De risa y alpargatas

La guerra es cuestión, falsario
o real, de botín ensangrentado.
 
Gabriel Herzog
 
A M. C. Nogales 

Las tropas, tras los combates victoriosos del inicio, se han encallado en las montañas. Cerca, entre los pinos, hay trincheras defensivas excavadas en tierra colorada, no muy profundas pero eficaces, susceptibles de detener su progresión imparable.

Frente a ellas, han instalado un puesto de avanzada. Se lo han asignado a él y a otro individuo de mirada oscura, poco fiable, que echa una ojeada a sus alpargatas. Se ocuparán ambos de vigilar cualquier movimiento del enemigo, del que tomarán nota para informar al oficial al mando.

Anochece a poco más de mil metros de altura. Corre una brisa glacial. Está nublado y no le extrañaría que nevara. De hecho, como si le hubieran leído el pensamiento, ve cómo caen los copos.

En un instante, la nieve, tímida al inicio, animosa después, empieza a formar una cortina movediza que, al desplomarse en gruesas escamas, cuaja y se acumula en un manto compacto y abundante. Si no cesa, pronto quedarán cubiertos y aislados en el puesto, un círculo de piedras improvisado lleno de grietas por las que penetra ese aire filoso e irritante.

—Yo no me quedo —dice, inquieto, el hombre de la mirada oscura.

—Te fusilarán sin pensárselo, si abandonas la guardia.

—Me da igual. Tú, haz lo que quieras —le mira otra vez las alpargatas—. Yo no muero congelado.

El hombre se incorpora con esfuerzo apoyándose en su fusil, sale de la estrechez del puesto y él lo ve apenas perderse por el pinar, en dirección al campamento base, dejando tras de sí un reguero de profundas huellas, que pronto desaparece con la nevada.

*

La noche se inicia en un silencio de hielo. No para de nevar. Los árboles son espectros que reciben resignados un denso polvo sobre sus ramas y no se ve sino una falsa claridad lechosa que parte del suelo para perderse en un cielo imaginario.

A solas, siente, en el hueco dejado por su compaña, un frío cortante que intenta enfrentar a saltos. Golpea contra el suelo los pies embutidos en esas alpargatas sin calcetines. Se baja el pantalón para calentárselos, pero se desprotege la zona lumbar y nota como cristales rotos que se le clavaran en los riñones.

Con resolución, se aleja del puesto y va arrancando cortezas grandes, tupidos manojos de acículas para recubrir cada resquicio del murete. Así, protegido, sin las navajadas del cierzo inmisericorde, aguantará mejor.

Luego, toma asiento para atrapar el corto calor que le queda en su cuerpo, para saberse con vida, y consulta con dificultad su reloj. No le parecía tan temprano. El tiempo se ha cuajado como el aire y, en la oscuridad pintada de blanco, no sabe en qué ocupar esos inacabables segundos, minutos, horas.

Dicen que los que se congelan mueren de risa. No tiene ganas de reírse sino de que le den de una vez unas botas. El tipo que se ha largado no morirá congelado, pero imagina cómo le sentarán esos cinco balazos ante el pelotón. Él también podría haber muerto hace unas semanas.

*

Recorrió el balate con el cañón del fusil por delante y apenas cartuchos. Trepando velozmente, se había tropezado con un soldado armado al que había abatido de un tiro en el pecho. Al siguiente, un hombre de pequeña talla, que emergió por detrás de un pedrusco, como él con ropas de civil, una boina y una escopeta de caza, le había acertado en la frente. El tercero, que se le había abalanzado con coraje y las manos vacías, había caído sin que hubiera sabido dónde le dio. Al último, le había golpeado el rostro con la culata, ya sin munición, y lo había rematado en el suelo con sus grandes manos.

En la excitación de la lucha, su corazón galopaba salvajemente casi fuera de su caja torácica. A su alrededor, de tanto en tanto, una explosión mínima, el silbido de una bala, el tableteo en fragmentos de una ametralladora, es decir, la música adictiva del combate. El sudor le caía por las sienes en un día que había empezado con lluvia y se había aclarado en la tarde, cuando se agachó para tomar aliento y se apoyó de codos en sus propias rodillas.

