Agotado en sí mismo: Torrente Ballester en sus empeños menores y mayores

Torrente Ballester –lo leo en sus Cuadernos de la Romana– después de visitar a Cela: “Me alegro de que un escritor español pueda vivir así”. Se refiere a la lujosa residencia mallorquina de su anfitrión y al despliegue de riqueza material que el visitante no pudo evitar constatar. Pero lo que verdaderamente llama la atención del comentario es su llaneza: otro hubieran ironizado con más o menos mala baba sobre la habilidad del autor de La colmena para procurarse ese nivel de vida. Lo que dice mucho a favor de la bonhomía de Torrente y, por contraste, sobre la clase de tejido humano del que está hecho el medio literario en general.

También en esos Cuadernos y a propósito de esa misma estancia mallorquina: dos jóvenes poetas locales acuden a entrevistar a Torrente y lo someten a una especie de tercer grado sobre su pasado político. “¿Por qué se afilió a Falange?”. “Porque había que sobrevivir”, espeta el gallego con desusada franqueza. Y añade, quizá para poner a prueba la capacidad de encaje de sus entrevistadores: “Y porque ofrecía un programa social esperanzador”; lo que quizá no haya que entender como una reafirmación de su, por otra parte, bien conocida adscripción ideológica durante la guerra y la inmediata posguerra, sino más bien como una soterrada ironía hacia el oficioso izquierdismo de sus entusiastas entrevistadores, al que posiblemente el viejo y desengañado escritor consideraría tan cargado de engañosas esperanzas como el ideario al que se acogió en su juventud y del que ya se había públicamente distanciado.

Y así va uno abriéndose paso por los dos apretados tomos de estos Cuadernos de la Romana. Como es un diario destinado a ser publicado en un periódico conforme va siendo escrito, no puede uno evitar confrontarlo con sus propias aprensiones respecto al género diarístico en general: la necesidad, por ejemplo, de que el diarista encuentre un tono medio que permita la expresión de un cierto grado de intimidad sin incurrir en el exhibicionismo o la mera indiscreción. En ese aspecto, incluso se diría que el “diario abierto” de Torrente se atreve con cuestiones casi de intendencia: por ejemplo, sus referencias casi diarias a sus clases en el instituto, a sus alumnos, a las rutinas burocráticas asociadas a la enseñanza. Hoy día es más que probable que esa calderilla de la actualidad quedara relegada a foros de alcance más inmediato y a la postre mucho menos comprometedores que un diario reposado y a la larga destinado a la publicación: desahogos de un escritor ante su clientela en los mentideros de Facebook o Instagram.

Más allá, no obstante, de esos desahogos profesionales y de algún que otro lamento gremial, lo que realmente interesa de este diario es el preciso autorretrato que ofrece de un escritor maduro que ha alcanzado el reconocimiento de la crítica e incluso de sus colegas y competidores, pero no exactamente la fama, ni mucho menos la popularidad o la riqueza. Sus propios alumnos le preguntan por qué no aparece en los manuales, a lo que modestamente responde que quizá él no es de “los importantes” y que quizá los que sí aparecen en el libro de texto –que adivino que debe de ser alguno de los excelentes manuales que redactó Vicente Lázaro Carreter, tan populares entonces– sean mejores… En realidad, piensa uno, el mero hecho de que un autor con semejante trayectoria y prestigio esté todavía dando clases en un instituto de enseñanza media a sus sesenta y tres años de edad resulta ya elocuente al respecto. Uno de los temas de fondo de este diario es una especie de sentimiento de desubicación, que no se refiere solamente a la posible insuficiencia del reconocimiento alcanzado, sino también a la sensación de ser un hombre de otro tiempo, incapaz de asimilar las novedades intelectuales del momento –en lingüística, por ejemplo–; y también al balance que hace de su generación, la de los nacidos entre 1905 y 1920, que él ve dispersa y dividida y apenas bendecida por el don de la amistad del que hacían gala los supervivientes del 27, por ejemplo.

Gonzalo Torrente Ballester.

