Capítulo 37. Roldán.
Todavía le daba reparo mirarse al espejo. Los primeros días, entre la hinchazón y el agujero sellado, era como si mirara a un desconocido. Un ultracuerpo. No es una sensación agradable esperar ver tu cara de siempre y ver a un desconocido abotargado y malhumorado, un monstruo de Frankenstein que parecía capaz de extender la mano y agarrarte por el cogote antes de arrancarte el otro ojo y comérselo de un bocado, como si fuera una fresa.
La sensación había ido remitiendo a medida que remitía la hinchazón. Le habían dicho, los mejores médicos de Madrid, amiguetes expertos que lo mismo después ni siquiera le pasaban la factura a cambio de un favorcito aquí o un regalito allá, que en un par de meses le introducirían en la cuenca vacía una pequeña bolita, para después ir cambiándosela por otras algo mayores hasta que por fin pudieran introducirle para siempre un ojo artificial. No, sería biónico, le contestó uno de ellos, un friki de las películas de Scharzwenneger y demás cachos de carne, pero con la tecnología de hoy sería casi indistinguible del ojo de verdad. Incluso podría parpadear. Pero no ver, claro. A eso todavía no había llegado la ciencia, aunque para lo que había que ver…
Mientras tanto, Trajano Roldán llevaba un parche negro. Como un puñetero pirata, por el amor de Dios. Como si hubiera hecho de extra en Piratas del Caribe o una de esas mierdas de Walt Disney. Asquito le daba, aún, cambiarse el parche y ver lo que quedaba de aquel ojos, de modo que se lo quitaba a tientas, sin volverse hacia espejo, y se lo volvía a poner a tientas, para volverse sólo cuando ya estaba listo. Era un extraño el que le devolvía la mirada, sí, pero un extraño que se le parecía más, como si estuviera disfrazándose para ir a un carnaval o una fiesta ibicenca. Lo curioso es que a las tías les daba muchísimo morbo aquel parche de Goliat. Follaba el doble que antes, y con muchas más ganas. No hay nada que pueda hacerle la competencia a un parche pirata y al dinero.
Pero mentiría, claro, si dijera que aquel bolígrafo en el ojo no le había dejado secuelas. Se había vuelto desconfiado. Cualquier cosa se le antojaba que podía convertirse en un arma que fuera capaz de dejarlo en el sitio: un cenicero de mármol, una tijera olvidada, un vaso roto y afilado. Tener dos escoltas prácticamente a todas horas no lo consolaba tampoco: sabía, porque había comprado a muchísima gente durante toda su vida, que no es difícil soltar un par de miles de euros y conseguir que casualmente fueran a mear en el mismo momento en que alguien decidía emprenderla con él a paraguazos o con reveses de bates de beisbol.
Terminó de anudarse la corbata. Cogió los tres móviles, cada uno con un sonido identificador de llamada distinto y con contactos diferentes, de modo que unos y otros no se mezclaran. Los negocios inmobiliarios por un lado, los políticos por otro, la caja b en el tercero.

Iba en el ascensor cuando le sonó el segundo, el que siempre tenía cobertura por algún extraño motivo que no atinaba a averiguar. Alguien del partido, o del grupo parlamentario.
Lo sacó con desgana del bolsillo. Miró quién llamaba. Nada menos que el ministro del Interior. Joder, seguro que para darle el chivatazo de que iban a continuar con la investigación de las cuentas en suizas y los libros de contabilidad cifrada. No tenía la oposición otra cosa que hacer. Cretinos. Y mientras tanto en Cataluña llevándose la pasta a manos llenas.
—Dime, ministro —respondió.
No hay nada más que guste a un ministro que se llame por el cargo, no por el nombre, a pesar de que Roldán y el ministro habían ido juntos al colegio y sus vidas se habían cruzado y descruzado innumerables veces desde que empezaron a saltar de partido en partido cuando la desbandada del centro.
La voz del ministro sonó seria. Tanto, que Roldán se quedó inmóvil en el ascensor un vez en la planta baja. La puerta se abrió y se cerró dos veces antes de que terminara la conversación y diera un paso adelante.
Locos. Estaban todos locos. Vaciló en el vestíbulo del hotel de lujo en el que vivía desde el atentado. Los dos escoltas, para variar, no estaban a la vista. Andarían echándose un cigarro en la calle, al aire libre, anunciando a todo el mundo que iba a salir.
Se encaminó hacia la puerta giratoria. Empujó. Iba a medio camino cuando la puerta se atascó. Sorprendido, Roldán vio que era el hombre que entraba a la vez que él salía el que se había detenido, interrumpiendo el giro del mecanismo.
Llevaba puesto un pasamontañas y lo encañonó con una pistola. El primer disparo hizo saltar el mil pedazos el cristal que los separaba. El segundo retumbó en el vestíbulo del hotel, como una campanada de fin de año.

