“En la profundidad del bosque, completamente solos,
mientras el viento sacude la nieve de los árboles y dejamos
atrás los últimos rastros humanos, nuestras reflexiones
adquieren una riqueza y variedad muy superiores
a las que ostentan cuando estamos inmersos
en la vida de las ciudades”.
H. D. Thoreau
(Un paseo invernal)
Hay lugares que se muestran ante nosotros como un hogar e invitan a que una los habite y se sienta como en su propia casa. Hay una especie de lumbre invisible que nos hace pasar dentro y sentarnos ante un simbólico fuego, a frotarnos las manos heladas y a dejarnos envolver por la calidez de lo conocido, de lo que sabemos nuestro, de lo que nos protege. Es como si tirara de nosotros una fuerza ancestral que no acertamos a nombrar, pero que reconocemos de inmediato; una llamada desde un espacio profundo a la que acudimos sin reservas, sin preguntas. Lugares a los que se vuelve, una y otra vez, cuando se necesita un poco de cobijo, un poco de silencio o, simplemente, cuando se hace necesario huir del ensordecedor ruido del mundo. Lugares donde participar del Todo, donde experimentar esa cosmic consciousness whitmaniana, donde poder ser con toda la intensidad que la naturaleza humana nos permite.
Subí por primera vez a la sierra de San Cristóbal una tarde de noviembre, con mi hijo Ignacio. Conocedor de senderos, carriles y cañadas por su afición a la bici de montaña, aquel era un sitio cercano al que acudía con frecuencia atraído por las increíbles vistas de la ciudad y por la peculiaridad del terreno, pedregoso y con numerosas y pronunciadas pendientes. Ignacio siempre ha mirado la naturaleza con ojos “thoreaudianos”. Atraído desde muy pequeño por la fotografía de aves, insectos y saltos de agua, ha sentido también esa inclinación natural por los espacios abiertos y poco transitados, allí donde la naturaleza parece que vive apartada de la mano –casi siempre, poco amiga– de los humanos, allí donde las estaciones convergen, unas en otras, como los pasos de un baile cadencioso, rumorosas. Donde podemos observar atónitos que la tierra no conoce sosiego ni descanso. Que es un constante latir, luchar, imponerse y perder. Que crece y se aplaca, toma fuerza y disminuye, en su ciclo constante de tensión y equilibrio. De comienzo y fin, en una circunvolución infinita. De caos y desorden. De entropía.
Aquella tarde de noviembre salimos después de un buen aguacero. Las nubes azuladas se deslizaban con una brisa cortante y mostraban ya los bordes dorados por un sol rotundo que se abría paso en un cielo muy pálido poniendo fin a la borrasca. Aparcamos el coche bajo unos pinos y sus agujas destilaban aún las gotas de la lluvia recién caída, como cristales verdes. El olor fue la primera sensación que pude percibir: pinos, eucaliptos, retama, y un punzante aroma, que al principio no fui capaz de identificar, a tomillo. Grandes matorrales de tomillo y jara nos flanqueaban en una pequeña subida pedregosa y resbaladiza.
La sierra de San Cristóbal –cuyos primeros indicios datan de la Edad del Cobre-, está situada en un enclave privilegiado entre el Puerto de Santa María y Jerez de la Frontera. Perteneció al poblado fenicio de la Torre de Doña Blanca y fue objeto de una gran explotación entre los siglos XV y XVIII, cuando se construyeron los principales edificios de las poblaciones cercanas, al ser una cantera de grandes proporciones de la que se extraían grandes bloques de arenisca calcárea. Estos cantos gigantes eran transportados en carretas de mulas por un terreno escarpado hasta el embarcadero de El Portal, donde se embarcaban en navíos con destino a la vecina Sevilla, que también se servía de este preciado material para la construcción de sus edificios.