No es que se trate de un hombre amargado: se lo impiden su curiosidad casi universal, su disfrute del trato de los allegados y su rigurosa autoexigencia, más propia de un principiante ambicioso que de un consagrado. Pero sí es un hombre discretamente pesimista, que no se engaña sobre el signo de los tiempos, que es el de la liquidación del pasado. En ese sentido, en más de una ocasión ironiza amablemente sobre las ínfulas destructivas de los jóvenes que se proclaman “revolucionarios” y sobre el hecho mismo de que los encuadrados en esa franja del espectro ideológico se crean depositarios de la superioridad moral. Torrente, como solía ocurrirles a muchos otros supervivientes de otros tiempos –pienso en nuestro Fernando Quiñones, por ejemplo– no se atreve a contradecirlos, mucho menos a rebatirlos. Pero sí marca distancias y aprovecha alguna que otra ocasión inocua –por ejemplo, al comentar el estreno de Anillos para una dama de Antonio Gala– para proclamarse “liberal” e inclinado a preferir la razón particular del individuo a las grandes razones colectivas.

Y todo esto se va filtrando a lo largo de una minuciosa crónica del acontecer diario en la que se suceden las clases, algún viaje con pretexto literario, las rutinas hogareñas, las lecturas y el encogimiento de corazón ante las inquietantes noticias que llegan del Oriente Medio o de la ya inminente “crisis del petróleo” que terminaría con muchas de las seguridades que Occidente tenía respecto a lo irreversible de su prosperidad o de sus logros sociales.

Se leen estos diarios con desazón, con la incomodidad que provoca asomarse un tanto inopinadamente a lo que parece el relato de una atareada rutina que apenas acaba de encubrir un sentimiento palpable de desubicación e incluso de fracaso. Nadie diría que quien los suscribe fue un escritor de renombre. Pero el caso es que quien firma esas páginas más o menos ocasionales había dado a la imprenta apenas unos años antes una de las novelas españolas más ambiciosas, si no la que más, de la segunda mitad del siglo XX: me refiero a La saga/fuga de J.B. Casi 700 páginas de apretada prosa… sin puntos y aparte, que dejan al lector entre agotado y confuso, cuando no sinceramente escéptico respecto a la efectividad de éste y otros alardes, al parecer destinados –en eso sí coincidió la práctica totalidad de la crítica– a poner en solfa las presuntas innovaciones de las que hacían gala las novelas de éxito de entonces, y muy particularmente las del llamado “boom” de la novelística hispanoamericana.

Pero la verdad es que la imaginación de Torrente, pese a la incorporación a su novela de algún que otro portento telúrico, tiene poco que ver con la de García Márquez, por ejemplo, y ello pese a los muchos paralelismos y coincidencias que sus lectores de entonces quisieron encontrar entre La saga/fuga… y Cien años de soledad. El modelo, en caso de haberlo, es más fácil situarlo en ciertas manifestaciones de la novela inglesa entonces reciente: por ejemplo, Orlando de Virginia Woolf, por el recurso argumental a una especie de bienhumorada puesta al día de la teoría de la metempsicosis, que es lo que explica que los sucesivos personajes que responden a las iniciales J.B., desde el presunto narrador más identificable, José Bastida, hasta toda una serie de personajes que se remontan a las guerras napoleónicas –como un tal almirante Ballantyine, por ejemplo, de origen irlandés, que lucha a favor del bando hispano-francés– tengan biografías paralelas y estén sometidos a ciertas recurrentes determinaciones del destino.

