Capítulo 20. Vicente.
Era lo malo que tenía la libertad. Depende de dónde te escondieras, disfrutabas o no del agua caliente. Y de una buena tele donde ver los partidos del Rayo. En el barrio de chabolas que se alzaba con un fortín inexpugnable en uno de los picos que formaban el extrarradio de la gran ciudad, Vicente no tenía agua caliente, ni televisión, ni maquinilla de afeitar, ni tantas cosas que cualquiera puede disfrutar, en su propia casa o en la cárcel.
Pero era libre.
Uno aprende cosas buenas y cosas malas en la cárcel. Aprende a vivir mirando de reojo, a que la justicia no es exactamente lo que manda la ley ni lo que imponen los funcionarios de prisiones. Que hay otras visiones del mundo que están por encima de lo escrito. Él había guardado silencio cuando bien podría haberse ido de la lengua. Le habían caído tres años de condena y sin embargo no había delatado a nadie. Eso se llama honor entre ladrones, a lo mejor, pero el marrón de cumplir condena había tenido su recompensa: nadie le había tosido en el talego, y hasta le habían ayudado a poner pies en polvorosa cuando le dieron permiso, por buena conducta, para acudir al entierro de la Virtudes.
No se vivía mal en las chabolas. Excepto por el agua caliente y la falta de televisor. La barba, de todas formas, le ayudaba a camuflarse, por si la pasma venía buscándolo, a él o a cualquier otro.
Pero la pasma no venía. No eran tontos, los polis. Hay sitios donde mejor no escarbar si no las tienes todas contigo. El séptimo de caballería sólo asolaba el campamento apache si sabía que iba a exterminarlos a todos. Si no, se contentaba con cabalgar al viento.
Lo mismo aquí. No sólo hacía falta una orden judicial: eran necesarios dos pelotones de antidisturbios. Cuando la poli trincaba a alguno era porque lo pillaban con las manos en la masa en algún otro sitio, trapicheando en alguna barriada o de noche en alguna lonja donde no se descargaba pescado ni fruta. Aquí no entraba ni Dios. Y si entraba, ya sabía a lo que se exponía: un viejo Zeta del año de Maricastaña, oxidado, sin ruedas ni motor, era todo lo que quedaba de una antigua incursión, allá cuando Álvarez del Manzano era baranda máximo. Ya ni los niños jugaban dentro. Era como el esqueleto de un dinosaurio entre las dunas del desierto.
Vicente, sin embargo, sabía que no iba a quedarse aquí toda la vida. Tarde o temprano tendría que volver a trapichear, fuera en la gran ciudad o en cualquier otro sitio. La hospitalidad del clan, por los servicios prestados aquí y en Carabanchel, tendría fecha de caducidad. Pero de momento iba tirando.
Él, sin embargo, tenía planes formados. Le habían matado a su mujer. Le habían quitado a sus hijas. Y el hijoputa que estaba detrás de todo aquello, y la hija de puta de la toga y el martillito, habían salido de rositas. Bueno, el hijoputa estaba tuerto, que la Virtudes tenía dos cojones aunque hubiera parecido siempre una mosquita muerta.

Pero, manda cojones, a ver quién le ponía el cascabel a aquel gato. ¿Cómo acercarse a un baranda así para darle la del pulpo o clavarle una navaja en los riñones? La jueza a lo mejor era más fácil, ¿pero cómo localizarla sin que a su vez la pasma lo localizara a él? La venganza queda muy bien en las películas y las novelas, pero en la vida real no todo el mundo tenía una fortuna ni acceso al piso de la víctima.
Vicente se pasaba las noches dándole vueltas al coco intentando idear algo que le permitiera echar de este mundo a aquellos dos cabritos. Oyó un motor y unos gritos. Se asomó a la puerta de la chabola.
Un coche viejo entró entonces en el arrabal. Los niños medio desnudos gritaban, las mujeres se refugiaron en sus casas de lata y cartón, los hombres de mirada negra se pusieron de perfil.
El coche no era nada del otro mundo, así que difícilmente iba a ser de la pasma. Tampoco era uno de esos modelos americanos que solían traer los rumanos o los rusos para hacer negocio.
Bajaron dos hombres, pero el que iba al volante se quedó dentro, el motor en marcha.
Como si supieran muy bien lo que querían, los dos hombres se dirigieron a la chabola donde los miraba, sorprendido, Vicente. No, no eran polis. Pero tampoco tenían pinta de nada al otro lado. Parecían tan vulgares y corrientes que se exponían a salir de aquí en calzoncillos, sin coche y descalzos.
—¿Vicente Pérez? —dijo uno de ellos.
Vicente no contestó.
—Queríamos hablar contigo —dijo el otro.
—¿De qué?
—Aquí no. Hay muchos oídos.
—Son gente de fiar.
—Lo sabemos. Pero mejor no involucrar a nadie que no quiera participar en lo que queremos proponerte.
Vicente los hizo entrar en la chabola. No estoy muy seguro de sentir vergüenza del agujero infecto donde vivía.
—¿Cómo me han localizado? No son policías.
—No. No somos policías. No somos nada.
—¿Tienen nombre?
—Lo tenemos —dijo el primer hombre, sin dar ninguno.
—¿Qué quieren?
—Hacer negocios.
—No han contestado a mi pregunta. ¿Cómo me han localizado?
—Te seguí desde el cementerio, cuando tus amigos te ayudaron a escapar —respondió el primer hombre.
—¿Y eso?
—Se me ocurrió que quizás querrías vengar la muerte de tu mujer.
—¿Y si quiero?
—Entonces podemos proponerte un intercambio. Nosotros buscamos a alguien que se encargue del asunto y tú nos ayudas en otro.
—¿En otro? ¿Como qué?
—Necesitamos droga —dijo el segundo hombre, el más pequeño y nervioso, el que parecía menos incómodo aquí dentro—. Coca. Lo más pura posible.
—Somos justicieros —contestó el primer hombre, el que llevaba siempre la voz cantante, como si eso lo explicara todo—. Queremos coca pura. Para envenenarla.

