“No sé muy bien si era tristeza / o el antiguo dolor de unos ojos de niño. / Pero, por un momento, el retrato del mundo fue / aquella imagen de un niño de Beirut.
El frágil brazo, tierna tragedia, / blandiendo fusil; muerte y bandera. / El cuerpo menudo y oscuro perdiéndose en la ciudad, / un nicho anónimo para el niño de Beirut.
Tiene en su cielo a los dioses del «napalm» / y el trueno infernal de pájaros de plata, / en el horizonte sólo el exilio siempre amargo, / cuna y tumba para un niño de Beirut.
Morir en Beirut, morir en Mathausen, / el mismo fuego en tiempos distantes, / espejo helado de un mundo en el que ya nadie responde / a los ojos inmóviles de un niño de Beirut”. (Lluis Llach)
Tenía que ocurrir. Siria, Líbano, Tiro, Beirut. Debiera ocurrir. El Mediterráneo.
Cádiz fue una colonia fundada por Tiro (Fenicia). A ellos les gustaban los promontorios rodeados de un entorno acuático, penínsulas, lugares elevados en el interior pero cerca de la costa (como la Asido fenicia, hoy Medina Sidonia), o pequeños conjuntos de islas muy próximas entre sí, como era Cádiz (tres islas, llamadas las Gadeiras, que según la tradición griega eran las tierras que gobernaba Gadiro, de estirpe atlante y hermano gemelo de Atlas).
Han vuelto. Nos invaden de nuevo. Bienvenidos. Son hermanos, tenemos su sangre. De religión ni hablo, no me interesa, solo la Ilustración es mi ambición. Será que confío en la Razón más que en las religiones y las doctrinas (“Había un hombre que tenía una doctrina…” León Felipe) o será por aquello de “la segunda inocencia, que da el no creer en nada” (Antonio).
Los sirios. Se me ocurre una posibilidad seria y sería mirar esto sobre pueblos abandonados.
¿No se podría repoblar pueblos deshabitados de nuestras Castillas, Leones y Manchas con estos colonos? Una inversión estatal para que con sus manos rehabiliten casas y castillos de la España del Imperio.

Propondría un Plan de Colonización Interior, para los nuevos Fenicios que vienen, descendientes de los que nos colonizaron y dieron grandes avances a nuestros pueblos, aún antes de llamarse este territorio ni siquiera Hispania. Tal vez algo parecido a lo que hizo Carlos III en el siglo XVIII con los alemanes (La Carolina, La Carlota, La Luisiana), los intentos de principios del siglo XX, o la Reforma Agraria Republicana, o lo que después de la Guerra In-civil impuso Franco con las Zonas Regables, los Pantanos y los Planes de Colonización. Daban, entonces, en unas condiciones terribles de hambre y pobreza, en unos barracones de campo de concentración, un lote de ganado y tierras. Y ahora, que ya somos tan demócratas, europeos, solidarios, ecologistas, pacifistas y otros istas, podríamos hacer bien y darles además unos dineritos (si puede ser de las dietas de los diputados o fondos B de los partidos y sindicatos) para que reconstruyan Castillas y castillos, pueblos olvidados por tanto inútil que nos ha mandado estas décadas. Quizás algún sirio tenga la sensibilidad de emular, y escriba otro A orillas del Duero, ya que los paisanos del exiliado Antonio no le respetaron, lo exiliaron y no le valoraron como un español que quería una España sin charanga y pandereta, o ésta solo en el sentido de la necesaria continuidad de la tradición de los folklores («La palabra folklore significa no solo saber, sino saber antiguo, saber tradicional, saber que ha adquirido la pátina de los tiempos.» -escribió el padre de Antonio. Este Machado y Álvarez).

