Desenterrando los mitos de la Biblia

A principios de nuestro siglo, que comenzaba en 2001 con una sensación global de miedo ante las novedosas dimensiones del oscurantismo religioso más homicida (los pavorosos atentados terroristas de Al Qaeda), también se encendían luces que rasgaban esas tinieblas con las certezas diáfanas de la investigación racional. De un modo riguroso, esclarecedor, ameno, lúcido, exhaustivo y veraz, dos libros presentaban (y actualizaban para el gran público) una gran cantidad de pruebas que demostraban la falsificación premeditada de fundamentos esenciales del Antiguo y del Nuevo Testamento, y por consiguiente, la inventiva fabulación de los pilares esenciales sobre los que se han levantado los tres monoteísmos del Libro, es decir, Judaísmo, Cristianismo e Islam. Uno era The Bible Unearthed: Archaeology’s New Vision of Ancient Israel and the Origin of Its Sacred Texts (2001), de Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, publicado en Madrid en el año 2003 por Editorial Siglo XXI, con el título –literalmente correcto– de La Biblia desenterrada: Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados. El segundo Misquoting Jesus: The Story Behind Who Changed the Bible and Why (2005), de Barth D. Ehrman, publicado en Barcelona en el año 2006 por Editorial Crítica, en Ares y Mares, con el título traducido al español de Jesús no dijo eso. La historia de quién cambió la biblia y porqué; título que pronto fue sustituido por el aún menos literal de Jesús no dijo eso. Los errores y falsificaciones de la Biblia (2007).

A pesar de la importante difusión de sus reiteradas ediciones, a muchos no deja de sorprendernos su casi nula repercusión entre los creyentes: como si optasen por vivir en una especie de dimensión paralela de pensamiento acrítico y prefiriesen cerrar los ojos ante la evidencia de la cenagosa cimentación de sus construcciones dogmáticas.

En “Misquoting Jesus” (“Citando erróneamente a Jesús”) Bart D. Ehrman nos sumerge en el apasionante mundo de la reproducción de los viejos pergaminos de las escrituras cristianas. Y, por ejemplo, nos habla, de los documentos más antiguos del Nuevo Testamento: las epístolas del apóstol Pablo (unos veinte años anteriores al primer evangelio, el de Marcos), cartas que comenzaron a escribirse en griego hacia el año 50, unos veinte años después de la ejecución de Jeshuá, al que ya denominaban “Jristos” (Cristo) en la versión griega de la palabra “Mesías”. En el canon cristiano del Nuevo Testamento –que se estableció varios siglos después– se impusieron como auténticas trece cartas de Pablo, aunque los especialistas ya saben que al menos seis son falsas (las escribieron otros haciéndose pasar por él). Cuando una carta del apóstol Pablo llegaba a su destino, más tarde o más temprano era copiada (con algunos errores) y no dejaba de engendrar nuevas copias -para conservarla y para difundirla por otras “ecclesias”- con inevitables alteraciones añadidas (algunas de las cuales eran intencionadas). Llegaba un momento en que las copias primigenias se perdían, se desgastaban o se destruían… así que dejaba de ser posible asegurar la precisión de los duplicados comparando con los originales. Por consiguiente, a pesar de que se puedan conservar valiosos fragmentos de alguna epístola de Pablo –algunos antiquísimos del siglo III (de solo doscientos años después de que Pablo las escribiera o dictara)– no son fragmentos de las reproducciones de aquellas transcripciones que se realizaron en sus ciudades de destino, ni tampoco de las copias de las copias de las primeras copias…

Ehrman nos sitúa en aquel contexto, muy anterior a la imprenta, en el que los libros solo se podían reproducir a mano, letra por letra y palabra por palabra (tantas veces sin espacios entre ellas). Naturalmente, las diversas reproducciones iban sumando diferencias, pues era inevitable que los copistas (durante los primeros tres siglos no fueron nada profesionales) introdujeran cambios, ya fuese por descuido, por ignorancia, o de manera intencionada. Lo grave es que una alteración podía arraigar en la tradición textual e incluso imponerse con mayor firmeza que el original. Y los errores de unos escribas eran copiados por otros, quienes a su vez aportaban los suyos propios. Aunque, el afán que movía al copista a realizar un cambio “intencionado” no tenía que ser siempre deshonesto sino que podía ser muy honrado. A veces un escriba, al advertir un “error” y corregirlo podía estar eliminando la versión correcta y perpetuando la equivocada… Y los lugares específicos en que los textos del Nuevo Testamento sufrieron cambios accidentales o intencionados se cuentan por miles. Es imposible poder reconstruir los textos originales, aunque sí intentar aproximarse lo mejor posible a los textos que sus autores escribieron en primera instancia. Los críticos textuales han conseguido determinar muchos lugares de los manuscritos que no han transmitido el texto original del Nuevo Testamento…

