Sobre un poema de Joan Vinyoli
Encuentro en el puesto del señor Juan en los Encantes un volumen cuyo valor es superior al precio al que lo vende. Aunque ya lo tenga, lo compro para regalárselo a algún amigo. Es un libro de poemas que publicó Joan Vinyoli en 1975. Su título: Ara que és tard (Ahora que es tarde). Lo conozco bien, apareció en uno de los momentos más complejos de la vida del poeta, con una situación laboral penosa y una salud incierta, ante un reconocimiento literario con muchas sombras y una inseguridad en su escritura que le había conducido a un golpe de timón, el que arranca en este libro, camino de la genialidad poética que culminaría en la década incompleta que aún le quedaba por vivir.
Entro a tomar un café en el museo del diseño y al ojear los libros encontrados no consigo reprimir el gesto de abrirlo por la mitad para leer el poema que en este momento me brinde el azar. Que elige para mí el impreso en la página 21. Sé con tanta rotundidad que es este porque la anterior está en blanco en una edición que solo inicia texto en páginas impares, como hacen los editores cuidadosos. Se titula «Ombres mòvils», y en el pensamiento lo traduzco como «Sombras dinámicas». La lectura de repente y por sorpresa me retorna, como quien sube a un tren bala hacia el lugar donde vivió, a mis quince años en 1975: «Los signos / son favorables: dinámicas sombras / de jóvenes que juegan a pelota»… Yo soy uno de esos niños que juegan en el poema y que entonces lo hacían en un descampado —propicio para simular un campo de fútbol— en la plaza Joaquim Pena de Barcelona. Un rectángulo de arena y guijarros que ocupaba la extensión de dos manzanas de casas donde por alguna razón incógnita nadie había construido ni tampoco urbanizado. Mi colegio está a dos calles y el lugar resulta ideal para los partidos que se organizan entre muchachos del barrio. La de tardes que he pasado en esa plaza persiguiendo una pelota como quien rastrea una quimera. En la parte inferior —la plaza tenía un ligero desnivel (las dos partes que tienen los partidos equilibra la ventaja del equipo que ataca cuesta abajo)— había un bar, que casi hace esquina con la calle donde Vinyoli vivía y que el poeta frecuentaba. Él aparece autorretratado en el poema a continuación: «juegan… / … a contraluz, frente a nosotros / en la terraza».
El poema es como un breve apunte a lápiz sobre la página en blanco de un cuaderno, los trazos ágiles de un dibujo y la rúbrica de una idea. La idea es el cierre: «Ellos son. / Nosotros miramos. Así / todo en orden en el crepúsculo». El día que escribió este poema yo debía de tener unos catorce años y Vinyoli sesenta. Ahora quien tiene sesenta y tantos —y al atardecer se sienta en un escalón de la entrada de su casa a ver jugar en otra plaza a otros niños que son los mismos niños— soy yo. Y es cierto lo que leo. Cuando se avecina el atardecer todo —esa sinrazón gratuita y volátil que rige los actos humanos— se observa en orden. Ya fui niño que jugaba y ahora pertenezco al «nosotros» que contemplamos. O como, más explícito, concluye el poema anterior, en la página 19: «Esperamos el hacha / del leñador, sin miedo».
«Ombres mòbils» de Joan Vinyoli. Traducción de José Ángel Cilleruelo.



