Circus World

​«Gilda fue lo único bueno que hizo Rita Hayworth en su vida…»

​No tienes idea, como los enterados que creen que se las saben todas; esos zagales de Twitter, los que miran Google como si de la Biblia se tratase. ¿Que Rita hizo solo Gilda?

​Ni puñetera idea.

​Recuerdo bien la primera vez que la vi, su figura aún imponente, la limpieza de su mirada, los años bien llevados y su pelo, un cabello refulgente, cayéndole espalda abajo, atrapados sus brillos por el sol capitalino. En aquel entonces tendría yo más o menos tu edad y no estaba todo el rato matando marcianitos, ¿me oyes? Trabajaba como repartidor de pan a domicilio; un empleo que me consiguió mi madre, tu bisabuela, para después de las clases escolares. Era aquel Madrid una época extraña y positiva; treinta años después de la guerra civil se empezaba a vivir en España o, al menos, yo lo recuerdo así. Las dos perras que me ganaba con ese empleo me servían de poco puesto que se las entregaba a mi madre para que me las administrara. Lo cierto es que a la economía familiar le vino muy bien que yo aportara algo de dinero porque, tras morir mi padre de un resfriado mal curado, el mayor de la casa —o sea, yo— tenía que arrimar el hombro.

​Y lo arrimé pateándome la ciudad sin descanso repartiendo pan por doquier.

​Un día, mi jefe, don Julián, me ordenó que llevara con la mayor premura un pedido de diez barras de pan a un bloque de pisos situado a unas manzanas de la panadería, en la calle de Alcalá número cincuenta. Montándome en una herrumbrosa bicicleta que había arreglado tras encontrarla aparcada en el interior de un contenedor de basura, me dirigí hacia las señas que don Julián me había dado anotadas en un papel de estraza. Llegué a la dirección y dejé mi bici amarrada con cadenas a una farola de luz tintineante; subí al segundo piso y, buscando el número de la vivienda a oscuras, tropecé y casi me precipité escaleras abajo. Cuando hallé la seña, que habían pintado con letra arábiga con pincel y pintura blanca sobre el marco del portón, llamé con los nudillos y callé, escuchando ruido de pasos caminando, acercándose.

​Al abrirse la puerta apareció ante mí una visión que me dejó sin aliento: una elegante mujer de unos veinticinco años me franqueó el paso y me invitó a pasar al recibidor de la casa. Iba vestida únicamente con una diminuta braguita de seda de color oscuro y me miró con sus ojos ocultos tras unas gafas redondeadas para, a continuación, preguntarme qué quería. En el interior de la vivienda se escuchaba un gran jolgorio, con música a mucho volumen y gente profiriendo grandes risotadas que sonaban a dinero. Le indiqué que traía un pedido y ella, cambiando la expresión de su rostro, extendió su brazo y alargó la mano para tomar la bolsa con las barras de pan caliente, casi humeantes, inundando el lugar con el perfume del hambre. Al pagarme, pude apreciar la finura de sus largos dedos, anillados por un aro que vestía un diamante engastado. Yo trataba de mirarla a los ojos, escondidos tras sus lentes de cristal, pero era costoso: la desnudez del busto de la mujer me atraía como la miel asesina de moscas. Ella pareció darse cuenta y, apreciando mis esfuerzos, se acercó a una consola de madera noble que había en el recibidor de la entrada, a su derecha, tomó papel y lápiz e hizo unas anotaciones, que me tendió junto con el precio del pan. Yo cogí el papel con curiosidad y, al leerlo, me quedé igual que estaba. No entendía nada.

​El trozo de folio decía: «Martes, P. Retiro, 9:00 am. Puntual».

​Le pregunté a aquella deslumbrante mujer qué significaba aquello y ella, sonriente, me dijo que si quería ganar un dinero fácil fuera ese día a las señas que me había facilitado. «Allí estaré yo también», me soltó mientras cerraba la puerta en mis narices, ocultando su sonrisa pícara tras la madera.

​Al retornar al obrador no le conté nada al panadero ni tampoco, ya luego, a mi madre, porque intuí que aquella historia me traería problemas, pero el martes siguiente puse una excusa a don Julián y falté al trabajo para aparecer poco antes de las nueve en punto de la mañana en el Parque del Retiro. Tras dar una vuelta por los alrededores, comprobé que había un grupo de personas formando un corro junto a la fuente del estanque. Con cierto disimulo me acerqué y presté atención a lo que allí se hablaba. ¡Era algo sobre una película yanqui! Estaban seleccionando a gente para participar en la grabación de un telefilme americano en calidad de extra y ofrecían un buen jornal: veinticinco pesetas y un bocadillo de tortilla al día. Yo me hubiera apuntado a aquello aunque no pagaran, la verdad, pues me hacía sentir especial. Además tenía la esperanza de volver a ver a la atractiva mujer de las barras de pan que, por cierto, no se hizo esperar. Al poco de llegar allí, ella hizo acto de presencia. Pasó por mi lado como si no me hubiese visto pero al instante levantó sus gafas de sol —esas mismas redondeadas que llevaba el día que la conocí— y me guiñó un ojo, sigilosamente.

