Ilustración de José Manuel Benítez Ariza.
Cuando te marches, llévatelo todo:
incluso la indiferencia del cielo mudo
Lêdo Ivo
Tú lo practicabas con las chicas desconocidas porque te daba buen resultado, pero no tenías ni idea de cuál era la razón del éxito. Eso solo lo supieron ellas o, mejor, pues afirmar cualquier cosa de las demás es siempre desviar el argumento, solo lo sabía yo. Traías una pequeña mochila a la espalda que, al quitártela, había dibujado sobre tu camisa a cuadros una enorme mancha de sudor. Le he dado vueltas a este detalle. De primeras diría que causaba en mí una leve repugnancia. Motivo más que suficiente para andar alerta y no comprometer los minutos siguientes. Sin embargo, creo que estaba equivocada. Al contrario, estrechó de repente un lazo contigo que en absoluto existía. Como si por la mancha asomara la promesa callada de una familiaridad futura. Lo digo cuando ya todo ha ocurrido; en el momento, me dejé llevar. Abriste la cremallera del macuto, introdujiste un mano en el interior, como buscando algo, y mientras muy despacio la movías hacia afuera, te oí decir: «He traído un regalo para ti», y ya completamente embobada seguí escuchándote: «…una luna a la que le gusta jugar al escondite en los bosques de encinas». ¿Cómo podrías saber que de la mano mi padre me había llevado, siendo muy niña, a caminar por un bosque de encinas, una noche de luna llena, para quitarme el miedo a la oscuridad, que sin motivo me aterrorizaba? Y este era mi primer recuerdo y tú lo guardabas en la mochila.
Fue como si hubieras inyectado tus palabras en mi organismo. Subiste a casa para ducharte. Venías de recorrer a pie un largo camino. También estabas hambriento. Solo habías comido una bolsa de palitos de pan, que posiblemente ya estuviera caducada. ¿Lo ves con la misma claridad con la que yo lo veo ahora? Pensaba y sigo pensando con tus palabras, no con las mías. No consigo contar lo que viví entonces tal como lo estaba experimentando, ni siquiera lo más trivial, lo que pensaba de tu descaro; solo explico lo que tú me ibas dictando para que así lo pensara. «Ya sé que el mundo no se acabará dentro de media hora, pero si por casualidad ocurriera, ¿cómo me iba a presentar con estas pintas, después de haber caminado durante horas, sin ni siquiera poder darme una mínima ducha?». Eso dijiste, para que yo te invitara a subir a mi apartamento. Te pedí que dejaras la ropa en la puerta del baño, y de allí fue a mi lavadora en mis manos. Busqué en el armario y te encontré unos calzones unisex, que ya no usaba, y una camiseta más ancha de lo normal que continuaba poniéndome. Cuando saliste del baño, casi como un recién nacido, fui tan ingenua de pensar que te había disfrazado de mí. Qué deducción equivocada: era yo quien me transformaba en ti al mirarte y verte como me vería yo en un espejo, con mi ropa. Sutilezas en la comprensión de lo que ocurre que en ocasiones se tarda un poco en descubrir.
Me dijiste, a continuación, vestido de mí, que estabas interesado en conocer mi ciudad. «Muéstrame el lugar donde más gente haya». Cuando llegamos a la plaza, a un costado el mercado, al otro, la estación, alzaste el cuello como si quisieras contemplar la multitud alrededor. Y sin que me diera cuenta mi mano ya estaba en la tuya. No sé aún cómo lo lograste. Aunque, para explicarlo con precisión, no era tu mano la que sujetaba la mía, era la mía la que acariciaba la tuya sin que yo hubiera hecho, de modo consciente, ningún movimiento en ese sentido. Te acercaste a mi oído y me susurraste: «Me gusta que me cojas de la mano, para que no me pierda». Estuve a punto de creerte, es decir, de sentirme orgullosa por ser yo quien llevaba el timón de lo que estaba ocurriendo. Pero de inmediato pensé en un capitán de navío que se quitara la guerrera con los cuatro galones dorados en la bocamanga y se la colocase al grumete que limpia la cabina de mando. El grumete, enrojecido, sin duda habrá agradecido el gesto, pensando que alguien se preocupa por su futuro; el capitán, sin embargo, solo desea colocarse la gorra del muchacho para tratar de robarle unos segundos lo único valioso que posee, su juventud. Lo que tú querías de mí no era tampoco mi ternura, que te la hubiera entregado entera, sino algo más prosaico, la posesión por sí misma.
No me importó entregártela. Aunque nada me cuadraba desde el principio, pensé que estaba siendo, tal vez, más susceptible de lo normal. Y me dejé llevar, claro, por el dulzor del caramelo que me ibas administrando a cada paso. Por tu retórica. Todo lo que me dabas estaba vacío, pero yo lo recibía a rebosar, sin darme cuenta de que era mi voluntad quien lo henchía. Y con ello, era yo, la receptora, quien le daba sentido a tus palabras, el emisor. Solo te interesaba una cosa, bordar tu truco de ilusionista. Aquel con el que conseguías mi aplauso en forma de caricias o de favores. Iba viendo sin comprender hasta el día en el que me dijiste que te ibas «ya dentro de poco, aunque la dimensión de la brevedad siempre está presente en los mortales». Te quedaste helado cuando repuse: «No. Ahora mismo, recoge tus cosas, por favor». No formaba parte de la respuesta que esperabas para tu espectáculo de magia. Lo vi tan claro. Y cuando al marcharte, cerraste de un portazo, de repente comprendí que no se había ido nadie. Que el contenido de aquellos días se quedaba entero conmigo. Lo que tú habías intentado nutrir y agrandar con vacío, había crecido en la vida y con verdad. Era yo. Proporcionándome tantas razones para que te descubriera, me descubriste a mí el valor que yo misma tenía.
¿Y por qué te evoco tan enfadada contigo si lo que debería es agradecer lo mucho que he aprendido con tus trucos de magia? Igual que hace el público que asiste a un espectáculo, aplaude a rabiar y sale contento con el arte de prestidigitación que le ha engañado con tanta perfección. Estoy enfadada, sí, y precisamente es por eso mismo. Porque has actuado mal, no has sabido cómo engañarme. He descubierto la trampa en todos los trucos. Me has enfrentado solo al vacío que arrastras dentro y tratas de alojar en el interior de cualquier mujer con la que te cruzas, solo para quedarte, a cambio, con su mundo, sea cual sea. Cuando te vi codiciar el mío con tanta intensidad, descubrí su existencia y el valor que tenía. Es cierto, igual he de agradecerte algo. Además de que no hayas vuelto nunca más por aquí.


