agua azucarada sustituye a los remedios realmente efectivos. Ahí es donde una terapia más o menos inocente se convierte en una amenaza para la salud.
El catálogo de fraudes sanitarios es mucho más amplio e incluye a los antivacunas o a los negacionistas del SIDA. Ya es hora de oír lo que nuestros políticos piensan de estas otras lacras, no menos letales en ocasiones que las que mayoritariamente parecen preocuparnos a todos.