Se llamaba Leonor Luins, ayudante de producción, como rezaba en la tarjeta que me entregó. Digamos que era algo así como el enlace en España de la productora de Samuel Bronston, el dueño y señor de medio Hollywood en aquella época. Leonor fue pasando a los que allí nos encontrábamos unos documentos de inscripción y un lápiz con el que rellenarlo de nombre y apellidos, nuestro domicilio, el número del documento nacional de identidad y el signo del zodíaco. «Es realmente importante para el señor Hathaway que completen esa última parte sin omitirla», nos advirtió Leonor a los cuarenta o cincuenta que estábamos allí. Sin embargo, al pasar por mi lado nuevamente, hizo como que se limpiaba las gafas de sol y me susurró al oído con disimulo: «Sé Piscis». No entendí muy bien por qué me decía esto pero, por si acaso, puse en el casillero de mi signo zodiacal que yo era piscis.

​No en vano era el mío propio.

​Lo que ocurría era que el director de la película era un sujeto bastante extravagante y maniático, pero más supersticioso aún, así que los candidatos a extra que habían rellenado los campos como Acuario, Sagitario, Tauro y Libra fueron inmediatamente descartados. Aquel día no vi a Henry Hathaway en persona, eso pasaría más adelante, como te contaré luego. La cuestión es que Leonor me advirtió de que al ser piscis podría decirse que estaba ya dentro del equipo de rodaje, y ese detalle, la complicidad con la que se dirigió a mí mientras yo miraba los dos rubíes que ocultaban sus gafas de sol, me dejó francamente impresionado.

​Al mediodía, ya en casa, le comenté a mi madre que nuestros problemas económicos se habían acabado: había sido contratado por una empresa americana que me pagaría veinticinco pesetas al día durante varias semanas. Yo pensaba que tu bisabuela me daría un abrazo entre lágrimas, que se aferraría a su hijo, el salvador de la familia, pero me equivoqué. Mirándome con sus ojos almendrados hizo un gesto parecido a un chasquido con la boca y espetó: «Tanto dinero traerá fulanas a tu vida. No quiero ver a ninguna de ellas cerca de mi casa. Avisado quedas».

​Ella era así; ahora sabes a quién se parece tu madre.

​Los primeros días de rodaje nos utilizaron para transportar infinidad de cajas y fardos. Leonor nos comentó que quizás nos pagaran algo más por ello pero nunca recibimos nada. El Ayuntamiento de Madrid había facilitado el uso del Parque del Retiro a Bronston, que lo iba a utilizar para recrear otras ciudades. Así, el Paseo de Coches imitaba ser los Parques Elíseos de París y el Estanque se vació para que pareciese el Parque de Atracciones de Viena.

​Aquella acabaría siendo la última superproducción de Samuel Bronston. El magnate no escatimó en gastos y el sobrecoste lo acabó arruinando. Incluso contrató un circo auténtico, el Althoff, para utilizar su carpa y a sus artistas en la película y fíjate tú cómo sería la cosa que se convirtió en el mayor circo del mundo, con ciento veinte metros repartidos en tres pistas.

​Acababa de nacer el otoño de 1964.

​Pocos días después, una fría mañana en que ya habíamos montado el plató, hizo acto de presencia por primera vez el director de la película, el señor Henry Hathaway.

​Y con él venían las estrellas.

​Margarita Carmen Cansino y Marion Mitchell Morrison. ¿No te suenan? A lo mejor te son más familiares por sus nombres artísticos: Rita Hayworth y John Wayne.

​Rita era hija de un bailaor sevillano llamado Eduardo Cansino, nacido en Castilleja de la Cuesta, y se le notaba en sus curvas. Aunque ya tenía cuarenta y cuatro años, aquella mujer poseía piernas de atleta, perfectas y delineadas con escuadra y cartabón. No fue en vano que la Iglesia Católica española la tildara de “gravemente peligrosa” para la moral tras su papel en Gilda. Tras su época dorada empezaba a adentrarse en lo que parecía el declive de su carrera, eclipsada por otras actrices como Claudia Cardinale, que también participaba en la película. De hecho, entre el equipo de rodaje se rumoreaba que el papel de Lili Alfredo iba a ser interpretado inicialmente por otra actriz llamada Lili Palmer, al parecer más del gusto del director, pero por algún motivo aquella declinó en el último momento aceptar el papel y Wayne recomendó a Rita, para la que fue casi una última oportunidad de continuar con su carrera cinematográfica.

​El Duque, como llamaban a John Wayne, era un tiarrón imponente, descendiente de irlandeses. Solía pasearse a primera hora de la mañana, antes de empezar a grabar sus frases, con una copita de coñac en una mano —que le conseguía yo— y su vieja escopeta Winchester, modelo 1892, apoyada en el hombro. Era un tipo dicharachero y fácil de cogerle aprecio.

​Yo lo odiaba.

​Pero te estaba hablando del director de la película y mi estrecha relación con él. Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en Hathaway son los largos cigarros habanos que consumía… y su patata asada. Sí, oyes bien, su pa-ta-ta-a-sa-da. Hathaway tenía una costumbre curiosa cuando grababa películas; cada día se levantaba y aseaba y llegaba al lugar de rodaje en ayunas. Allí, alguien debía asarle un tubérculo y se lo comía, caliente aún, en presencia de todo el equipo de rodaje. Yo llevaba ya varios días trabajando duramente en el Parque del Retiro, levantando y retirando decorados, transportando pesadas cajas y haciendo mil y un recados, y debí hacerlo bien porque cuando Hathaway solicitó un asistente que supiera cocinar alguien le habló de mí. Así fue como acabé siendo el encargado de asar la patata del señor Henry Hathaway, cada día del rodaje, hasta su fin. Todo ocurrió así: Leonor se me acercó y me preguntó si sabía cocinar. Yo le respondí que ni un filete a la plancha. «¡Perfecto! —me dijo— ¡Esa será tu nueva labor!». La mujer me explicó que desde aquel día mi vida había cambiado a mejor: solo tendría que asar una patata al día, para desayunar, al experimentado director. ​Cuando llegué a casa de mi madre aquella tarde y le dije que me enseñara ese plato se me quedó mirando fijamente como si le hubiera dado un pálpito, tal que si su hijo fuera un desviado, ¿sabes lo que es un desviado? ¿no? En fin. Bueno, lo que te decía, que la bisabuela me llevó a la cocina mientras repetía que sea lo que el Señor quiera. Debo decir que, al final, de tanto asar las patatas de Henry Hathaway, me convertí en un experto en hacer ese plato e incluso adquirí cierta fama entre mis compañeros del equipo de rodaje, a los que hacía patatas asadas a escondidas de Japutaway, como llamábamos al explosivo director, que torturaba a su equipo con broncas monumentales por cualquier motivo. Curiosamente, la mayor de ellas se produjo por mi culpa. ¿Quieres que te cuente cómo ocurrió?

​Ya te he dicho que Samuel Bronston era el productor, es decir, el que ponía la pasta, y Circus World, que fue traducida en España como El fabuloso mundo del Circo, se le estaba saliendo de lo presupuestado. Escenas como la del hundimiento de un barco que vuelca en el Moll de la Fusta de Barcelona (en presencia del mismísimo alcalde de la ciudad, José María Caffarell, y de seiscientos extras), la contratación completa del circo de Franz Althoff o la grabación en Toledo, que hubo de abandonarse por culpa de una riada, habían dejado a Bronston en una complicada situación económica. El productor deambulaba aquella mañana por los escenarios de rodaje, enfurecido, buscando una solución a sus problemas, y quiso la divina providencia que cuadrase conmigo, que estaba empezando a preparar la patata que había elegido en el mercado para asársela a Hathaway. Bronston preguntó a un tipo que le acompañaba, seguramente su asistente, que quién era yo y que qué hacía; aquél le explicaría que mi única función era la de asarle la patata del desayuno al director y esto hizo que a Samuel Bronston se le salieran los ojos de sus órbitas de pura ira y comenzara a proferir grandes alaridos mientras me agarraba de la manga de la chaqueta y tiraba de mí en dirección a la salida del set de rodaje. El asistente me explicó que el productor acababa de despedirme y que me mandarían un cheque con lo que se me debiera a la dirección que había facilitado en el formulario de inscripción que rellenara el primer día en el Parque del Retiro.

Reconozco que aquel despido fue un jarro de agua fría para mí. Mientras salía del parque me crucé con Leonor, que me miró con extrañeza, aunque sin atreverse a decirme nada, puesto que iba acompañando a Claudia Cardinale a la peluquería del set de rodaje.  La mañana apenas llegada olía al aceite de los churros recién cortados que los viandantes transportaban envueltos en papel de estraza mientras sisaban uno de vez en cuando, como si quisieran mitigar el hambre de la madrugada. Ajeno a esas veleidades, yo caminaba con el alma azul, cansado sin haber hecho esfuerzo, pensando en qué le diría a mi madre, la bisabuela, cuando llegara a casa tan poco tiempo después de haber salido por la puerta y despedirme de ella y decirle que la quería y que la vería esa noche con el sueldo metido en el morral.

​Recuerdo que ella me guardaba todo lo ganado y solo me había reservado una pequeña parte para mis gastos y mínimos despilfarros que, además, ni tan siquiera eran para mí mismo. Una vez a la semana la oficina de Leonor recibía un envío de Interflora con una tarjeta en blanco, puesto que no sabía yo qué ponerle (aparte, podría haber cotejado la letra manuscrita con la del documento de inscripción y el que supiera que yo era el tímido remitente no era precisamente mi deseo), aunque cada semana las flores eran diferentes. Enviaba los ramos sin saber qué paso sería el siguiente, únicamente disfrutaba observando desde la distancia cómo Leonor se alborozaba recibiendo flores cada lunes, siempre distintas, siempre preciosas.