Pesa algo también sobre la novela la convicción joyceana de que los mitos son meras proyecciones arquetípicas de las realidades humanas más elementales, como pone de manifiesto que los sucesivos JB, siempre un tanto rebeldes y anticonvencionales, se vean recurrentemente implicados en una especie de enfrentamiento ritual con un representante de la reacción, encarnado en un sacerdote cuyo nombre invariablemente empieza por A (Acisclo, Amerio, etcétera), y que en el trasfondo de esa lucha comparezca siempre una mujer que para los primeros es objeto de deseo y para los otros anatema… Algún lector de estas notas se estará preguntando si todo esto no es demasiado simple; y mi primer impulso sería responder que sí, que Torrente se dota de tan poderosas alas imaginativas para, a la postre, acabar enfangado en los predios más frecuentados por la novela española de siempre: el “tema de España”, el enfrentamiento entre progreso y tradición y entre libertad y represión, etcétera. Pero limitarse a formular esa acusación sería olvidar que la novela está admirablemente construida y, en buena parte de su larga andadura, es capaz de crear en el lector la necesaria suspensión de la incredulidad y de interesarlo en el enrevesado destino de su personaje múltiple –los sucesivos JB– y sus necesarios coadyuvantes, para acabar simpatizando con quien, a la postre, se revela como el principal y puede que único verdadero protagonista, el desmedrado José Bastida, represaliado político tras la guerra civil, deforme y feo, y también pobre de solemnidad, que dedica sus ocios a la vana erudición –de él proceden los datos “históricos” que vamos conociendo de los sucesivos JB– y a la escritura, tanto de poesía –para la que emplea un lenguaje propio, de su invención– como, sospechamos, de la propia novela que estamos leyendo.

Estatua de Gonzalo Torrente Ballester en Ferrol (A Coruña.)

Una interpretación plausible de la misma es la que considera que todo lo que cuentan estas 700 páginas no es sino lo que comparece en la imaginación de Bastida mientras espera consumar un deseado y aplazado encuentro sexual con la mujer que, en su caso, representa el objeto de deseo al que sucumben sucesivamente todos los JB. Es sabido que el lector encuentra satisfacción en el logro de poder reducir a estructuras comprensibles lo que el autor le presenta en toda la endiablada complejidad de la que ha sido capaz. La lectura de La saga/fuga… sugiere más de una gratificación de este tipo, y, en ese sentido, remunera con generosidad el esfuerzo del lector, que lo mismo queda atrapado por determinadas derivas melodramáticas del argumento que por la apelación del autor a su complicidad a la hora de no tomarse demasiado en serio nada de lo que se está contando. Pero también es posible, en fin, que el lector pueda acabar cansado de estas confianzas y se pregunte por qué un novelista tan competente no termina de entregarse a su historia sin más, sin interponer tantos falsos biombos y espejos entre su imaginación y la plasmación de lo imaginado.

Sin renunciar a la parodia y a la ironía, por ejemplo, Joyce sí logró convencer a sus sucesivas generaciones de lectores de que el monumental esfuerzo que suponía Ulises era algo más que una burla; y, en cambio, fracasó en transmitir lo propio a propósito de Finnegans Wake. Torrente se queda a medio camino –no en dificultad, desde luego: su novela tiene una andadura mucho más tradicional que las dos de Joyce–, lo que pone al lector en la tesitura de preguntarse hacia qué vertiente desea decantar su juicio: hacia la aceptación de un complejo argumento con implicaciones sociales e históricas que invitan a la reflexión, o a la asunción de una monumental broma. Yo ahora mismo me declaro incapaz de inclinarme hacia una u otra opción.

Lo que nos trae de nuevo a los Cuadernos de la Romana. Conmueve, por contraste con la complejidad de La saga/fuga de JB, la absoluta falta de pretensiones con la que este autor que ya sabemos que no carecía de ambiciones encara su diario. Véase, por ejemplo, la reflexión que hace al cumplirse un año del inicio de su publicación seriada en el periódico Informaciones: “Un diario… no es más que una serie de artículos, largos o cortos, que se publican juntos porque hace, tipográficamente, más bonito”. Más que artículos cumplidos, quizá, diría uno que cada apunte de un diario de esta clase es el germen de un artículo convencional que no llega a escribirse porque se queda en eso, en mera posibilidad, y porque no hay ganas ni ocasión de ir más allá. Un diario, le ha quedado por decir al admirable escritor gallego, es testimonio siempre de una actitud perezosa: se deja constancia de que no le faltan a uno ideas, por nimias que éstas sean, y que de lo que sí anda escaso es de ganas para llevarlas a su plenitud, ya sea como semillas de artículos o de narraciones o incluso de poemas. Tal es la impresión que deja este fruto más bien tardío del enorme empeño literario que había mantenido ocupado al autor a lo largo de casi medio siglo: la pereza que sigue a un cansancio más que justificado.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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