Paseo: un viaje en el tiempo

En las fechas en las que escribo este texto, mucha gente que conozco anda, si no escribiendo –no todo el mundo escribe, aunque parezca lo contrario–, sí al menos acumulando materiales –fotos, entradas, bibelots, incluso tiques y facturas– para lo que será la crónica oral o mental de sus viajes veraniegos, en muchos casos a lugares remotos. Uno también ha viajado algo este verano, un poco al tuntún, en las ocasiones en las que era posible encajar una escapada en algún hueco de un calendario demasiado pautado. Pero el viaje que más intensamente me ha ocupado en estas semanas apenas supone una distancia de algo más de un kilómetro: un trayecto que, a buen paso, se hace en apenas unos minutos, aunque a mí la ida y vuelta me suele llevar unas dos horas. Y quizá sea ese esponjamiento del tiempo lo que motiva que, a la vez que el cuerpo retarda el paso en razón de circunstancias de las que enseguida daré cuenta, la mente vaya incluso más allá y convierta este paseo en un recorrido de la memoria que abarca no ya un par de horas, sino más de medio siglo. En ese sentido, yo también he viajado este verano a lugares muy alejados: tanto como lo está el niño que fui hace cincuenta y tantos años del hombre que ahora teclea estas palabras.

Este paseo, decía, hay que hacerlo con paso retardado: el de un anciano que frisa los noventa. Para acompañarlo en sus caminatas vespertinas, acudo muchas tardes a su casa, que fue la mía hasta que la dejé a los veintipocos años, y lo animo a salir. Frente a la fachada norte del edificio, de cara a la mancha central de la bahía gaditana, se extiende el mencionado paseo de poco más de un kilómetro. El edificio en cuestión es muy alto, como todos los que se alinean con él en la misma acera: por eso, cuando declina el día, la sombra que proyectan sobre el paseo de enfrente es amplia y generosa y supone un inmediato alivio de las calores propias de la estación. Es entonces cuando los vecinos salen a pasear, y entre ellos el mencionado anciano y su ya no joven acompañante. El paseo, hasta ese momento prácticamente desierto, con la excepción de algún que otro heroico pescador de caña que lleva ahí todo el día, se ha ido llenando de gente. Como camino muy despacio y en silencio la mayor parte del tiempo, tengo amplia ocasión de fijarme en ellos. Hay muchos ancianos y ancianas, por supuesto, unos solos, otros acompañados de personas más jóvenes. También los hay que se sientan en grupo en alguno de los espaciados bancos. Todos se conocen; y, si no, terminan por conocerse en cuanto se cruzan unas cuantas veces en el mismo recorrido.

Pero no todos son ancianos. Entre los pescadores y pescadoras, por ejemplo, los hay también muy jóvenes, niños incluso. Pescar, lo que se dice pescar, pescan poco: una medallita –una mojarra pequeña, reluciente como una moneda de plata nueva– de vez en cuando, que en la mayoría de los casos es devuelta inmediatamente al agua. Aunque también hay alguna que otra captura digna de reseña: hace meses, he oído contar, un pescador capturó una mantarraya de tamaño considerable. Al sacarla del agua, notó que algo se agitaba y removía en el vientre del animal: estaba embarazada, es decir, llevaba dentro las crías, que todavía no había soltado. De inmediato el corro de curiosos que se congregó en torno al pescador le reclamó que la devolviera al agua en razón de su estado. El pescador no tuvo más remedio que atender esa petición de clemencia. Así, ya digo, me lo contaron. Aunque también, ahora que lo pienso, la referida anécdota constituye el meollo de un cuento que Fernando Quiñones nos leyó, a mi mujer y a mí, que vivíamos muy cerca de su casa, a los pocos minutos de haberlo pergeñado: le urgía, nos dijo, saber nuestra opinión. Sólo que, en ese cuento, el pez cartilaginoso en cuestión no era una raya, sino una cornúa, es decir, un pez martillo.

Palmeras. Dibujo de José Manuel Benítez Ariza.