​Y en ese momento, mientras andaba yo ensimismado en el terror que el vacío del futuro provoca al débil, una mano me sujetó por el hombro impidiéndome avanzar. Me giré asustado, con miedo a que alguien intentara robarme lo poco que tenía, pero cuál fue mi sorpresa cuando encontré precisamente a Leonor. Reconozco que un extraño hormigueo floreció en mi estómago, como si los nervios anónimos hubieran aprendido a cosquillear, aunque nada tenía que temer: la mujer seguía totalmente ajena a la identidad de su secreto admirador.

​«Tienes que volver inmediatamente», me dijo.

​Yo la obedecí sin reparos. En el camino de vuelta los olores aceitosos de los churros se habían evaporado: sólo olía a agua de rosas.

​Leonor me explicó que cuando dejó a Claudia Cardinale con la peluquera fue corriendo a preguntar qué había ocurrido conmigo y la escena que encontró ha pasado a la historia del cine, ¿me oyes? Creo que está —estoy— en varias páginas de internet. Resulta que Japutaway había llegado al set de rodaje temprano, como acostumbraba, pero algo no iba como debía: nadie había asado la patata de su desayuno. Al principio el director montó en cólera y se puso a mentar a nuestros antepasados, pero finalmente una asistente le explicó lo que había ocurrido; cómo Bronston me había despedido de manera fulminante. Entonces Hathaway explotó como el fruto que cayera del granado por la madurez de su cuerpo y chocara contra una roca. El escocés que seguramente llevara en el pecho salió a pasear, ebrio de ira, buscando justicia, que en gaélico es sinónimo de venganza. Dando grandes zancadas se encaminó a la oficinita que había montado Bronston en una esquina del parque al tiempo que vociferaba con la voz del diablo: «¿Dónde está mi patata? ¡Quiero mi patata! ¡Si no tengo mi patata no voy a dirigir esta película!».

​Según Leonor, cuando Hathaway encontró a Bronston su piel asemejaba la carne del salmón y largos goterones de sudor hacían carreras en dirección a su barbilla. El productor no pudo sino excusarse, alegando que había habido una confusión provocada por el idioma y que, en realidad, lo que me había dado no era la carta de despido sino el día libre. Dirigiéndose a Leonor Luins le pidió que corriera a buscarme para traerme de vuelta.

​«Ese muchacho es como de la familia», me dijeron que exclamó Bronston.

​Cuando llegué de regreso ya no se encontraba allí, gracias a Dios, aunque Henry Hathaway me esperaba sentado en la pequeña mesita plegable en la que desayunaba cada día, ataviado con un gran babero blanco, similar al que suelen llevar los comensales en las marisquerías. «Be quick, child, I´ve got a film to direct!», espetó al verme aparecer.

​Quería su patata, el hombre.

​A la semana siguiente, Leonor vino un día a buscarme a la cocina donde, tubérculo en mano, preparaba ya el desayuno del director. Vestía medias tintas y un traje con un estampado espectacular, semejante a un zarzal en primavera, y se protegía del frío de la mañana capitalina con una taleguilla de lana oscura. La mujer sonreía: acababa de recibir su periódica ración de flores anónimas, aunque aquella vez el repartidor había aparecido con dos ramos en vez de uno solo. «Quizás a su admirador le tocara ayer la lotería», le comentó al entregárselos.

​Leonor me explicó que Bronston había aceptado readmitirme «por la paz del convento» pero exigía que yo hiciera algo más que servir el desayuno a Hathaway. Dado que los actores acababan de frasear alrededor de las cinco de la tarde, mi función, una vez dispuesto el desayuno al director, sería la de servirles de guía, chófer y botones, si hiciera falta. Era algo habitual que John Wayne se escapara del set de rodaje sin más compañía que sus dos compañeras de reparto, como ocurrió, por ejemplo, un día libre en que se marcharon los tres al Cine Palafox, donde estrenaban 55 días en Pekín, película en la que participaba el propio Wayne. Al parecer, había llegado a la productora una carta con quejas vestidas de membrete oficial, puesto que los actores habían coincidido con el entonces Príncipe Juan Carlos de Borbón y éste había invitado a la señorita Cardinale a cenar, impidiéndoselo el Duque, que alegó que debía cuidar de ella como si fuera su hija y que aquella noche no conseguiría descansar hasta que la viera embozada en su cama, en su caravana. El Príncipe se sintió muy ofendido pero por suerte la cosa no pasó a mayores, lo que hubiera sido bastante fácil conociendo el impetuoso carácter del joven Juan Carlos.

