… Deberíamos ser custodios, y no dueños:
celebrar el privilegio de ayudar a los seres vivos
que han brotado a los pies de nuestra casa.
Un hombre que de verdad sea bueno
querrá siempre cuidar de un jardín, aunque
no sea suyo: he ahí la prueba definitiva.
Clare Leighton
Llega octubre de nuevo a la finca. Después de un verano tórrido, de muchos días de levante y calor insoportable, el otoño se va haciendo su hueco poco a poco y comienza a ser visible ya su atuendo dorado, en los atardeceres y en el alba. La luz se vuelve transparente y la brisa es más ligera y más fina. Tarda mucho en llegar a esta zona la estación que prefiero, en la que nací y en la que me siento revivir cada año cuando regresa. El calor rezonga perezoso y no quiere marcharse, a pesar de que la tierra reseca pide a gritos agua y frescor en abundancia.
Es época de reparar los estragos que han causado las temperaturas en el jardín que terminamos de construir cuando comenzó el verano y sustituir las plantas estropeadas por plantones nuevos y vigorosos, recién traídos del vivero, o bien, de los que hayamos cuidado primorosamente en nuestro invernadero y ya tengan la altura y la vivacidad suficientes como para resistir a la intemperie. Hay algunas a las que les basta una simple poda y algunas vitaminas, pero otras no logran soportar el estrés del verano y mueren agostadas sin que se pueda hacer nada por ellas. Arrancar una raíz muerta de una planta que ha sido un gozo para la vista, siempre es doloroso. Es un paso sencillo que, sin embargo, cuesta mucho dar. Ver el hueco vacío devuelve una sensación de frustración que es difícil de remediar por mucho que plantes luego en su lugar. Es tiempo de aceptar la pérdida, de resolver el duelo tan rápido como se pueda, antes que llegue el frío. También es tiempo de sacar los bulbos que guardábamos en un cajón y plantarlos. Y es tiempo de poda para muchas especies.
La poda es símbolo del dejar ir; para que algo florezca es necesario aprender a cortar lo que impide que ese momento se produzca. No es un gesto violento ni destructivo; es un gesto de confianza donde, simplemente, quitamos lo que sobra para dejar espacio a brotes nuevos. Nos solemos aferrar a las ramas más veteranas –un testimonio precioso del tiempo transcurrido y del esfuerzo que una vez realizamos-, nos gusta ver el desarrollo de aquel esqueje que plantamos y que ahora ha crecido por encima de sus posibilidades y ahoga lo nuevo que quiere brotar. Así que, llega un día en que debes elegir entre la nostalgia y la prosperidad.
Sé que este jardín no me pertenece -lo sabía cuando lo construí y le di una forma concreta-, aunque lo quiera como si fuera mío. Yo lo creé en un espacio destinado a amontonar aperos viejos, basura y trastos inservibles. Lo hice de la nada, desde cero, junto a mi hija Mara. Es sólo el lugar donde se encuentra la oficina donde trabajo. No tengo porqué encargarme del aspecto ornamental de la entrada de la finca; no entra dentro de mis funciones. Nadie me lo ha pedido nunca, ni nadie se ha percatado, de hecho, de que pueda resultar agradable a la vista el tenerlo cuidado, y, sin embargo, con una abnegación maternal, lo cuido, aunque a nadie le importe.
Un día, tendré que marcharme y todas las plantas quedarán en completo abandono, pues ya no estaré para ocuparme de ellas. Los tractoristas y peones ya tienen bastante con sus tareas en el campo y sus ocupaciones en la nave, que no son pocas. Aparto ese pensamiento negro de mi cabeza mientras corto algunas ramas secas de una buganvilla que no acaba de verdear, apenas florece a final de la primavera y en pleno verano con una pequeña explosión púrpura, pero luego se apaga de golpe, con dos o tres estallidos breves durante el resto de año. No entiendo su comportamiento. Tendría que mostrar más vigor en sus hojas y florecer sin dar abasto como las silvestres que nadie cuida, pues está en un sitio privilegiado, la tierra es buena y no la riego en abundancia. Tiene unos troncos muy firmes, retorcidos y nudosos que llegan hasta el techo del porche; es prácticamente lo único que ha crecido de forma exponencial desde que la plantamos, su columna vertebral. Se retuerce igual que una vieja serpiente por la viga de madera como si la ahogase, tomando impulso hasta culminar el techo abriendo más brazos, más manos y más dedos igual de nudosos, pero escasos de hojas y de flores.
Las bignonias, sin embargo, son un espectáculo durante todo el año. La bignonia jazmín, también llamada arbusto de Pandora, -que plantó mi hijo Ignacio cuando aún era un adolescente hace ya casi seis años en la parte derecha del muro, donde aparco mi coche-, como todas las enredaderas de este tipo tiene un crecimiento vertiginoso y apabullante. Si te descuidas y no la guías hacia los lados y hacia arriba con buenas sujeciones y mantienes alejada de ella las tijeras de podar durante más de tres meses seguidos, se te echa literalmente encima de un día para otro. No he visto más vigor en una planta vivaz que en esta. Me abruma su interés desmedido por conquistar cada día un trozo más de espacio; parece querer hacerse con todo. No importa lo que crezca a su lado, ella lo ahoga irremediablemente tarde o temprano, lo engulle y lo esconde bajo su red esmeralda, y de vez en cuando hay que saber ponerla en su sitio.
