Capítulo 39. Aranda.
La culpa de todo la tenían Sonny Crockett y Ricardo Tubbs. La televisión, por Dios. ¿Quién iba a creerse a dos policías vestidosvde Armani, en colores pastel a juego con las cadenas de oro y los Rolex auténticos, conduciendo Ferraris por las calles de Miami como si acabaran de salir de una fiesta nocturna que duraba una semana? ¿Con qué sueldo, joder? ¿Quién podía creerse que el trabajo de la poli era así, jugar con fuego, beber, ligar, volver a tu casa que era un yate donde tenías por mascota no a un perro pulgoso sino a un cocodrilo? Él mismo. Cada vez que Aranda se dejaba llevar por la desesperación, que solía ser desde el día doce o quince del mes en adelante, siempre le echaba la culpa a la tele, y en concreto a aquella serie de deportivos veloces y chicas en tanga. A la fascinación por aquellas imágenes sin contenido le achacaba haber acabado siendo policía. Un policía de verdad, mierda. Y en España, nada menos. O sea, nada de trajes de Armani ni fulanas en tanga, ni coches deportivos ni zapatos Manolos sin calcetines. Un sinvivir de ropa arrugada que olía a tabaco aunque ya no fumara, zapatos de Carrefour de oferta, un coche que contaminaba aunque no fuera un Volswagen y gafas de sol confiscadas a un moro mantero. Un piso donde no cabían, una mujer que soportaba con santa paciencia los horarios absurdos de su marido (“Si por lo menos fueras médico tendríamos el suelo de un médico”), y que había dejado su profesión de profesora de instituto (Lengua Española, nada menos) por una depresión post parto causada por el nacimiento de los gemelos. Ella también se despachaba a gusto contra las series de televisión; en su caso, las de institutos y adolescentes. Se reía, eso sí, pero a veces se dejaba llevar por los demonios. No le entraba en la cabeza que unos tipos de veintitantos años pudieran tener la caradura de hacerse pasar por adolescentes de catorce y que el público se creyera que de verdad eran así los adolescentes de los institutos.
Maldita tele. Ahora la moda eran los polis para todo, científicos con pistola que lo mismo detenían al malo de turno que le analizaban sobre la marcha el ADN. Ciencia ficción, pero de la mala. La gente se tragaba que un cadáver perdido en el desierto de Nevada estuviera fichado en las misteriosas criptas de almacenamiento del gobierno americano, y que en seguida encontraran la equivalencia de un cachito de huella o de un ADN recompuesto. Anda ya. Si ya era raro que adivinaran la identidad de un fiambre por sus archivos dentales, en España ni Grissom ni Horatio ni ninguno de los otros se comería una rosca. Los malos no van al dentista.

Aranda, en todo caso, se conformaba con poder aparcar a la primera, como hacían en la tele. Vueltas y vueltas hasta encontrar un hueco libre o acabar metiendo el coche en un aparcamiento privado cuya factura tenía que pasar luego a contabilidad para que se la abonaran dentro de tres meses. Eso, cuando no perdía en recibo, que era casi siempre. Este maldito oficio no solo estaba acabando con su salud mental: también lo estaba dejando arruinado.
Otra trola de la tele: escaneaban una foto y al segundo te aparecía allí el maromo, con todos sus alias, sus huellas dactilares, el último sitio donde había trabajado y hasta sus alergias. Anda que no lo tenían fácil. En un plisplas ya sabían dónde vivía el nota (que solía ser en un sótano) y con la ayuda del FBI no había paz para los malvados. Aquí, el ordenador de la comisaría no había dado ninguna equivalencia sobre la identidad de aquel Juanito Ponce, el aprendiz que sabían partícipe del envenenamiento de la droga en casa del difunto Pepelu. Como no estaba fichado, por más que tuviera una foto del chavea, no había manera. Aranda había tenido que dejar el ordenador y tirar de zapato. En eso estaba.
Y no había manera. Ni en los talleres legales ni en los ilegales, ni en ninguna de las oficinas del paro tenían constancia del tal Juanito Ponce. Primero, porque era un nombre falso, y segundo porque a nadie le sonaba el careto del chaval, que era un chaval normal y corriente, melenudo, posiblemente tatuado, seguidor del Atleti (menos mal) y de esos que escuchan a Estopa y El último de la fila.
Aranda empezaba a desesperarse. En ningún sito habían visto al chaval en cuestión. Ni una pista, ni una indicación. Si al menos alguien lo reconociera de haberlo visto en un bareto, o de alguna chapuza pagada en dinero negro, o de alguna riña callejera, al menos Aranda tendría un nombre real, y a partir del nombre real podría ir tirando. Pero nada. Llevaba cuatro días dando vueltas y lo único que había conseguido era fastidiarse un zapato.
Regresó a la comisaría para ponerse en cambio unas zapatillas. En el despacho que compartían con los del turno de noche, estaba sentado Galiardo, los pies sobre la mesa al más puro estilo detectivesco de Hollywood.
—Nada, no ha habido suerte —se quejó Aranda, sirviéndose una copa de Machaquito oculta entre los archivadores—. Nuestro Juanito Ponce no aparece por ninguna parte. No está en los ordenadores, ni en la calle tiene nadie ni puta idea de quién puede ser.
Galiardo sonrió de oreja a oreja.
—Se llama Ignacio García. Nacho para los amigos. No está en su domicilio conocido desde hace unos meses.
—Te estás quedando conmigo.
—Sabes que no soy de esos. Pero como no había datos del chaval en ningún sitio, pensé, por la pinta, que podía ser un perroflauta de esos. Llevo todo el día buscándolo en los vídeos de las manifestaciones de los indignados desde hace un par de meses hacia atrás. Y lo he encontrado.
Galiardo le dio la vuelta al ordenador. En imagen detenida, detrás de una bandera republicana, casi en segundo plano, el muchacho del pelo largo que andaban siguiendo. Juanito Ponce. O, mejor, Nacho García. Ahora ya tenían algo en firme para localizarlo.