​Durante unas semanas mi vida fue bastante monótona, como puedes imaginarte. Asando patatas por las mañanas y ciceroneando por las tardes. Una de mis funciones acabó siendo la de “despertador” oficial de la señora Hayworth. La actriz, que tenía fama de beber siempre una copa de más, solía llegar tarde a los rodajes con frecuencia y, una vez en ellos, olvidaba los textos, lo que producía grandes enfados de Hathaway, que solía clamar al cielo maldiciendo el nombre de Lili Palmer, al tiempo que pronunciaba soeces adjetivos dirigidos a ésta. Creo que incluso el bueno de Wayne se acabó arrepintiendo de haber recomendado a Rita Hayworth para aquel papel, fíjate tú lo que te digo. En definitiva, fui a una modesta joyería en Atocha que acababa de anunciar saldos y compré un reloj Casio que me pareció que me favorecía. Gracias a él, procuraba estar en la caravana de doña Rita media hora antes del comienzo del rodaje, es decir, una hora después de que desayunara Japutaway, con un café con leche y unas magdalenas caseras que me preparaba mi madre los fines de semana y que a la actriz le encantaban. ¡Doy fe de que incluso en alguna ocasión conseguí que la Hayworth llegara a la hora fijada para el comienzo de las grabaciones!

​Mi odio por John Wayne nació en aquella época. No es que me tratara mal a mí o a nadie en el set, ni siquiera es que fuera un tipo rácano, todo lo contrario: solía ser generoso con las propinas cuando tras una noche de parranda lo dejaba, vacilante como un ventilador de techo, frente a la puerta de su caravana. En la gelidez de las mañanas en el Retiro solía pedirme una marca de coñac que le gustaba, para combatir el frío, y cuando le llevaba la copita con el reconstituyente siempre me decía con su acento masticado: «Grassiass». No lo soportaba. Imagino que el sentimiento será familiar a todo aquel que tiene que sobrellevar a un jefe, pero yo lo aguantaba a duras penas, la verdad, en parte por lo que te voy a contar ahora.

​Al final, mi relación con el Duque acabó como suelen acabar estas querellas. Una noche, Wayne me hizo un aparte y me mostró un recorte de un periódico español en el que aparecía un anuncio publicitario de Misión de Audaces, un film bélico que el actor había protagonizado y que se proyectaba en un cine de la Gran Vía. «Querro irr» —masticó—. «Querro oírr voss mi».

​Aquel ególatra vanidoso tenía un capricho: deseaba escuchar cómo habían doblado su voz al español, ver su gigantesco corpachón de viejo lobo de mar con acento de Vallecas. Como el actor no quería que Hayworth y Cardinale se apuntaran a la expedición, lo recogí a la espalda de las lonas de la carpa circense, aprovechando que ya oscurecía. Caía un frío que mudaba el color de los pulmones. Wayne encendió dos lumbres, para calentarnos el resuello. A veces fumaba tabaco yanqui, aunque me sabía a cuero y alquitrán fogoso, así que le acepté el pitillo y así entramos en el cine, exhalando sinuosas vaharadas de calor gris. A Wayne le gustaba sentarse al final de la sala, en la última fila del patio de butacas, donde extendía cómodamente sus largas piernas sobre el asiento que tenía delante. Aquella sesión estaba plena de aforo. A los madrileños de los años sesenta nos gustaban las películas de acción y, si encima eran de guerra, resultaban un éxito seguro, así que poco a poco fue llenándose la sala hasta el punto de que el actor hubo de levantar sus pies del sillón correspondiente para que se sentara una malhumorada señora con pinta de extravagante actriz secundaria de Alfred Hitchcock. Recuerdo su mirada de disgusto hacia esos bultos en la oscuridad que éramos nosotros; mi madre también solía usar esa arma milenaria que las progenitoras han esgrimido contra sus crías desde que el cielo viste de azul.

​Y no digas que tu madre no, que a mí no me la das.

En cuanto Wayne apareció por primera vez en pantalla y articuló palabra, Wayne estalló en grandes carcajadas. El público empezó a protestar y a mandar a callar al actor que, ante tal estrépito, más fuerte aún repartía risotadas. Hasta tal punto llegó aquel escándalo que tuvo que entrar en la sala un encargado del cine y encendió las luces para comprobar quién era el ruidoso que molestaba al respetable y reconvenirle o expulsarlo. Cuando se hizo la claridad en la estancia, un centenar de españoles de ojos achinados se orientaron hacia donde me encontraba sentado con Wayne, que se secaba las lágrimas con un pañuelo. El Duque se incorporó, y yo con él, pensando que iba a salir de la sala avergonzado, y sin embargo cuál no fue mi sorpresa cuando se inclinó, reverente, al público que, al darse cuenta de que el molesto vecino no era otro que el protagonista de la película, rompió en aplausos. John Wayne me dirigió un gesto cómplice y abandonamos la sala de proyección en loor de multitudes.

​Ya había cumplido su audaz misión: se había escuchado hablar en español de los Madriles.

​Al salir a la calle un fuerte viento polar nos atrapó en nuestros abrigos y Wayne se demoró en buscar una nota que tenía en uno de sus bolsillos. Cuando me extendió el papel reconocí la letra y las señas: calle de Alcalá número cincuenta. Eran las del piso donde en su día repartí pan a Leonor Luins. Con miedo a perder mi empleo si me negaba a cumplir el mandato de la estrella de Hollywood, me monté en el coche escondiendo mi propia sombra en la oscuridad de la noche y lo dirigí al punto de destino. Al llegar, el actor me guiñó un ojo y puso un billete de rostro heroico en el ojal de mi abrigo. La consigna era clara: yo debía ahuecar el ala.