La poda de esta trepadora es un trabajo casi tan duro como arrancar la mala hierba, y cuando se hace, normalmente, se hace a conciencia, dejando solo el tronco principal y algunas ramificaciones leñosas muy cortas. Metros y metros de cuerda verde se van amontonando en una carretilla que deja de ser visible a los pocos minutos. Es casi una lucha a ver quién gana, ella o nosotros. Las avispas también contribuyen a que esta labor de jardinería básica sea un deporte de riesgo. Su tupido entramado es un buen lugar para que aniden y establezcan sus avisperos en diferentes zonas, totalmente invisibles a simple vista, y que te sorprenden cuando vas apartando las ramas a cortar y, frecuentemente, ya es demasiado tarde y te notas las manos asaeteadas en segundos. Cuando la bignonia se queda desnuda, encontramos también huevos de gallina, y diversos objetos que el levante ha arrastrado hasta allí y que ella ha engullido como una ballena vegetal. Tan sólo un par de semanas tarda en rebrotar. Sus hojas tiernas saliendo directamente del tronco indócil y áspero también son un espectáculo para la vista.
En la zona arbustiva, bajo los frutales –higueras, granados, aguacateros, limoneros, ciruelos, almendros y naranjos- hay una gran cantidad de aromáticas que resisten muy bien el calor, las heladas y el azote del viento. Lavanda, romero, hierbaluisa, salvia, tomillo, poleo, hierbabuena… Han resistido también las vincas y las alegrías de la casa, las falsas brecinas, así como algunos pelargonios que han encontrado la mezcla perfecta de luz en el sitio donde las pusimos. La finca en todo su conjunto es un auténtico paraíso mediterráneo. Un olivar extenso en una loma con más de diez mil olivos, besanas de trigo, sorgo, cebada, alfalfa y girasol, una enorme plantación de almendros de tres variedades diferentes y en diferentes escalas, que nievan la finca y sus alrededores en primavera con su explosión rosada y blanca, y que son la delicia de abejas y pájaros.
Otra actividad primordial que cultiva mi paciencia ahora en otoño y me obliga, en cierto modo, a parar el trajín y el papeleo es la plantación de esquejes. En esta actividad cuento también con la ayuda de Mara. Nos salimos fuera, a la mesa grande de madera bajo el porche y allí colocamos todo el material: los semilleros, el enraizante, el substrato…, y vamos, poco a poco y con cuidado eligiendo bien las ramitas que hay que aprovechar para este fin. Nos gusta especialmente para esta labor la salvia granadina que está bajo la bignonia. Crece a mucha velocidad y cuando florece nos regala unas flores de un color rosa fucsia tirando a morado que parecen orquídeas diminutas. Es una planta muy aromática y cuando la manipulamos libera su esencia y se nos queda impregnado un olor balsámico que nos reconforta. Entre verde y leñosa, la ramita se corta con cuidado, se moja en agua y enraizante y enseguida se hunde en el substrato y se aprieta con los dedos alrededor, para que quede bien abrigada. Luego se llevan los semilleros llenos al invernadero y tan sólo hay que esperar a que los nutrientes calen y hagan su trabajo para que la pequeña planta prospere. Es una ceremonia sencilla, pero muy simbólica, implica la propagación de la vida en otro lugar. Una tarea sagrada en la que los humanos no tenemos porqué intervenir en realidad, porque la madre naturaleza puede encargarse por sí misma. No nos necesita, como en todas sus acciones se apaña perfectamente sola. En cierto modo, cuando expandimos las plantas de esta forma artificial y organizada, nos sentimos como pequeñas diosas con el poder de fomentar la vida, de multiplicarla. Clara Obligado escribe sobre los esquejes y la escritura: “una vez que la poda termina, quedan historias cercenadas sobre la mesa. Prescindo de ellas con cierto dolor, en tiestos diminutos planto los esquejes. Escribir es acercarse y alejarse a la vez. Es regar y arrancar el narcisismo.”.
Escribir es como plantar un jardín. Plantar un jardín es como escribir. Son dos acciones que implican un desprendimiento y un enraizamiento a la vez. Te alejas y te acercas, tomas y das. Plantas, riegas, podas, eliminas la mala hierba; a veces, tienes que sacrificar una planta entera porque está invadida por alguna plaga y no va a prosperar, igual que un texto. Otras, el substrato no es el adecuado y hay que cambiar de lugar a otra estructura más fértil, igual que con las palabras. La idea también germina y el impulso creativo funciona con un abono perfecto. Poemas que crecen como árboles y se abren como ramas.
Al terminar la jornada, volvemos cansadas a casa. Ha sido una mañana extenuante; entre limpiar los garbanzos, envasarlos y etiquetar los botes, podar la bignonia, desbrozar la mala hierba y desfilar algunos setos de romero, se nos ha ido casi todo el tiempo. Luego amontonar el compost y preparar los esquejes. Una buena peonada. Sin embargo, detrás del cansancio hay una íntima satisfacción de haber hecho una buena labor, reconfortante y bella, y de haber disfrutado con ella, aunque nadie, salvo nosotras, lo aprecie y lo agradezca. Hundir las manos en la tierra es una de las sensaciones más gratificantes del trabajo en el campo; los guantes hacen de barrera y, en el fondo, representan una traba e imponen un límite. Las manos son la extensión de la planta y los dedos perciben de forma más nítida todo lo que tocan. Clare Leighton nos dice: “Mucho perdemos hoy en día, cuando ya no tenemos ese contacto desnudo con la tierra. Es como si se nos estuviera olvidando el sentido del tacto, y no hiciéramos más que mirar con ojos lánguidos las cosas, y oler lo que suelta un aroma más penetrante en nuestro entorno, dejando de lado toda la inmensa gama de emociones que es capaz de evocar la mano o el pie».
Lectura recomendada:
- Leighton, C. Cuatro setos. Memorias de una jardinera. Penguin Random House Grupo Editorial. Barcelona, 2019.



