Cruce de caminos

Aquella tarde de súbita neblina el andén se hallaba repleto de una multitud variopinta y agitada. Las gentes, sus equipajes, partían hacia sus soledades o retornaban a sus compañías, se tropezaban, sonreían, suspiraban y —llevados por la urgencia— perseveraba cada cual en su empeño.

Las vacaciones de Navidad habían comenzado.

El azar o el infortunio, sin embargo —en aquel océano de vidas y bártulos apresurados— hizo que se toparan, uno contra el otro, dos viejos conocidos.

Ninguno acogió con agrado —en su interior— el casual encuentro, aunque ambos lo celebraron, festivos en exceso y con sonrisas tan amplias como aturdidas.

E. E. viajaba a ninguna parte, según declaró, huyendo de no sabía bien qué, acompañado por sus propias ausencias. R. R. venía de un ayer despejado y se dirigía a una certidumbre futura, en clase turista.

—¡Qué casualidad! —zumbaron ambos simultáneos al comprobar que serían compañeros de viaje y de asiento, según les comunicó, numerariamente, el revisor.

Uno frente a otro.

Sus cuerpos, gestos y miradas se dispusieron a sobrellevar el trayecto inesperado y —ya— inevitable. El ferrocarril dio los avisos pertinentes, emprendió su marcha y los viejos conocidos —tras no saber dónde posar la mirada, bromear absurdos o tamborilear con los dedos durante interminables segundos— acabaron por conversar obligada y distraídamente de todo un poco, dejando atrás, junto al acelerado e invisible paisaje, lugares comunes, temas trillados, lo cargada de nubes que se presentaban las vacaciones.

—Pero háblame de ti. ¿Cómo te ha ido? —comentó ineludiblemente uno de los dos.

Repasaron entonces, de forma somera, sus vidas desde la última vez que se vieron, tiempos que ambos recordaban muy vagamente, recién terminado aquello que efectuaron juntos, quizás, alguna vez.

E. E. era —informó con urgencia— Director General, en alguna empresa dedicada a incuestionables negocios —continuó, ciertamente incómodo—. Acabo de separarme —terminó por confesar, con expresión liberada—. Mi hijo se llama E. E.

R.R. asintió.

Ilustración de Manuel Martín Morgado.

Al poco afirmó satisfecho R.R. tener un establecimiento de bombillas al que puso el nombre de Edison-Göbel. Con siete empleados.

—¿Sabes cómo se hace una bombilla? —preguntó entre risas nerviosas—. Mi mujer se llama Iris. —Se vio al fin obligado a revelar—. No tenemos hijos.

El silencio los venció durante largo rato y cuando sintieron las piernas adormiladas se miraron fijamente y marcharon al vagón restaurante. Allí pidieron dos cervezas y algo de picar. Después pidieron más cervezas y nada de picar. Y bufonearon y dijeron tontadas un buen rato. Al cabo de distraídas carcajadas los dos volvieron a quedar en silencio, en la nube ebria del vaivén compartido.

—¿Sabes, R. R.? Ahora, al verte… No sé. Me siento cansado —refirió E. E., perdiendo la mirada en el paisaje invisible.

R. R., sorprendido, pasó una mano por el hombro del amigo.

—Vamos…

—Resulta que… No creo en nada.

—¿Y tu hijo?

—Él no cree en mí. No se lo reprocho.

—Algo habrá.

—No sé dónde voy. Pero sé que no hay vuelta.

—¿Y el trabajo?

—Me cansa dar órdenes. Me agota recibirlas.

El silencio, ahora profundo, distante, reflexivo, los atrapó de nuevo.

R. R. venía de celebrar la boda de uno de sus siete empleados. Se dirigía a su hogar, a su mujer, a sus bombillas. No tenía mayores preocupaciones.

El vaivén y el alcohol ingerido hizo que cayeran en un sopor de intermitencias.

Al rato el traqueteo y los sonidos de la llegada a una nueva estación los despertó. Miraron los dos hacia el andén.

—Me bajo aquí —indicó E. E.

—¿Aquí venías?

—No. Pero algo me dice que lo haga. ¿Sabes? Me ha nacido una fuerza, no sé. Un impulso. Una energía. Gracias, amigo.

E. E ya descendía hacia el andén.

—Adiós.

R. R. contempló a su viejo amigo, y lo despidió con un gesto leve de la mano.

Sin saber muy bien por qué, cuando el ferrocarril alcanzó la próxima parada —que no era la suya— R. R. acarició muy seriamente la idea de bajarse.

El ferrocarril, tras los avisos oportunos, prosiguió su marcha y R. R.  extravió su mirada en el acelerado e invisible paisaje.

Una enigmática y rocosa tristeza se había instalado en su corazón.

Imagen de portada de Manuel Martín Morgado.
José Rasero Balón

Autor/a: José Rasero Balón

José Rasero Balón (Alhucemas, 1962). Soy autor de los blogs 'E la nave va!' y 'Humanos' (www.joserasero1.com) con fotografías realizadas en Holanda, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Austria, Italia, Alemania y diversas poblaciones de la geografía española. He publicado las novelas 'Laila' (1997), 'Badián no es un anís' (2012) y 'Áticos y viento' (Ediciones Mayi. 2015), así como el poemario 'Brochazos' (2001). Vivo en La Viña.

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