​Y precisamente eso fue lo que hice.

​No iba a volver a casa de mi madre, sino que iría al Retiro a esperar que volviera el actor. Quería saber su hora de llegada porque una complicada ecuación mental me convenció de que si el Duque aparecía refugiado por el amanecer habría de morir entre mis manos. Cuando arribé al set de rodaje tenía el espíritu partido en dos. Más que caminar, me arrastraba como un penado que viera su paso frenado por una bola de hierro.

​Cuando Wayne me dijo que no lo esperara, gestualizando, y me dio una propina, la sangre subió a mi rostro y de haber seguido mis instintos le hubiera estampado la llave de contacto del coche en un ojo, con lo que para su papel en Valor de Ley u otra película parecida no hubiera tenido que sufrir gratuitamente un parche. Sin embargo, encendí el motor y huí de allí con dirección al insomnio. Durante el camino me sentí insultado, defraudado y, en resumidas cuentas, un cornudo consentido. Sé lo que pensarás, que Leonor y yo no teníamos relación de ningún tipo y que mis sentimientos por ella, al margen de románticos, no excedían de lo unilateral. Ella jamás me había dado a entender nada ni me había ofrecido prueba alguna de que tuviera interés en mí, que era mucho más joven, además. En cualquier caso, como cuando el amor no es sinalagmático, yo estaba hundido, y ese intenso dolor, esa autoflagelación que era pensar en “mi” Leonor revolcándose con el Duque en la cama de su casa, avivaron unos impulsos que jamás había tenido ni volví a tener.

​Ansias homicidas.

​Yo era joven, sí, pero a mi edad ya iban los muchachos como tú a las guerras y desposaban a las chicas y formaban sus familias. Quiero decir que yo no era un niño aunque sí lo fuera entonces, tal y como lo veo ahora.

​Llegué a la casa y me oculté de la vista con rayos X de mi madre. Pasé toda la noche durmiendo con los ojos abiertos como corazones de alcachofa; rumiando venganzas imposibles.

​Al día siguiente, fui a trabajar con total normalidad. Le hice su patata asada a Japutaway y luego me puse a disposición de Rita Hayworth, que parecía haber pasado una mala noche. La actriz repasaba sus líneas con rapidez, repitiéndolas en un oscuro mantra. Le ofrecí ir a la cantina a por un zumo de limón con azúcar y ella me dijo en su español con deje mejicano que le buscara mejor un chupito de algún licor para reconfortarse del frío, y eso hice. Lo curioso fue algo que vi después y que hasta más adelante no comprendí. Tras darle a Rita su vasito, ella hizo un aparte junto a una lona de la carpa, echó con disimulo el líquido de fuego en un charco en el suelo y luego hizo ademán de beberse el chupito de un solo golpe.

​Nadie la vio excepto yo.

​El día en que John Wayne debió morir fue el mismo día en que le otorgué varios años más de vida.

​Me explico.

​Yo seguía en mis trece y mi oscuro corazón, ténebre como el de los mal enamorados, pedía solución de venganza. El Duque era un tipo gigantesco, de gran fortaleza, y normalmente no estaba a solas, con lo que tampoco tenía ocasión de explicarle las verdades de la sica. Sin embargo, yo permanecía atento, esperando la ocasión propicia, que no tardaría en llegar.

​Pocas semanas después de acompañarlo al piso de Leonor Luins, Wayne iba a grabar una de las escenas más importantes de la película: la del incendio de la gran carpa circense. En el rodaje de su toma, el actor debía esperar a que cayeran las lonas empapadas de fuego y salir del lugar justo a tiempo. Lógicamente, uno de los empleados de la productora estaría atento para darle una voz a Wayne y que éste escapara de aquella mortífera trampa de llamas.

​¿Y a que no sabes quién fue ese empleado?

​¡Premio para el caballero!

​Aprovechando que aquel día había trabajadores ausentes por asuntos propios me ofrecí a Leonor para ayudar en la escena y ella, ajena por completo a mis sentimientos e ignorante de que yo estaba al tanto de su “traición”, accedió sin ningún problema.

​Me ubiqué en el lugar determinado desde el que, triangulando, vería al mismo tiempo a Wayne y el avance de las llamas sobre los telones que habían de caer sobre él. Resultaba increíble que me encontrara en esa ventajosa posición en la que podría finalizar mi venganza. A la señal del director, Wayne empezó a actuar —no recuerdo si tenía alguna frase— y unos operarios prendieron fuego a los telones. Lágrimas ardientes treparon por aquellas densas cortinas como si arriba esperara un tesoro inesquivable y yo me las quedé mirando, hipnotizado como si un mentalista hubiera chasqueado sus dedos frente a mí. No voy a mentirte: no cambié de opinión ni me arrepentí de mi impulso homicida. Ninguna luz de piedad alumbró mi alma ni tampoco el miedo a la cárcel aflojó mi garganta.

​Fue Rita.

​Ella se encontraba a unos metros de mí, y yo podía verla. Durante el suspiro de un segundo sus ojos límpidos se encadenaron a los míos, cuentas de un mismo collar, y me hicieron reaccionar.