También el anciano al que acompaña el autor de estas notas pescó en una ocasión una mantarraya, que llevó a casa –esta vez no hubo clemencia–, donde fue guisada “en amarillo” –por el color que esos guisos adquieren cuando se les añade un poco de azafrán o pimiento molido–, que es una de las maneras tradicionales de cocinar el pescado en Cádiz. Yo era entonces un niño de mal comer y supongo que no disfruté lo que seguramente fue un plato extraordinario. Y la verdad es que tampoco me gustaba pescar, por más que mi padre –que es ahora el anciano al que acompaño en sus paseos– intentaba transmitirme la afición. Para ello no teníamos más que, como ahora, bajar a la calle, cruzar la avenida y apoyar la caña en la barandilla de lo que ahora es un paseo pavimentado y arbolado y entonces no era más que una franja de tierra amarilla parcheada de hierbajos y con frecuencia encharcada y embarrada. Había, por supuesto, que adaptarse a las condiciones que imponía la marea: si estaba baja, al pie del cantil afloraban las rocas de una somera escollera, sobre las que pululaban los cangrejos, y entonces no se podía pescar desde la barandilla porque el aparejo no llegaba a aguas de suficiente profundidad. Una solución era pescar desde la propia escollera, lo que implicaba saltar la valla y usar las desigualdades del muro para descender el escaso par de metros que separaba las rocas del nivel de la calle; otra posibilidad era situarse en alguno de los dos espigones que, partiendo de ese muro, se adentraban en la bahía. Todavía hoy ignoro qué función servían. Uno creo que no era más que la cubierta de una madrona, es decir, de un tubo de aguas fecales que vertía directamente al mar, trazando una mancha marrón que sólo cuando la marea estaba muy alta se diluía un poco. El vertido atraía a las lisas, un pez omnívoro que llegaba a alcanzar un tamaño notable y ofrecía un rápido botín a quienes no tenían reparos en pescarlas en la boca misma de la madrona o sumergiéndose hasta la cintura en el vertido inmundo. Luego intentaban vender el pescado por las casas, pero creo, o quiero creer, que todo el mundo conocía su origen y nadie lo compraba, aunque era unánime la opinión de que, bien guisada, la lisa era un pescado muy sabroso y podía consumirse sin reparos cuando se tenía la certeza de que había sido capturada en esteros, y no en la boca de una cañería. En mi casa, en cualquier caso, nunca se tuvo esa garantía, ni siquiera cuando se veían lisas en el mercado, y por ello aún hoy no puedo dar fe de que efectivamente se trate de un pescado que merezca la pena comerse.

Contemplando el mar. Dibujo de J.M.B.A.

Ese espigón estaba casi justo enfrente de mi casa. Pero había otro, no asociado, que yo supiera, a ninguna cañería, hacia el final del paseo, cerca ya del muro que le ponía fin y tras el cual se extendían los astilleros. A diferencia del otro espigón, que era una especie de pasarela lisa, este era una mera acumulación de piedras desiguales, como en una escollera, por lo que alcanzar su extremo exigía ir saltando de una a otra con cuidado de no resbalar e inevitablente desollarse una pierna o un brazo contra la áspera superficie de esas rocas, siempre cubiertas de afilados restos de conchas de lapas y ostiones. A ese espigón “limpio” –es decir, no asociado a ningún vertido inmundo– sí bajé a pescar con mi padre en varias ocasiones, con el mismo resultado: aburrirme como una ostra, una más de las muchas que habían dejado sus restos calcáreos adheridos a las rocas. En todo caso, me gustaba ir hasta allí porque aquello ya pertenecía a una sección del paseo a la que normalmente no se me permitía acceder: mi límite estaba, cuando bajaba solo, en un hito intermedio que se conocía como la “Caseta de los Marineros”.

Hoy no queda ni rastro de ella, pero en mis paseos de ahora no me cuesta nada visualizarla mentalmente en el lugar de su ubicación, que viene a ser a la altura del bar-quiosco que cumple en la actualidad, para los paseantes, la misma función referencial de hito medianero. Lo peculiar de la Caseta, hoy desaparecida, es que estaba construida en el mar, a unos metros de la baranda, sostenida por pilones, y se llegaba a ella por una pasarela a la que se accedía por una portezuela abierta en la propia barandilla. Por ella veíamos a veces entrar a los presuntos marineros; que, para nuestra decepción, no vestían el uniforme blanco de paseo que uno asociaba a su condición, sino unos deslucidos monos grises. Qué hacían allí, en aquel edificio de dos pisos plantado en medio del mar, era para mí un misterio. En alguna indagación reciente, he leído que controlaban unas turbinas presuntamente situadas en el fondo de la bahía, en el canal por el que transitaban las embarcaciones de gran calado, y que servían para “desmagnetizar” los barcos de guerra que volvían a la cercana base naval de Puntales o a la Carraca; una operación que, por lo visto, hace a los barcos menos vulnerables a las minas y a los sistemas de guía de los torpedos. En la misma pesquisa me he informado de que esas instalaciones no existen ya y que los barcos de la marina española se “desmagnetizan” ahora en otra parte. La caseta, efectivamente, quedó abandonada en algún momento y pronto se convirtió en una carcasa vacía, que finalmente fue demolida cuando la destartalada franja de tierra junto a la bahía se convirtió en el paseo que es hoy. El espigón que había más allá, al que nosotros bajábamos a pescar, y que ahora hace de escollera en uno de los costados del nuevo puerto deportivo, supongo que tenía como función proteger la caseta de los embates de la marea.

Pescadores. Dibujo de J.M Benítez Ariza.

Además de los pescadores, el paseo acoge hoy a muchos deportistas. Quienes lo recorremos a obligado paso de tortuga los envidiamos a veces cuando nos sobrepasan y los vemos alejarse sin dignarse mirar atrás, como si el espectáculo que ofrecemos –el de las fases sucesivas de la vejez– fuera algo que prefirieran no ver. Correr, piensa uno, se ha convertido en una cosa complicada. No basta calzarse unas zapatillas y empezar a mover las piernas. Ve uno a los atletas magníficamente equipados, a veces con sofisticados aparatos de medición sujetos a su muñeca o su cintura, y vestidos con prendas de colores vivos y frescos que, en el caso de las mujeres, ignoro si por alguna razón que vaya más allá de la estética, son siempre ceñidas como una segunda piel e inducen en los paseantes viejos un sentimiento que no hay que confundir necesariamente con los anhelos del mirón o el rijoso, y se parece más bien a una cierta bienhumorada melancolía, la de quien recuerda con agrado mejores tiempos gozosamente vividos.

De niño, yo también utilizaba lo que entonces era un descampado como pista deportiva, en este caso para montar en bicicleta. Era también una cuestión complicada. Para empezar, como ya he dicho, mis padres no me permitían ir más allá de la Caseta, lo que teóricamente limitaba en gran medida mi campo de acción. Pero como no había posibilidad de ejercer un control efectivo al respecto, las más de las veces me saltaba la prohibición y pedaleaba hasta el lejano muro de los astilleros. Hay que decir que ese segundo tramo estaba incluso más descuidado que el anterior, por lo que había que andarse con cuidado para no meter la rueda en algún bache o tropezar con una piedra, lo que invariablemente se traducía en una caída. Fueron muchas las que acumulé, muchos los pantalones desgarrados sobre una rodilla desollada. Pero había una dificultad aun mayor. En aquella época existía un cuerpo municipal de guardajardines, una especie de serenos que patrullaban los parques y las zonas ajardinadas. El asignado a nuestra manzana me tenía enfilado y me había advertido ya en múltiples ocasiones que no estaba permitido ir en bicicleta por las aceras, lo que tiene sentido; pero lo que yo no entendía, o no me parecía lógico, es que esa limitación se extendiera también al descampado frontero. Aquello no era jardín ni acera, ni siquiera podía llamársele “paseo” todavía. Por ello, no era de prever que el guarda dejara su cómodo recorrido por las aceras ajardinadas para cruzar la avenida y adentrarse en ese territorio salvaje. Pero el caso es que, si me divisaba, invariablemente lo hacía. Y llegó el día en el que pasó de las advertencias a los hechos: me hizo parar, me pidió mi nombre y dirección y me dijo que acababa de ponerme una multa, seguramente la única de la que se tenía noticia que hubiera puesto un miembro de ese cuerpo más bien tomado un poco a rechifla. Volví a casa desolado, temiéndome una regañina. Pero, curiosamente, mi padre se mostró más enfadado con el guarda que conmigo. Salió a buscarlo, tuvo con él unas palabras acerbas, que no entendí, porque, por indicación de mi padre, me mantuve a cierta distancia. El caso es que el guarda no volvió a ocuparse de mí. En casa capté algún comentario oscuro referido a las razones por las que a ciertos adultos les da por acosar a los niños. No sé si querían decir que el guarda era de esa cuerda. También creo que sobrentendí una posible alternativa: que el susodicho se había fijado en mi madre y le divertía fastidiarla usándome a mí como medio.

Miro el actual paseo, relativamente pulcro, un tanto aburguesado y quizá ganado definitivamente, por el peso de la mayoría, para el sosiego y los ritmos pausados de los viejos. Pero cierro los ojos y me parece ver, oír, incluso oler, otra cosa. Al abrirlos de nuevo, ambas realidades se superponen, estoy aquí y allá, entonces y ahora. Llegué a este lugar con cinco años y viví en él hasta los veintitantos. Ha pasado medio siglo y ahora resulta casi imposible situar en el casi irreconocible escenario mis recuerdos de ese tiempo. Bueno, no del todo: basta recorrerlo despacio para que éstos tengan su ocasión de aflorar. Y entonces no transcurrimos por el espacio, sino por el tiempo.

Autor

  • José Manuel Benítez Ariza

    José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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