La noche del niño. Salvador García Fernández. Huerga & Fierro editores (col. Graffiti Poesía). Madrid, 2026. 64 pp.
Si este libro fuera una cosa sería un reloj de arena.
Salvador García Fernández (Cádiz, 1985) dirige la Fundación Carlos Edmundo de Ory prendado-prendido de la poesía y escribe La noche del niño (su segundo poemario publicado, aunque él lo considera su primer libro) desde esa mirada de niño roto que no es que haya aprendido de Ory (estoy segura), sino que ha re-conocido al mirarse en el espejo oryano, espejo del que entra y sale como Alice Pleasance por su casa, espejo-cielo al que se eleva y del que desciende con la fluidez y delicadeza con que lo haría la arena en un reloj de arena. «Un verdor que refulge bajo los pies / permite pisar el cielo de abajo».
Sería un reloj de arena porque lo imita en el tiempo: ni histórico ni circular, sino recíproco. El tiempo de La noche del niño es de ida y vuelta. El poemario está lleno de puertas (abiertas) que comunican la realidad con el deseo, el presente con la memoria, el sueño con la vigilia. «Imagina que abres la puerta de una casa / y al entrar llegas donde tanto querías…».
Sería un reloj de arena porque lo imita en el espacio: lo que ha de venir y lo que se busca siempre está enfrente («El paraíso siempre está enfrente»). La mirada busca lo que no tiene alrededor, como el grano de arena, en el reloj, se deja llevar por la gravedad de la inclinación. La mirada aborda con temeridad lo que se ha perdido, de tanto buscar, de tanto buscar. «Ya no estás en ninguna parte».
La noche del niño es también una biocartografía. Cada una de sus partes (ínsulas) así lo indican: Norte, Sur, Un mapa ensoñado, rodeadas de agua y cielo (un poema único y solitario abre el libro, Primera inundación, y otro igual lo cierra, Coda infinita). Las ínsulas, a decir del autor, son, cada una, un despliegue reflexivo de dos versos enajenados de un poema de seis: «A lo que no era casa / lo llamábamos Norte» (primera ínsula); «A lo que era mar / lo llamábamos Sur» (segunda); «Los mapas más sinceros / se cartografían soñando» (tercera). Todo lo cual nos conduce a percibir el poemario como una construcción admirable de la soledad. La vida no es lineal, la vida es un mapa de orografía diversa por el cual vagamos buscando el amor. Lo sabe el niño, que se aventura en la noche a buscar a su perro. Y el adulto, que también se aventura a mirar en las aguas negras para encontrar al niño. «Cuando me asomo al pozo que es ojo / a veces veo al niño que soy yo mismo».
Me asombra y me conmueve cómo en La noche del niño se trenzan los mimbres de la palabra exacta, del verso riguroso, con los de la visión onírica. Difícil explicar el encuentro aquí del análisis de la creación literaria con el vértigo de la misma creación. Qué certeza y exactitud sobre la angustia y la salvación del papel en blanco.
Si este libro fuera una cosa sería un reloj de arena. Y así habría que usarlo. Tomémoslo en la mano, démosle la vuelta para que la arena comience a precipitarse al vacío mientras nacemos niño con el primer verso, con el primer grano de arena: «Una ballena rompe la llanura oceánica / y salpica tormentas en el sueño del niño». Prosigamos contemplando cómo discurre el tiempo, vaciándose, buscándose, para, al final, ver que la muerte no resulta tan definitiva ni tan inconsolable si hay creación: «Y cuando mueras, ojalá que otro / tire de tu hilo y continue jugando». Y vuelta a empezar.