​« ¡Ahora Duque, sal!», grité con todas mis fuerzas.

​Wayne fue rápido y se desplazó lateralmente con una agilidad impropia de un tipo de su talla pero no pudo competir con la de un telón flamígero que le alcanzó y derribó. Salí corriendo hacia él con la triste mirada de Rita flotando en mi consciencia, y con una manta que tenía preparada me arrojé sobre el Duque y le apagué las llamas que devoraban ya la carcasa de su brazo izquierdo, ese pelaje humano que llaman piel.

​Hathaway sufrió una subida de tensión y cuando Bronston lo supo, tomó un vuelo desde Roma, donde se encontraba. El equipo al completo se encontraba hundido. Muchos compañeros se acercaban a mí y me consolaban diciendo que no había sido culpa mía; que solo había sido un gran susto, como si aquella cháchara me importara lo más mínimo.  No entendían que mi abatimiento carecía ya de consuelo alguno.

​Con lo que ninguno de nosotros contaba era con lo que vino después. Wayne ingresó en un hospital madrileño por las quemaduras leves sufridas y por haberse intoxicado al inhalar humo, y como parte del protocolo médico le tomaron muestras de sangre.

​La sangre de Wayne sería irlandesa quizás, pero no por ello era inmune al cáncer, ni tan siquiera al de pulmón.

​Esto quiere decir que si no hubiera yo dejado caer sobre el Duque el telón ardiente, si Rita no me hubiera alertado con su mirada de serpiente, el actor no hubiera sabido de su enfermedad hasta que, probablemente, hubiera sido ya demasiado tarde para él. Pero lo habían encontrado a tiempo y tras una operación en la que le extrajeron el pulmón izquierdo y dos costillas, salvó la vida.

​Gracias a mí.

​Por mi culpa.

​En tanto Wayne se recuperaba, Bronston y Hathaway decidieron avanzar en el rodaje filmando escenas en las que el Duque no interviniera, así que, como en un circo de verdad, reunieron al equipo y le dijeron que «el espectáculo debe continuar», la lección que precisamente daría la película. El propio Wayne, aún convaleciente, acudió a la reunión buscando dar su apoyo al equipo, que estaba más apenado y triste, incluso, que él. Desde su silla de ruedas —una exigencia del seguro del Sindicato de Actores— clamó con su doliente voz, potente y masculina, que teníamos que hacer una película «grandiosa».

​Yo no me acerqué a él para saludarlo o disculparme; cuanto más admirable resultaba, más desprecio me producía. Además, en aquel entonces me encontraba ocupado en otros asuntos: me había convertido en el ayudante asignado a Rita Hayworth, por expresas órdenes de Japutaway.

​Tras varias discusiones fuertes entre ellos por los retrasos de la actriz y dado que en muchas ocasiones olvidaba sus líneas de diálogo, el director me ordenó expresamente que vigilara que Rita no probara una sola gota de alcohol. A la actriz, poseedora de un carácter impetuoso, aquello de que le pusieran una nana le gustó menos que nada, pero como conmigo se llevaba bien y parecía tenerme cierto afecto, aceptó a regañadientes si bien me dijo que ella y yo teníamos que “entendernos”, es decir, que debía darle ciertas libertades de acción.

​Rita era una mujer de gran atractivo, más allá de su belleza. Poseía un temple y una solemnidad que desaparecían en cualquier momento en sus estallidos de alegría o de furia: su temperamento era legendario. Daba las gracias por vivir de su profesión: era un sueño hecho realidad para ella al igual que ella había sido un sueño hecho realidad para tantos y tantos hombres. Su rostro había sido dibujado en aviones de combate americanos en la segunda guerra mundial y también se había colocado su imagen en la bomba atómica de pruebas que los EE.UU arrojaron en 1946 sobre las Islas Bikini, algo que la había ofendido sobremanera, puesto que “Gilda” era pacifista.

​«Niño, ¿sabes que en realidad yo no canté “Put the blame on Mame” en Gilda?», me dijo un día, por sorpresa.

​«No, no tenía ni idea, doña Rita. Le confieso que no he visto aún esa película», le confesé.

​«Haces bien —contestó—, eres muy joven aún para querer acostarte conmigo», respondió.

​Yo no sabía entonces como sé ahora que Hayworth había sido el gran sex symbol de los años cuarenta, aquella época en la que dijo una frase por la que sería eternamente recordada: «Los hombres se enamoran y se acuestan con Gilda y se levantan conmigo». En 1964 ya estaba separada de su último marido, el productor James Hill, y ciertamente yo no la había visto llevar hombres a su caravana. De hecho, podría decirse que el papel que interpretaba en Circus World era el suyo propio, el de la mujer aplastada por su pasado que huye de sí misma. Lo curioso es que jamás la vi consumir ningún tipo de bebida alcohólica, pese a que en la nevera de su caravana dormitaban diversas botellas de licores variados. Aunque yo era joven no tenía un pelo de tonto: aquella diva guardaba un secreto.

​Y no tardé en descubrirlo, créeme.

