‘Dos novelas de la transición’ o como ejercer la absoluta libertad creativa para hablar de lo de siempre: el amor

Dos novelas de la transición. El grito (1979) y El corazón del lobo. Ediciones Contrabando. Valencia, 2023. 282 pp.

El grito (1979) y El corazón del lobo (1982) son las dos novelas de Rafael Soler que Ediciones Contrabando recupera en el volumen Dos novelas de la transición publicado en 2023, dos décadas después de que vieran la luz por primera vez.

Leer a Rafael Soler es una aventura de la que sabes que saldrás con la sensación de haber leído algo que desafía tu concepto de la narrativa tradicional. No tanto por la temática que aborda sino por la forma en la que lo hace. Si tuviera que compararlo con la pintura diría que Soler es a la narrativa lo que Picasso al Cubismo. Así como el pintor malagueño rompió con las leyes de la perspectiva clásica y descompuso los objetos en estructuras geométricas, el escritor valenciano retuerce las leyes de la sintaxis, altera el orden del relato realizando una doble pirueta y salto mortal con las palabras para ponerlas al servicio de una forma de escribir osada, libre y fascinante que desafía a quien se acerca a sus páginas.

Cuando leí el título del libro, imaginé que la temática de las dos novelas que lo componen tendría un trasfondo político. Leyendo el magnífico prólogo de Elvire Gómez-Vidal Bernard comprendí que mi apreciación era errónea, aunque no del todo. Efectivamente, no se trata de dos novelas políticas, pero al tratar de las relaciones amorosas en la España de la transición, de algún modo habla de política porque en ese tiempo, como nunca, la política marcó nuestra vida, nuestros usos amorosos, nuestras costumbres, los conceptos de fidelidad y de unión conyugal para toda la vida, nuestra forma de concebir el sexo, todo lo que el franquismo nos grabó a fuego como verdades inmutables y que, por fortuna, saltaron por los aires al grito de libertad. En un tiempo en el que todo estaba por hacer, las relaciones amorosas también lo estuvieron.

Construidas ambas novelas  mediante la atenta observación de unos personajes complejos enfrentados a unas situaciones simples (el amor y el desamor), pero no por ello sencillas de afrontar, Soler alterna párrafos de flujo de conciencia entrelazados entre los personajes, conversaciones cruzadas, frases largas a las que siguen otras breves y descriptivas en las que rompe con las reglas de puntuación; utiliza recursos cinematográficos (Asalto al tren correo, Tarzán son dos de ellas) y del comic, retrocesos en el tiempo y en el espacio, cambios de puntos de vista y de narradores y diálogos que ofrecen una perspectiva multifocal de una historia en la que todos los personajes están interconectados en un relato polifónico construido mediante una estructura complicadísima que, sin embargo, no debe desalentar al lector porque su autor siempre lo conduce por el camino recto, y todo ello gracias a una mezcla magistral de humor, drama, ironía y lamento que no da tregua durante su lectura y, por eso mismo, no puedes dejar de leer.

La primera novela, El grito, es una sublime historia de amor y desamor, de sufrimientos y de secretos familiares en la que Soler nos invita a compartir el pesar de Teo, un tipo que sueña con escribir una novela sobre Tarzán mientras se gana la vida como periodista. Así, el grito de este personaje mítico en la memoria de quienes ya peinamos canas está presente en el relato a través del recuerdo de la madre de Teo, la que trata de salvarlo de una verdad que le desgració la vida para siempre: «Padre no bebía». «Tu padre no se suicidó». Una verdad que no permanece oculta mucho tiempo: padre sí bebía, padre condujo ebrio, padre dejó inválida a su mujer, padre se suicidó incapaz de soportar el remordimiento…

De esta forma, toda la novela es un grito desesperado del protagonista mientras bracea sobre la superficie de una vida construida sobre una mentira que acaba ahogando su propia relación con Carmen, con la que inició una vida llena de proyectos: «Érase una pareja que se quería mucho, muchísimo y descubrieron que juntos eran como mejor estaban y que entonces hasta la lluvia dejaba de existir […] en su casita nueva donde vivirían muchos años con la misma ilusión y con muchos libros que él escribiría y muchas flores que ella pondría en la ventana […] Y entonces vino la vida y se los comió». Hasta que todo salta por los aires: «Qué duro fue inventar un día nuevo, levantarse sin ti, y aceptar que no vendrías a comer, ni a cenar, que depilaría mis piernas en vano pues pronto volverían a poblarse de silencios, huérfanas, abandonadas como yo a una suerte áspera y desconocida».