Tardó en asumir que había ocupado la colina en solitario. Cuatro despojos sobre un decorado de rocas calcáreas, lentiscos y dos encinas de grueso tronco arrugado, el olor a sangre y a pólvora.

Algo más calmado, se incorporó, descendió unos metros y escarbó entre las ropas del soldado. En una cartera disimulada en el interior de su guerrera, fotos en blanco y negro de una mujer, que dejó donde estaban. En el pantalón, palpó unas monedas de cobre y en el antebrazo, un reloj de pulsera del que se apoderó antes de que llegara algún otro a quedárselo. Tenía una cadena de metal dorada y elástica de esas que a veces tira de los vellos de la muñeca, la esfera limpia. Se lo llevó al oído. Funcionaba.

Los demás no guardaban fotos, documentos o dinero. Sus ropas no eran de su talla. Evitó sus ojos abiertos y fue examinándoles los pies. Sus zapatos, pequeños, desgastados y agujereados, no le servían. Entonces, se miró aquellas alpargatas de dril espeso, de un tono marfil, untadas del barro rojizo del declive y se vio en la casa del campo.

Su padre se encargó de medirle el pie, del esparto y de las suelas, prensadas por capas, bien armadas y sólidas. Su madre trazó un patrón con carboncillo en un ancho girón de lona impermeable, de las que se utilizaban para las labores más duras de la huerta. Recortó el dibujo, pilló el dobladillo hacia dentro y lo zurció firmemente a la suela con hilo de tendón y aguja de coser serones. Le fabricaron otras para días de fiesta pero en la precipitación y el nerviosismo de su reclutamiento las olvidó sin estrenar debajo del catre.

Ese día, un cabo al mando de una patrulla armada se detuvo a la puerta, llamó sin contemplaciones, penetró en la casucha y le dijo que tenía que incorporarse al frente. Al mirarle los pies, le preguntó si no tenía otro calzado.

*

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Sintió una mano en el hombro. Un militar con una estrella, un alférez, seguido por dos jóvenes sin graduación, que al ver los cadáveres de la colina pusieron cara de incredulidad y de espanto.

—Bien hecho, soldado. Eso se llama coraje. Lo propondré para un ascenso. Dígame su nombre —a él, sentado sobre el vientre del hombre estrangulado con sus propias manos—. Merece un uniforme y —al observar sus alpargatas— unas buenas botas.

Sin decir una palabra más, agarraron las armas de los muertos y se largaron cuesta abajo a paso ligero.

Promesas. Ha pasado más de un mes. No se han cumplido. El ascenso se lo habrá quedado el alférez, que sigue vivo porque él lo ha vuelto a ver. No se ha fijado si luce una medalla. Podría ser, aunque lo que busque sea otra estrella, como en Marruecos. Un moro, mención. Cinco moros, medalla. Diez moros, ascenso. Se le hace raro verlos luchando a su lado. Su padre estuvo allí disparando contra ellos.

En cuanto a las botas, tampoco las ha olido, por ningún lado. Cuando vuelva a casa, con el dinero que sacará de la guerra, irá al remendón a que le tome medidas para unos zapatos de verdad, si antes no tiene la suerte de encontrar unos de su número por un sembrado de cadáveres. Los ha buscado ya por cada lugar conquistado y no ha habido manera.

*

Todo se repite. Se avanza sin descanso. Se topan con un pueblo de la provincia. Se pasa directamente al asalto. Pero al llegar a su entrada, la columna de ataque se parte en dos, como una lengua de serpiente, para juntarse de nuevo a su salida en una tenaza. Rodeados, al verse atacados por distintos puntos y sin escapatoria, sus defensores se rinden. Siempre la misma estrategia bélica en pinza, tediosa, arcaica, sin imaginación.

Una vez ocupado el objetivo, se suelta la jauría. Empieza el pillaje, las violaciones, las ejecuciones sumarias, la asignación de nuevos cargos. Limpieza en toda regla, que se llama.

Él comprueba que no hay peligro, se separa del grueso de la formación. Pregunta puerta a puerta a la escasa gente que logra encontrar, asustada al ver su aspecto, el tamaño de sus pies con sus alpargatas y la amenaza de su arma.

—Busco un zapatero.