​Una noche que me encontraba sentado en los escalones de la caravana de Rita pensando en lo injusta que era la vida, como un adolescente torturado por el amor cualquiera, noté una presencia a mi espalda. La actriz había salido a tomar el aire y me había encontrado allí. Hice ademán de levantarme pero apoyó su mano en mi hombro y se sentó junto a mí. Llevaba un cigarrillo en los labios que parecían cáscaras de limón sin su barniz morado, ajados y secos.

​— Yo la quería.

​— Suele pasar.

​— Ella le quiere a él.

​— Suele pasar.

​— Usted nos miente a todos.

​— Suele pasar.

​— ¿Por qué lo hace?

​— Porque soy actriz.

​​Nos quedamos allí sentados hasta que acabó su cigarrillo, lanzó el filtro a mis pies y se levantó en dirección a su cama.

​— Soy actriz… y mujer.

​Y con esa enigmática frase ascendió los escalones y se introdujo en su caravana, dejándome solo conmigo mismo.

​Con el tiempo todo se supo, pero fue demasiado tarde. Rita Hayworth fue candidata al Globo de Oro a la mejor actriz por su papel en Circus World, pero no obtuvo el galardón. Su fama de alcohólica pesaba en su contra. Nadie se imaginaba la cruda verdad, que la actriz comenzaba a sufrir el incipiente Alzheimer que acabaría con su vida años después. Sobreponiéndose a su enfermedad, luchando con ella hasta la extenuación, fingía tener problemas con la bebida para que nadie supiera la verdad porque pensaba que ningún director querría contratar a una actriz que olvidaba sus frases, o las horas de rodaje, o los nombres de sus compañeros. Rita fue valiente, inteligente, más que ninguno. No solo aguantó el rodaje hasta el final sino que incluso su gran interpretación de la atormentada Lili Alfredo la hizo acreedora de los aplausos del público y la crítica.

​La última vez que la vi fue un cinco de enero. El Ayuntamiento invitó al equipo de la película al completo a subir a una carroza de la Cabalgata de los Reyes Magos. Hacía ya un par de semanas que había finalizado mi participación en el rodaje y la carpa y los escenarios empezaban a ser desmontados, recogidos y empaquetados. Leonor llamó al teléfono fijo de casa de la bisabuela y se lo dijo a ella, que estaba invitado a participar en la cabalgata. Mi madre tomó nota de la hora a la que había que estar en el lugar de salida y, cuando llegué de la calle me la tendió.

​«Te ha llamado una fulana», me dijo, únicamente.

​Yo empezaba a asimilar todo lo que me había pasado en aquel rodaje y, de hecho, pocos meses después conocería a tu abuela (aunque esa es otra historia), pero me apeteció ir. Imaginé que nunca llegaría a estar en un evento así situado en un sitio tan privilegiado, así que el cinco de enero, a las cinco en punto de la tarde, me encontré saludando a Leonor, Japutaway y al resto de mis compañeros. Wayne llegó con las dos actrices principales colgadas de sus brazos. Me dirigió una extraña mirada con sus ojos fruncidos de chino indigesto y levantó levemente la barbilla a modo de saludo.

​Yo le volví el rostro.

​Hacía ya tiempo que Leonor había dejado de recibir ramos de flores.

​La cabalgata fue espléndida. Decenas de miles de madrileños nos esperaban a ambos lados de la calle, montados en las aceras e, incluso, sobre los coches que se encontraban aparcados. La organización había repartido entre nosotros varios sacos llenos de caramelos y nuestra misión era lanzarlos a los niños que fuéramos encontrando durante el trayecto. Recuerdo a varios padres que portaban paraguas pese a que no llovía; cuando arrojábamos aquellos dulces proyectiles, les daban la vuelta para recoger las chucherías como si sus paraguas fueran un gigantesco guante de béisbol.

​La banda de música municipal nos escoltaba, interpretando canciones circenses que evocaban a nuestra película, y el ambiente era alegre, formidable. En un momento de calma de toda aquella fanfarria me acerqué a Rita Hayworth para saludarla y al oír su nombre, que yo acababa de pronunciar, se giró hacia mí con extrañeza.

​—Disculpe, caballero, ¿nos conocemos?

​El mundo se me vino encima, no ya porque en tan poco tiempo hubiera podido olvidarse de quien había sido su ayudante personal más de dos meses, sino por el temor insondable de que mis sospechas fueran realidad. Rita Hayworth tenía Alzheimer. Su memoria empezaba a huir de ella. Te reconozco que me quedé en blanco y, balbuceando, intenté explicarle que yo era…

​Rita Hayworth levantó la mano y posó su dedo índice sobre mis labios, requiriéndome para que guardara silencio. Acercó sus labios estridentemente coloridos a mi oreja y me susurró:

​«Nunca hubo una mujer como Rita, niño».

​Y entonces, de improviso, lo comprendí todo, pese a ser piscis.

Ilustraciones de Manuel Martín Morgado.
Enrique Montiel de Arnáiz

Autor/a: Enrique Montiel de Arnáiz

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