Mi bibliopatía: un corte de mangas a la finitud

Suele ocurrirme en las librerías demasiado grandes o demasiado atestadas de mercancía: cada vez más me retraen. Hace algún tiempo que decidí no entrar en ellas. Es el caso de una de viejo, situada en una ciudad cercana al pueblo donde vivo. Podría denominarse zaquizamí, si no fuera porque es un tugurio laberíntico donde las pilas de libros hacen las veces de tabiques o se confunden con estos, recubiertos de estanterías hasta el mismísimo techo. En sus baldas, la mercancía se aprieta compacta y  resiste al esfuerzo de los dedos para desocupar su lugar en las hileras verticales con sus lomos de colores más o menos desvaídos por el tiempo. Un tugurio, por lo demás sin ningún respiradero, si se exceptúa la puerta de entrada al establecimiento, cuya escasa anchura se estrecha más aún por las columnas de papel que la flanquean.

La covacha ocupa un ángulo interior de una pequeña plazuela. A un lado se encuentra un escaparate vertical como la luna de un ropero, tras el que se adivinan a través de una turbia capa de polvo los rimeros de libros y se refleja, superponiéndose a esa visión borrosa del caos, el reflejo de un espectro, uno mismo, en postura escrutadora, como si quisiera adivinar qué hay más allá del azogue de un espejo. En ángulo con el escaparate, en una estrecha fachada, está la puerta del local por cuyo hueco, permanentemente abierto, puede apreciarse lo que antes fue un mostrador y hoy se halla sepultado por  estratificaciones geológicas de volúmenes. Una mesita con libros baratos sirve de señuelo al paseante incauto y un timbrazo alerta de la presencia de quien se acerque, a la vez que lo pone en actitud de huida pues su excesiva anticipación produce un indefectible sobresalto. Al instante una voz cavernosa de barítono precede la aparición del dueño, un tipo delgado y calvo de luenga barba rala y pelirroja, una especie de Fagin, el personaje de perfil hebraico del Oliver Twist de Charles Dickens, y te pregunta con un engolamiento envolvente como tela de araña “¿qué desea el caballero?”, como si a estos establecimiento uno acudiese no a ver qué le depara el azar y a dejarse sorprender sino en busca de algo concreto. Es probable que quedes atrapado  como una vulgar mosca en los tentáculos del hombre araña, si no has sido más rápido, dando varios pasos atrás y emprendido una disimulada huida.

Una vez en el interior del local, sacar un libro de su lugar para hojearlo es una operación tan delicada como extraer una carta de un castillo de naipes sin que se derrumbe. El efecto dominó puede tener resultados catastróficos. Consultar los títulos dispuestos al azar en las ringleras y columnas apelmazadas donde se disponen los volúmenes constituye un tortuoso ejercicio de contorsionismo. Has de mantener el cuello torcido durante demasiado tiempo para poder leerlos, doblándolo ora a la izquierda ora a la derecha, agachándote o empinándote sobre las puntas de los pies.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Penetrar en este laberinto de papel te expone a quedar sepultado por el derrumbe de una de sus innúmeras columnas sostenidas en equilibrio inestable. Para que esto suceda bien pudiera bastar un más que probable estornudo ante la capa de polvo que todo lo cubre o el olor metamórfico y cosquilleante del papel en proceso de fermentación, como si en vez de en una librería hubieras penetrado, obligadamente de perfil, en un cementerio de libros, en su pudridero.

Además, en este laberinto tétrico la mercancía es cara. En una ocasión en la que uno andaba huroneando y sacudiendo la mugre de unos volúmenes más o menos averiados, escuché a esa especie de Fagin de voz tonante decir a un cliente, que intentaba colocarle un lote de libros viejos: «Caballero, en este establecimiento no compramos, pero aceptamos donativos». Ya digo, un lugar condenado a convertirse en pudridero, donde para colmo recibes el tratamiento de “caballero”, tan frecuente en estos tiempos y que en mí tiene un efecto ahuyentador porque me parece percibir en su uso una confusión entre las auténticas buenas maneras, más sencillas y menos pomposas, y la adulación forzada.

Asocio, pues, mi retraimiento a entrar en estas librerías (de viejo o nuevas) abarrotadas y excesivas a una aguda y repentina conciencia de mis límites mortales. Cuando esto ocurre se inhibe mi deseo compulsivo de adquirir más y más libros y me invade un hastío anticipado que me lleva a seguir el aforismo de Juan Ramón Jiménez, que tanto repiten algunos bibliómanos irredentos propensos al sentimiento de culpa: “libro que no has de leer déjalo correr”, aunque luego al hastío le suceda inevitable la melancolía.

A veces presiento que el hastío, que se interpone como una barrera infranqueable ante el espectáculo de la abundancia y sus múltiples tentaciones, es una variante agazapada de la angustia. Atribuyo mi malestar en estos casos a un estado de ánimo predominante inclinado a un ansia devoradora de lectura y a la melancolía ante la imposibilidad de saciar mis deseos en su desmesurada extensión abarcadora.

No sé si por suerte o por desgracia, en muchas, demasiadas ocasiones, otras veces me dejo arrastrar en mi relación con los libros por la sed de posesión como si la inmortalidad fuera posible. Ceder a mis impulsos no lo percibo entonces como una forma sucumbir a unos deseos locos, sino como a una apuesta por la vida, como un corte de mangas a su finitud. Me dejo llevar por la ingenua ilusión que alienta en las ganas de vivir a la par que las aviva. Y persisto en “mi bibliopatía” y la siento como un síntoma de salud vital, aunque en el fondo no sea sino una persistencia desesperada en la infancia o una forma de locura compensatoria e inofensiva que contribuye a que el mundo siga girando y uno dentro de él.

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