Dos críticos

No me sumé en su día, ni me sumaría ahora, a la ola de descalificaciones que recayeron sobre Harold Bloom (1930-2019) cuando se atrevió a dictaminar la presunta insuficiencia de la literatura contemporánea. Y no es que me gusten los dictámenes demasiado rotundos y de alcance universal, pero le tengo aprecio a Bloom como teórico del Romanticismo y creo intuir por dónde iban sus tiros. Sus libros sobre ese periodo en la historia de la literatura, The Visionary Company y The Ringers in the Tower, son insuperables; como es poco discutible, por personal y a un mismo tiempo enaltecedora de los afanes y tentativas de escritores posteriores, su idea de que el impulso romántico ha seguido animando a quienes él considera los mejores poetas en inglés del siglo XX: W. B. Yeats y Wallace Stevens, entre otros (por contraposición a Eliot y al vanguardismo en general).

De su constatación de la continuidad esencial, siempre en el ámbito anglosajón, entre el ciclo romántico y la gran poesía imaginativa de los siglos XVI y XVII –Spenser, Shakespeare, Milton– proviene su idea de la existencia de un canon: y lo cierto es que, en la práctica, la historia de la poesía inglesa no se entendería sin considerar la pugna de algunos de sus poetas más ambiciosos por merecer estar a la altura de esos gigantes.

Harold Bloom.

Entiendo que lo que Bloom exige a la literatura actual, y no encuentra, es esa ambición totalizadora y visionaria. Evidentemente, yerra el tiro cuando lo dirige a ámbitos ajenos a su campo de estudio. También es cierto que alguna vez ha podido reprochársele alguna maniobra cínica en sus fluctuantes opiniones sobre determinados autores: Edgar Allan Poe, por ejemplo. Pero su posición es clara. Y expresa, sobre todo, una insatisfacción que yo, como lector, también siento a veces.

Lo que me lleva a otro crítico cuya obra figura también entre mis lecturas predilectas: me refiero a Edmund Wilson (1895-1972) y su luminoso libro, hermoso ya en el título, Axel’s Castle (El castillo de Axel): una magnífica fotografía de cómo un lector atento y perspicaz veía el panorama literario occidental en torno a 1930, cuando las glorias recién asentadas eran Yeats (segunda vez que lo nombramos), Valéry, Proust, Joyce… Hay que decir que el crítico norteamericano no se equivoca nunca, por más que el hecho de que dedique un capítulo de su libro a la figura, hoy meramente anecdótica, de Gertrude Stein pueda inducir a preocupación… Pero no: la despacha como mera curiosidad, o como alguien que apuntaba alto pero no llegó en absoluto a los logros que cabe atribuir a sus ilustres coetáneos.

Y no es que Wilson muestre una admiración bobalicona hacia todos ellos: no hay ninguno de quien no perciba el límite, el punto más allá del cual su empeño no llega a ninguna parte; lo que no le impide, por supuesto, apreciar en su justa medida lo que sí lograron. En ese sentido, me atrevería a decir que es mejor crítico –a pie de obra, diríamos– que el propio Eliot, siempre brillante, sí, pero poco dispuesto a descender a pormenores que la opinión cambiante podría dejar en entredicho en cuestión de años. También, en cierto modo, se anticipa a la parte más interesante de la obra crítica de Harold Bloom, que es, como decíamos, la apreciación que éste hace del lugar central del Romanticismo en la tradición occidental.

Edmund Wilson.

Wilson también apunta a la afinidad esencial entre románticos y “simbolistas” –denominación genérica que en él alcanza a lo que hoy llamamos “vanguardias”-, a la vez que aprecia, como Eliot, la sobrevenida vigencia que estaban alcanzando en su tiempo los postulados de la poesía de los “metafísicos” ingleses de los siglos XVI y XVII: complicación intelectual, rebuscamiento de las metáforas, intento de forzar a toda costa los límites de la expresión para dar cuenta de sensaciones y estados de ánimo radicalmente nuevos. Pero, a diferencia de Eliot, no diagnostica una “disociación de la sensibilidad” que hubiera condenado a las literaturas occidentales a una especie de vaivén entre dos actitudes irreconciliables, sino que parece entrever la posibilidad de una conciliación entre ellas: en Joyce, por ejemplo, cree apreciar una deseable fusión entre los logros del Naturalismo –el apego de esta estética a la realidad factual– y los procedimientos intelectualizados del Simbolismo.

Wilson, en definitiva, era un optimista; y no, como Eliot o Bloom, alguien con la vista obsesivamente fijada en algún punto del pasado del que habría que venir la necesaria restauración de la grandeza e importancia que la literatura tuvo en otras épocas. En ese aspecto, es también un “simbolista”; es decir, un vanguardista; animoso, deportivo, entregado al gozo de la apreciación como otros se entregaban al gozo de ver volar los aeroplanos.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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