Callada desesperación: leyendo (tardíamente) a Thoreau

Dublín, marzo de 2017. La llovizna intermitente me ha hecho refugiarme en los semisótanos de la National Library, que acogen una exposición permanente sobre el poeta W. B. Yeats en la que hay un espacio habilitado a modo de glorieta en el que se exhibe el ejemplar que el poeta tenía de Walden de Henry David Thoreau, cuya lectura le inspiró su más famoso poema, “The Lake-Isle of Innisfree”. Durante mi rato de descanso en la mencionada glorieta, con los bajos de los pantalones mojados por la lluvia y la aprensión de que mi primer paseo por Dublín va a terminar en un monumental resfriado, tengo también ocasión de oír, por la megafonía y en la voz del propio poeta, el poema en cuestión.

Walden fue, en mi caso, una lectura tardía. Y ello a pesar de que he tenido noticia de este libro, y sentido curiosidad por él, desde que tenía doce o trece años. Había un profesor de inglés que nos hablaba constantemente de Thoreau, en una época en la que, cuando a un adulto le daba por perorar sobre estas cosas, a los adolescentes no les quedaba otro remedio que escuchar, lo que no pocas veces redundaba en su beneficio… Pero era raro, ya entonces, que un adolescente incorporara a su bagaje un libro titulado Walden y supiera que su autor, contaba en él la experiencia de haber vivido dos años en plena naturaleza, aunque no del todo aislado de sus semejantes, y las conclusiones que había extraído de ese temprano experimento: entre ellas –eso lo supe mucho más tarde, cuando leí el libro–  que el precio vital que pagamos por la posesión de bienes materiales resulta siempre excesivo y que, por tanto, la renuncia a esos bienes supone siempre un beneficio tangible…

Es posible, en fin, que deba a mi temprano conocimiento de ese libro, y luego a su lectura efectiva, la noción de que no me cuesta desentenderme de una porción de cosas a las que la mayoría de mis semejantes tiene un enorme aprecio. No es que me las dé de anacoreta; pero me gusta pensar –y quién sabe si es algo más que una fantasía complaciente– que, como al autor de Walden, me bastaría una cabaña en la que cupieran algunos libros y poco más; y que, como le ocurría a Thoreau, es mi celo individualista lo que me impide confundir mi sueño de independencia personal con  ciertas fantasías totalitarias que tienen mucho predicamento, curiosamente, entre personas en las que veo querencias burguesas mucho más afianzadas que las mías. Si acaso, solo diferiría del pensador norteamericano en un punto: esa buscada soledad sería siempre soledad de dos, en compañía.

Me consta que el profesor aquel que nos hablaba de Thoreau se retiró también a una casa con huerto y pasa allí sus últimos años. No sé si ese buscado apartamiento representa para él alguna clase de aproximación a los ideales que defendía en su juventud o, simplemente, es el rédito de toda una vida de aplicada existencia burguesa. Tampoco la vida de Thoreau responde en su totalidad a lo que predicaba en sus escritos. Nadie está a la altura de sus pensamientos más elevados; pero eso no rebaja la calidad de esos pensamientos: simplemente, los dota de una muy humana precariedad, que los hace más llevaderos. Sobre todo, si lo que nos proponemos no es ser santos, sino felices.

Henry David Thoreau.

Con el mismo espíritu leí, en el mismo tomo que Walden, el ensayo Civil Disobedience. Un poco de anarquismo no viene nunca mal; y más cuando, detrás de este radical llamamiento de Thoreau a no pagar impuestos a un estado que defendía la esclavitud y llamaba a la guerra contra las naciones vecinas latía, no el viejo fundamentalismo rousseauniano en el que encuentran su justificación tantas dictaduras, sino un sano individualismo. Ante una ley injusta, dice Thoreau, ¿habremos de acatarla mientras esperamos que se constituya una mayoría social suficiente para derogarla? ¿O debemos, desde el primer momento, negarnos a obedecerla? Responder afirmativamente a la segunda pregunta parecería justificar la pretensión por la que ciertas minorías se creen llamadas, llegado el caso, a asumir el control de la sociedad en nombre de tales o cuales imperativos urgentes de la razón política. Pero no es eso lo que pide Thoreau; sino simplemente que, como individuos, no hagamos nada que contribuya a mantener o perpetuar el orden de cosas que consideramos injusto. Y, también, que nos neguemos a ver en el estado una entidad abstracta distinta a los rostros concretos con que se nos manifiesta: en este caso, el recaudador de impuestos. ¿Tiene éste culpa del destino que se le da al dinero recaudado? Sí, puesto que colabora activamente en su recaudación y siempre podría, llegado el caso, renunciar a su empleo y dedicarse a otra cosa… Y aquí se queda uno pensativo: ¿debería también renunciar al suyo, pongamos, un profesor de instituto que descrea profundamente de los principios en los que dice basarse el sistema educativo para el que trabaja?

Pero quizá esa pregunta no pueda contestarse sin considerar otra conocida formulación de Thoreau, la que afirma que “la mayoría de los hombres llevan vidas de callada desesperación” (“The mass of men lead lives of quiet deperation”). Hay que vivir en una especie de irrealidad permanente, ilusionada, porque la aspiración a vivir sin expectativas en algo así como en un presente perpetuo no conduciría a otra cosa que a esa quiet desperation. Y lo único malo de vivir en la ilusión permanente de lo que ha de venir quizá sea la sensación de que, como las expectativas son muchas y se ajustan a distintos tiempos y, en la medida en la que dependen de otras muchas cosas también fiadas al futuro, nunca se cumplen del todo, lo que efectivamente va dejando uno atrás son… flecos, jirones de vida por realizar, planes a medias, logros que podrían mejorarse en un segundo intento, etcétera.

Replica de la cabaña de Thoreau en Concord (Massachusetts).

Por eso anoto aquí, de mi lectura de Walden, su vibrante conclusión: la apelación a que emprendamos el único viaje que realmente nos conducirá a tierras desconocidas, que no es otro que el que nos lleva a explorar nuestra interioridad, esa terra ignota ante la que podemos sentirnos más desasistidos aun que si una tormenta nos hubiese arrojado, despojados de todo, a una costa extraña; y la insistencia en que esa azarosa arribada debe sorprendernos con los ojos bien abiertos. “Only that day dawns to which we are awake” (“Sólo amanece el día para el cual estamos despiertos”).

Es decir: en contra de lo que aseguran muchos, no amanece todos los días. E incluso es posible que, a estos efectos, a algunos no les amanezca casi nunca.

José Manuel Benítez Ariza

Autor/a: José Manuel Benítez Ariza

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) vive escribiendo y escribe sobre la vida: un poco cada día, un poco de todo, en una profusión hecha de muchas brevedades. Narrador, poeta, traductor y articulista, el hilo conductor de esta aparente dispersión de fuerzas es su "diario abierto" Columna de humo, en el que trata de explicarse.

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