Por tanto, paseábamos sobre un sendero que albergaba bajo el aromático bosque mediterráneo, cuevas milenarias y misterios antiguos, incluso un polvorín y un gran depósito de agua, aunque lo más llamativo de su historia es que en sus estribaciones, próximas al yacimiento arqueológico de Doña Blanca, se encuentra la que es considerada la bodega más antigua de Occidente, con más de 2.000 de antigüedad.
Al margen de todos estos datos históricos, esta coqueta sierra me abrió los brazos en el instante mismo en que la pisé por primera vez. Ignacio iba unos pasos adelantado, mostrándome el camino que poco a poco se iba desplegando ante mis ojos, y se apoderó de mí un sentimiento de soledad acogedora y tibia, casi palpable, mientras acariciaba la luz en los troncos mojados de los árboles y sentía en el pecho el trinar de los pájaros en las copas abigarradas de los eucaliptos, como si cantaran dentro de mi cuerpo y no fuera. No era aquella una soledad opresiva y opaca, sino todo lo contrario, una soledad luminosa que se abría y me mostraba lo infinito.
Mi caja torácica se agrandaba a cada paso, respirando un temblor abierto en lo profundo, una vibración en las arterias que iba de mis pies hasta el cabello, erizándome la piel de la nuca y sumiéndome en un estado casi erótico.
No sé cuánto tiempo caminamos entre los pinares. Cuántas subidas y bajadas sorteando las piedras. La brisa me azotaba la cara y con las manos agarraba fuertemente el forro de los bolsillos del chubasquero para no tiritar de frío. Ignacio estaba parado frente a un viejo eucalipto, con su cámara en la mano, intentando captar a un pequeño cárabo camuflado entre sus ramas que mi pobre vista no lograba enfocar.
Flotábamos sin ser conscientes en la luz de la tarde, madre e hijo, en una sintonía perfecta que no necesitaba ni una sola palabra para expresarse. Junto a los insectos y las aves, bajo los árboles centenarios, entre las zarzas y algunas tímidas flores escondidas entre los setos espinosos e inaccesibles; éramos un todo con aquel retazo de naturaleza salvaje y, al mismo, tiempo, no éramos más que dos pequeñas motas de polvo a punto de ser engullidas por la oscuridad.
El sol se iba poniendo con premura y apretamos el paso, eufóricos. Riendo agradecidos por el paseo, mientras bajábamos –yo más bien avanzaba a resbalones- casi en una carrera contra lo oscuro, hasta donde teníamos el coche.
De esa primera visita han pasado ya algunos años, aunque atesoramos su recuerdo como se hace con todas las primeras veces. Un par de tardes al mes, subo a la sierra, sola o acompañada, buscando esa burbuja de aire puro despegada del tiempo, esa esquirla verde en medio del cemento de la cuidad, ese espacio sagrado donde, a veces, la niebla se entretiene y lo vuelve, además, mágico. Buscando la compañía dócil de la primavera cuando su luz lo baña todo en oro nuevo y lo convierte en una joya; o el viento de levante cuando enloquece en verano y enreda las retamas y lo desordena todo, silbando poderoso entre los altos pinos.
Un poema de José Manuel Benítez Ariza me viene a la memoria de vuelta a la ciudad:
Buitre
Desde aquí arriba
todo tiene sentido.
En la trama armoniosa del paisaje
la muerte es solo alguna
mancha que eliminar.
Y éste es nuestro minuto de grandeza:
detenerse en lo alto y extender
una mirada compasiva
sobre los seres que se mueven solo
un corto trecho antes de amagar,
tendidos a la orilla de un arroyo
o a la sombra de un árbol, la figura
de su inmovilidad definitiva,
de su modo de hacerse piedra o sombra.
El tiempo
-quiero decir, nosotros-
acude entonces a borrar la mancha.
| Lecturas recomendadas: Benítez Ariza, J.M. Arabesco. Renacimiento. Sevilla, 2018. Thoreau, H. D. Un paseo invernal. Errata Nature. Madrid, 2014. |