Y en medio del tsunami emocional del protagonista, el nacimiento de David (personaje que te araña las tripas con su grito desgarrador, incapaz de hacer otra, cosa víctima de una patología que, solo al final  —en la ponencia que elabora Teo para el I Simposium Internacional sobre el Autismo—, sabemos de qué se trata), narrado en el capítulo: “REFERENCIA Nº 5. A MARÍA DEL CARMEN BELLIDO CAPARRÓS SU HIJO SE LE ANTOJA NACIDO PARA EL SUFRIMIENTO, Y LE ACUNA CON EXQUISITAS Y CUIDADAS ATENCIONES), acaba terminando de arrasar el fuego de la juventud que, sin embargo, aún crepita cuando Teo y Carmen se encuentran en el mismo restaurante en el que celebraban la Nochevieja, para repetir un rito que los consume: «Tanto tiempo Carmen para coincidir aquí por unas horas, un ratito de noche y dos botellas de champan, y un abrazo también si nos deja el recuerdo».  

Pero la novela El grito no es solo la historia de Teo, de Carmen, de David y de los sueños que se hacen triza y nos rompen en su caída; también puede ser la historia que Teo acaba escribiendo y cuyo final nos ofrece Soler en su REFERENCIA Nº 8 DONDE SE NARRAN DOS FINALES DIFERENTES PARA MEJOR SOSIEGO DEL LECTOR, en la que «Tarzán pasó como a cincuenta varas de la tragedia que se estaba desarrollando en el calvero, y la ocasión desapareció para no volver».

Rafael Soler (Foto: Wikipedia)

Por su parte, El corazón del lobo también es una historia de amor, del amor de Ana traicionado por Alberto que, a pesar de liarse con Fanny, jovencita que busca un marido exitoso y con dinero, no pierde la esperanza de hacerse perdonar por su exmujer. Esperanza que se ve truncada cuando Ana se lía con Alfonso, al que toma como una especie de confidente, a pesar de seguir enamorada de Alberto y aun cuando sabe que su amor está roto desde hace mucho: «Y me llamas amor y dónde está el amor que no tenemos, acuérdate, adultos silenciosos que comparten un mercado, la escasa razón de un comedor, ese tramo de lecho que, a veces, resucita […] Así que ya lo sabes, me arrepiento. Debí romper tu alma de bribón. Cogerte la solapa fraudulente, infiel como ninguna. Pero callé, tonta de mí y los años se enredaron…».  Y así, por efecto del amor, Ana se va dejando empapar por la confortable y destructora cotidianidad que la aleja de todo lo que hubiera querido ser en la vida: profesora, independiente, feliz… y no lo que es: ama de casa, dependiente de su ex marido del que, a pesar de todo, quisiera oír algo como «perdona, Ana, una estupidez, vámonos a casa y nunca más […] Fui un estúpido. Soy un estúpido. Te quiero. Tengo cáncer, he pegado fuego a este hotel de mierda, anoche asesiné al jovencito marengo que salió contigo…».

Y en el epicentro de la trama, el encuentro de los ex en un hotel de Mallorca: Alberto acompañado por Fanny —«y entonces un cachetito a la tonta de Fanny y, hala, a descansar, que eso te lo has creído tú y ya me dijo Luisa que cuidado, cuidadito con dar facilidades…»— y Ana, por Alfonso y su magnífico velero. Un encuentro forzado —«…para eso vinimos a Menorca, por la bruja que estaba con tu amigo»—, del que ninguno saldrá indemne, y el que menos, el amor (recréense en cómo describe el autor en la página 99 la muerte por inanición del amor, de la intimidad, de la seducción: «…y entonces apagarán la luz y cerrarán la puerta, y se dejarán roncar y hacer de vientre limpiándose los mocos e la vida, y se mirarán sin hablar de casi nada, el periódico, un cine, del brazo por la calle buscando un rincón para morir». Magistral).

Hay mucha literatura que habla del amor y de cómo enfrentamos su pérdida (curiosamente, los protagonistas masculinos de las dos novelas se vuelcan en la creación —la literaria, Teo, y la pictórica, Alberto— para superarla), pero no tantas que hablen del sagrado rito del amor con esta amplitud de miras, con esta forma de entrar en el corazón de los protagonistas y bucear en sus pulsiones, sus dolores, sus anhelos y frustraciones. Soler es, sin lugar a duda, un hábil cirujano que disecciona los sentimientos desde un conocimiento profundo del ser humano y un experto prestidigitador que, con sus trucos narrativos, es capaz de hechizarnos página tras página. Y estas dos novelas, dos tratados del sagrado rito del amor y de las consecuencias de su pérdida. Dos experiencias transgresoras que no se pueden perder.

Autor

  • Alicia Domínguez

    Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. 'Autora de 'El Verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores, 2005), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust, 2015), 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Ed. Proust, 2018), 'La culpa la tuvo Eva' (Ed. Olé libros, 2020), 'Memorial a Ellas. Que su luz no se apague' (Olé libros, 2022), 'La ecuación de Dirac y De memoria, perdón y otros conjuros', de próxima publicación, así como coautora de '65 Salvocheas' (Quorum Editores, 2011) y 'El libro del mal amor. Caigo y renazco' (La Quinta Rosa Editorial, 2021). Articulista en el periódico 'La Voz del Sur' y en el 'Grupo Editorial Prensa Ibérica' con la columna ‘El oso cavernario’ y colaboradora habitual de las revistas literarias '142' y 'CaoCultura'.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *