La vida inédita de José María Souvirón

La fortuna literaria, que es mudable, ha querido que el poeta, novelista y ensayista malagueño José María Souvirón (1904-1973) pasara de ser un autor de relativo éxito en su tiempo –obtuvo un Premio Nacional de Literatura en la modalidad de ensayo, consiguió que alguna de sus novelas fuera llevada al cine y conoció una razonable repercusión para sus libros de poesía– a caer, tras su muerte, en el más absoluto olvido durante casi medio siglo: lo demuestra el que ninguno de sus libros haya sido reeditado en ese periodo, como cualquiera puede comprobar si visita las no siempre piadosas sentinas de Iberlibro, donde sus obras se cotizan en general muy poco.

Esa situación –por otra parte, nada inhabitual– sólo se ha visto alterada recientemente por la publicación, entre 2018 y 2022, de toda una vertiente de su escritura que el autor ni siquiera tenía previsto dar a la imprenta, salvo bajo condiciones especiales que no llegó a concretar: nos referimos a los cinco tomos en los que finalmente ha visto la luz su Diario, transcripción de doce cuadernos manuscritos que abarcan las anotaciones del autor entre el 25 de septiembre de 1955 y el 25 de mayo de 1973, a tres meses de su fallecimiento. No es previsible que la edición de este Diario vaya a convertir a Souvirón en un autor tan conocido y apreciado como otros de su generación, que es la del 27; pero lo que está claro es que, al menos en los círculos en los que trascienden estas cosas, esta obra lo sitúa en la muy restringida nómina de diaristas españoles anteriores a la reciente eclosión de este género a partir de los años ochenta, y en la que figuran autores como, destacadamente, Carlos Edmundo de Ory –que comienza su diario en 1947– o el “raro” Juan Manuel Silvela Sangro –que escribe el suyo entre 1949 y 1958–, por citar sólo dos casos.

Nombro a estos autores porque, por comparación, sirven de referentes para situar el logro que supone el Diario del que ahora nos ocupamos. Como ocurre con el de Ory, la larga duración del de Souvirón lo convierte en una imprescindible fuente de datos para el estudio de la sociedad literaria de su tiempo; aunque, lógicamente, y considerando las muy distintas idiosincrasias de ambos autores, uno y otro se refieren a ello desde perspectivas totalmente opuestas: la del marginal –ma non troppo– en el caso de Ory; la del “integrado” –aunque tampoco en demasía– en el caso del malagueño. Respecto al de Silvela Sangro, la diferencia de perspectiva obedece a otras razones: la edad –Silvela es apenas un jovenzuelo principiante, frente al maduro Souvirón– e incluso las muy distintas circunstancias sociales y familiares: nada tiene que ver, por ejemplo, la crónica que Silvela Sangro hace de la muerte de Ortega, vista casi como un suceso de la crónica de sociedad, a cuyo reclamo acude la “gente bien”, que la que hace Souvirón, atento a las mezquinas maniobras de la censura franquista para oscurecer en lo posible la figura del filósofo no del todo bien avenido con el régimen.

Este último detalle puede servirnos para intentar definir el pensamiento y posición ideológica de Souvirón. Aquí lo más fácil sería tildarlo de reaccionario integral, sin más; lo que habría que matizar en función de su trayectoria y biografía. El propio diarista menciona sus iniciales  simpatías republicanas e incluso una cierta inclinación juvenil al anarquismo, pero también cómo esa filiación cambia por completo cuando, en Chile, y ya en los albores de la crisis de su matrimonio con una ciudadana de ese país, tiene noticia del alzamiento franquista y declara su simpatía por Falange, lo que le hace incluso volver fugazmente a España durante la guerra. Cabe incluso deducir una cierta relación de causa-efecto entre la situación personal del escritor y su evolución política: su “conversión” al catolicismo tradicional y al ideario político concomitante parece ir en paralelo a su creciente inadaptación al ambiente “decadente” que cree percibir en cierta burguesía chilena, al que achaca el extrañamiento de su mujer. Una posterior crisis cardíaca y la ruptura ya irreversible de su matrimonio lo llevan a volver definitivamente a España en 1953, donde residirá en el Colegio Mayor Jiménez de Cisneros, en Madrid –en el edificio que fue la sede de la Residencia de Estudiantes en época republicana– y trabajará, ocupando diversos cargos, para el Instituto de Cultura Hispánica. Esas circunstancias determinan la vida y hechos de Souvirón hasta el momento mismo de su muerte. El escritor llevará durante todos esos años una existencia sobria, como residente permanente en una modesta dependencia de colegio mayor, sin otras propiedades, cabe pensar, que su exiguo ajuar doméstico y un puñado de libros y discos, asistido por una criada de la institución y en una relativa soledad aireada con amistades literarias, sesiones de cine –Souvirón fue un impenitente cinéfilo–, lecturas –muy destacadamente, de literatura inglesa y francesa–, visitas regulares a su Málaga natal y una serie de desganados amoríos que irá glosando en su diario.

Éste será el personaje que, desde esa curiosa posición, a un mismo tiempo central y periférica, se alzará desde las páginas de estos cuadernos como reticente testigo de su tiempo y su mundo. Todavía en sus primeras anotaciones intentará algún que otro panegírico de Franco, pero lo cierto es que muy pronto –ya se ve, como hemos mencionado, en la crónica que hace de la muerte de Ortega, en 1955– comenzará también a criticar la mezquindad y cortedad de miras del régimen, el arribismo de sus partidarios –y de no pocos de sus opositores más o menos tolerados, incluyendo muchos intelectuales presuntamente “críticos”– e incluso la ceguera de las clases altas en general, causa principal de muchos de los irrestañables conflictos sociales de su tiempo. Con el tiempo, el ultraconservador Souvirón creerá definirse en una especie de equidistancia: ni con unos ni con otros; mucho menos, desde luego, con quienes juegan a mezclar política y religión, como los tristemente famosos “Guerrilleros de Cristo Rey”, surgidos como elemento de coacción en los años setenta, y cuya mero denominación le resultaba al diarista poco menos que blasfema.

La misma complejidad que el personaje manifiesta en lo ideológico puede constatarse en el plano social y cultural. La reiteración, en su diario, al referirse a determinados poetas homosexuales, de expresiones que hoy entendemos como claramente homófobas no contradice la evidencia de que apreciaba sinceramente la valía de muchos de esos escritores y, más allá de referirse a ellos en privado con esa desconsiderada tosquedad, no entra nunca en juicios de valor respecto a la vida privada de cada cual. También sobre las mujeres su posición es contradictoria: aunque parece gustarle un cierto tipo de mujer desenvuelta e inteligente, mundana, culta, buena conversadora, también es cierto que con facilidad descalifica a la mujer “moderna” en general, sobre todo la que consideraba que imitaba modelos y comportamientos que venían del extranjero; lo que, por otra parte, era lo habitual entre la gente biempensante de su tiempo.

José María Souvirón.

En cualquier caso, lo cierto es que lo que podríamos llamar la “novela amorosa” de Souvirón es quizá una de las facetas más interesantes de este diario. De la mano de esas mujeres, decíamos, elegantes y mundanas en las que suele fijarse, y con las que parece tener un relativo éxito –aunque casi nunca llegamos a adivinar el grado de consumación de estos amoríos–, Souvirón nos introduce en un Madrid nocturno igualmente mundano y refinado, se debate entre calculadas galanterías y aparatosas crisis de conciencia y salda sus devaneos, nunca demasiado apasionados ni duraderos, con etapas de misantropía, ingesta alcohólica y sonoros actos de contrición. A veces incluso incurre en adorables cursilerías que hoy resultan incluso un tanto cómicas por las conclusiones moralizantes que el autor quiere extraer de ellas: como cuando, durante un viaje a Italia, le da por comprar un caro collar de cristales de Murano y una cartera barata a la chica de la que anda encaprichado, para luego elogiar en su diario que ella rechace el collar y en cambio acepte la cartera…

Uno de estos amoríos surgirá precisamente en el ámbito de otro de los campos de acción en los que se mueve el Diario: la amistad literaria, y muy señaladamente la que lo unirá con los poetas Luis Rosales y Leopoldo Panero, así como con los hispanoamericanos Eduardo Carranza y José Coronel Urtecho, e igualmente, en un plano algo más alejado, con Dámaso Alonso, quizá el poeta de la Generación del 27 más apreciado por Souvirón, al menos en el plano personal. Siendo él mismo, por la cronología de sus comienzos literarios, un poeta del 27, nuestro diarista se considera a sí mismo una especie de figura intermedia entre esa generación y la de sus amigos más cercanos, no sólo porque sus años en Chile lo habían distanciado de la escena literaria peninsular y “borrado” de la nómina de sus coetáneos, sino también porque con esos poetas más jóvenes, de inspiración inicialmente religiosa y hondas preocupaciones existenciales y morales, se sentía más identificado que con los “deshumanizados” y muy formalistas poetas de la generación anterior. También con estos poetas cercanos, no obstante, marcará de vez en cuando las distancias, aunque siempre salvando un inconmovible fondo de afecto; que le llevará, por ejemplo, a periódicas crisis de confianza con Rosales, a quien quizá considera demasiado acomodaticio por su habilidad para navegar las aguas del mundillo cultural franquista; o a deplorar las violentas crisis alcohólicas que causarán la temprana muerte de Panero y posibilitarán que Souvirón, amigo íntimo de la familia, se convierta en acompañante asiduo de la viuda, Felicidad Blanc, e inevitablemente se enamore de ella, siguiendo el mismo guion de irresolución, escrúpulos religiosos y salvaguarda de su irredimible soltería que había caracterizado sus amoríos anteriores.

Significativamente, el idilio con Felicidad Blanc será el último. En sus años finales, los que abarca el tomo V de esta edición (cuadernos XI y XII), Souvirón acusará los efectos de una nueva crisis cardíaca, que mermará considerablemente su salud e imprimirá a sus escritos una modulada nota de melancolía, a la vez que dulcificará las asperezas de sus opiniones, ahora un tanto más ponderadas: es ahora cuando se refiere sin tapujos a la desfachatez de las oligarquías hispanoamericanas, por ejemplo, a las que responsabiliza de las agitaciones sociales que sacuden todo el subcontinente, en los años en los que el socialista Allende, para horror de la burguesía local, accede a la presidencia de Chile. En esa deriva crepuscular, las entradas se van espaciando, a la vez que se impone una cierta conciencia de acabamiento, aunque el siempre elegante Souvirón esquivará todo dramatismo y se limitará a reafirmar su fe religiosa, su amor a los suyos y su nunca cumplido anhelo de instalarse en Málaga; también sus últimas disposiciones literarias, como la edición de su Poesía entera 1923-1973, que verá la luz póstumamente.

Con esos trazos se cierra este diario singular, único en su tiempo, testimonio ineludible de una sociabilidad de otro modo inasequible para nosotros, recordatorio para muchos de un mundo que quizá conocimos en parte y ya nos cuesta evocar. Sólo dos años, recordemos, separan el final de estos diarios del considerable vuelco que experimentó la sociedad española tras la muerte del dictador. Para muchos seguramente esos cambios empezaron antes: los anticiparon desde sus actitudes vitales. No fue el caso de Souvirón: ponderado, conservador (reaccionario más bien), quizá acomodado a rutinas que nunca quiso cambiar, se limitó a consignar en su diario detalles, nombres propios, tonalidades ambientales, rumores y expectativas –también, acendrados prejuicios– que el tiempo se ocuparía de arrumbar. Sus diarios son los de un hombre sin ilusiones terrenas, quizá porque prefirió proyectar las suyas a otro plano; y, por eso, no son tampoco los diarios de quien especula o fantasea, sino los de alguien que consigna el presente inmediato, tal como se le manifiesta, en toda su grisura quizá inapreciable para quien está sumido en él, también en toda su luz. Leer estos cinco tomos es vivir vicariamente esa vida ajena, como nos sucede cuando seguimos las hazañas de un buen personaje de novela; sólo que, en este caso, no se trata de una novela, sino de pura vida sin más, interesante por sí misma, tan embellecida como enrarecida por la distancia que de ella nos separa. Que se hayan publicado ahora, cuando nadie los esperaba ni casi nadie se acordaba de su autor, casi supone una… resurrección.

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