Los cambios premeditados, lógicamente, son peores en relación a la “verdad”, la honestidad o el carácter inspirado de la “Revelación”. Y como yo aconsejo la lectura de todos los interesantísimos capítulos de Jesús no dijo eso, no voy a destripar su contenido, pero sí ofrecer el aperitivo de una de las falsificaciones intencionadas que Ehrman destaca: en el Evangelio de Juan –que ya de por sí es muy tardío (en torno al año 100), inventivo y diferente a los demás– hay un magnífico y famoso episodio, lleno de inteligencia y humanismo (que solo aparece en este evangelio): el de La mujer adúltera (Juan 7, 53–8, 11). La verdad es que esa historia, aunque sea muy cautivadora y cinematográfica, es incongruente con la verdadera predicación de Jesús. Su bella sentencia de “aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” plantea una seria incoherencia, pues pareciera que Jesús –que fue siempre fiel al Judaísmo- no considera vigente la Ley de Moisés, o sea, que apoya su desobediencia y deja los pecados sin castigo. Y, efectivamente, ese episodio ¡no se encontraba originariamente en el Evangelio de Juan y fue añadido por un escriba posterior! Es decir, que fue obra de un falsificador que además de mentiroso era una persona clemente y admirable. Es uno de los mejores pasajes evangélicos para mostrar a un Nazareno tolerante y compasivo, pero no… La mujer adúltera no aparece en los otros evangelios ni tampoco en el manuscrito más antiguo y mejor conservado del Evangelio de Juan; y además, su estilo y sus palabras –como le ocurre al prólogo y al capítulo final– es muy distinto al resto del texto. Son muchos los fragmentos de la “Palabra” que además de no ser palabra “de Dios”, naturalmente, tampoco son palabra “de Jesús”, pero es que ni siquiera son palabra “del apóstol” o “del evangelista” cuya autoría invocan.

Los diversos descubrimientos de La Biblia desenterrada son aún más “radicales” pues van “a la raíz” bíblica, con una gran cantidad de pruebas arqueológicas, históricas y textuales. No solo muestran la naturaleza fabuladora de esos libros que todos ya sabíamos que eran mitos y leyendas (como las narraciones del Éxodo o de la conquista de Canaán por los israelitas), sino que Finkelstein y Silberman nos “sorprenden” demostrando la similar naturaleza mítica –cargada de intencionalidad ideológica- de otras secciones de la Biblia que suponíamos parcialmente más vinculadas con la realidad histórica: los reinados de David y Salomón en libros como los de Samuel o Reyes. Tampoco quiero destripar aquí su contenido, pero sí ofrecer una de sus decisivas revelaciones para el gran público: os aconsejo a los interesados que, para empezar, toméis vuestra Biblia, y vayáis al Antiguo Testamento, al libro Segundo de los Reyes. Sí, concretamente en 2 Reyes 22:8 – 23:25 se nos revela un hecho tremendamente decisivo ocurrido en el año dieciocho del reinado de Josías (622 a.C.): el sumo sacerdote Jelcías, gracias a unas obras que se realizaban en el Templo de Jerusalén, encontró el verdadero “Libro de la Ley”, sí, el verdadero libro de la Alianza entre Dios y su pueblo elegido, que convertía en erróneas las leyes que se habían estado obedeciendo hasta entonces; que convertía en falsos aquellos mandatos divinos que tan sagrados se habían estado considerando y cuyo cumplimiento con tanto rigor se había venido exigiendo por sacerdotes y profetas ¡Un Libro recién descubierto que demostraba los blasfemos errores en el que padres, abuelos y antepasados israelitas habían vivido durante siglos; y que revelaba que Dios estaría “enfurecido” con aquellos ignorantes y despistados infieles que no estaban cumpliendo sus verdaderos mandatos! Evidentemente, ese Libro aparecido –que los especialistas identifican con el Deuteronomio– era la obra reciente de los iluminados reformadores que durante el reinado de Josías (639-609 a.C.), se habían decidido a emprender de un modo extremista la creación de una patriótica teocracia monoteísta, para mayor gloria del pequeño reino de Judá en el que habían volcado todas sus ambiciosas esperanzas religiosas y políticas (frente a la temible amenaza que suponían los imperios asirio o egipcio). Y efectivamente, en esas páginas de Reyes 2 nos adentramos en la ideología totalitaria de un movimiento religioso exaltado y riguroso que, de un modo tiránico, se propuso acabar con cualquier disidencia religiosa, con cualquier diversidad ritual tradicional, con cualquier otro culto… e imponer con ferocidad un monoteísmo extremo –a un Yahvé único y a un Templo exclusivo– en cumplimiento de los mandatos de esa nueva Ley (que se quería presentar como la verdadera y ancestral). El rey Josías, elogiado en grado sumo por la Biblia, como en los versículos de 2 Reyes 23: 24-25 (“Ni antes ni después hubo un rey como él, que se convirtiera al Señor con todo su corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas…”), hizo destruir y profanar todo tipo de ermitas, sepulcros, santuarios, altozanos… de los cultos tradicionales de los israelitas: “Sobre los altares degolló a los sacerdotes de las ermitas que había allí, y quemó encima huesos humanos” (algo que repite varias veces en los capítulos de Reyes).