—Vaya al ayuntamiento (una vieja vestida de negro tiembla, hecha un ovillo, en un umbral). Allí le dirán.

—¿Ese cojo cabrón que guardaba octavillas? —le responden, entre el alboroto de entradas y de salidas, voces acaloradas y desgobierno—. Lo acaban de fusilar. En la primera oleada. No haga preguntas. Podría meterse en un buen lío.

Él se burla de la advertencia, pero lo mira decepcionado. Quiere saber dónde tenía el taller. El otro, un individuo de traje gris y corbata negra, gafas de culo de vaso, al que llaman don, sale fuera con desgana irritada, y le indica la puerta abierta de una casa en la primera esquina, por donde bullen legionarios y regulares.

La caja de madera, en la que debería haber dinero, está rota y vacía. Arrasaron con zapatos, ormas, pieles y herramientas. Todo se mete en un saco, se arrastra y se vende en los fuegos de campamento. Incluso sirve de dinero para apostar a las cartas, como las orejas sajadas. Debería haber desnudado los cadáveres de la colina y haber mercadeado con ropas, calzado y cartera, canjearlas por cigarrillos o conservas.

Así, un pueblo tras otro. Él sin sus botas, errando por una guerra que dura demasiado y empieza a parecerle de risa. Sí, de risa, aunque muera gente, se torture cruel e injustamente, se ejecute sin piedad a los que van quedando en la retaguardia, algunos sin que se hayan levantado en armas. Una guerra en la que las tropas marchan por el campo de batalla sin disciplina militar alguna, empujándose, tropezando con las piedras, apelotonadas —se supone que como protección— y, si la artillería lanza un proyectil con acierto, caen por racimos. En la que nadie lleva casco, granadas, acaso armamento, en la que pistolas y fusiles viejos se encasquillan y muchos combatientes acarrean un cobertor cruzado a la espalda atestado de ladillas y da lástima verlos vestidos con pellizas raídas y camisas de cuellos levantados hacia los cielos.

*

¿Cómo recibirán sus padres la noticia? ¿Le reprenderán su porfía por no largarse con el de los ojos oscuros, por no mandar el puesto a paseo y pretender vigilar a enemigos que no se moverían y menos aún atacarían con tiempo adverso? Seguro que su madre hablará de desgracia. Pero él no hará caso porque sospecha que es un sueño.

Entonces, se duerme. No debería, pero se duerme. Y al despertar ve una raya de claror sobre las montañas sin nubes. No obstante, ese frío estremecedor le agrieta los huesos, porque la nieve es una evidencia que sigue ahí y él está sepultado en ella, agarrotado, adormecido, pero vivo.

Como por milagro, oye voces distantes. Se alegra. Ahí vienen. Se han acordado. Llega el relevo, con el tipo del que uno no se puede fiar, tan entero.

Santo y seña. Contraseña. Sin novedad en el puesto.

Saca los brazos de su sudario blanco. Se levanta. Pero cuando echa a andar para al fin descansar de la vigilancia, regresar a la retaguardia, se nota los pies acristalados, insensibles, como pedestales de hierro. Y al dar un primer paso hacia adelante, pierde el equilibrio y se derrumba con todo su peso sobre ese inconsistente colchón escarchado, sin poder volver a incorporarse.

—Sería imposible quitarle las alpargatas —le confiesa el cirujano de campaña cuando, a través del sendero y nieve hasta las rodillas, lo trasladan en volandas entre unos cuantos soldados y lo depositan sobre la mesa de operaciones del botiquín—. No queda otra opción. De veras que lo lamento, pero habrá que amputar.

De risa.

Autor

  • Manuel Gómez Angulo

    Manuel Gómez Angulo es Licenciado en Filología Francesa por la Universidad de Sevilla y de Filología Hispánica por la de Granada. Profesor emérito del IES. Padre Suárez de Granada. Traductor de poesía, novela y ensayo, colabora habitualmente con la revista El coloquio de los perros y en el Boletín de la Academia de Buenas Letras de Granada. Fue premio de cuentos Alcotán y ha publicado un volumen memorialístico 'De memoria' (Tréveris, 2003) y la traducción del primer volumen de la trilogía 'En la Alemania Nazi' (A la sombra de la Cruz Gamada) de Xavier de Hauleclocque.

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