Hoja del Codex Sinaiticus, uno de los más antiguos y mejores (años 330-350)

Hoja del Codex Sinaiticus, uno de los más antiguos y mejores (años 330-350).

Pero lo decisivo de aquella revolución religiosa fue que puso en marcha la modificación de la Ley y la Historia de Israel, sí, procedió a falsificarlas, a reescribirlas, a inventarlas, con un gran talento. Se dio forma entonces a toda la llamada Historia Deuteronomista, redactada por el mismo movimiento religioso -con los mismos principios y el mismo lenguaje- de los “talibanes” judaítas y monoteístas del rey Josías. Los libros de esa Historia Deuteronomista son los que en la Biblia siguen al Pentateuco, o sea, Josué, Jueces, 1 y 2 de Samuel, y 1 y 2 de Reyes, donde se novelaron con desatada inventiva las leyendas sobre la conquista de la Tierra Prometida, sobre el establecimiento de la monarquía israelita en Canaán, o sobre los esplendorosos imperios de David y Salomón… esos que la arqueología moderna y Finkelstein y Silberman se dedican a desmontar sistemáticamente.

En fin, que los autores de La Biblia desenterrada consiguen –entre otras muchas cuestiones que dejamos en el tintero (es absolutamente aconsejable hacerse con este libro)– identificar la época del verdadero nacimiento del monoteísmo judío, una época (entre los siglos VIII y VII a.C.) muy posterior a la inferida de la interpretación tradicional del Antiguo Testamento. Y lo apasionante es que consiguen identificar la fecunda época concreta en que se dio forma al núcleo esencial de la ideología político-religiosa nacionalista y xenófoba de la Biblia. Sí, los treinta años del reinado de Josías que recrearon las historias principales de libros de la Torá y de Profetas y que modelaron las decisivas fabulaciones religiosas que han sido el cimiento sobre el que se han levantado todas las religiones monoteístas de origen bíblico: Judaísmo, Cristianismo e Islam. Por todo ello la trascendencia de esta investigación es enorme, pues lo que se forjó en aquella diminuta teocracia de Jerusalén (la ciudad tres veces “santa”) ha marcado de un modo extraordinario el devenir de la humanidad.

 

Juan Pablo Maldonado García

Autor/a: Juan Pablo Maldonado García

Soy licenciado en Geografía e Historia y siempre me ha gustado escribir y discutir sobre cuestiones evolucionistas, paleoantropológicas, históricas, astronómicas, filosóficas (pensamiento científico frente a oscurantismos y pseudociencias), teológicas (los monoteísmos y sus fraudulentas escrituras fundacionales); así como sobre otros asuntos más hedonistas de música y cine contemporáneos.

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2 Comentarios

  1. Escritos con fundamentos.

    Muchas gracias.

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