Cartas al siglo XX. 17 de febrero de 1902, lunes.
El día bosteza sobre las azoteas, pero su aliento no alcanza a blanquear los adoquines de las abigarradas callejas del Barrio Chino. Acurrucado sobre la calzada ya hay quien trata de arrancar alguno, hurgando con los dedos en las juntas. Otra sombra se le acerca con una llave de mordaza en la mano. «¿Qué es eso?», dice quien desde abajo mira con desconfianza. «Es nueva, para los tubos va de fantasía, igual te sirve también para los adoquines, camarada». El que pregunta, continúa preguntando: «¿Y tú?». «Excavaré con los dedos». «Apañados estamos». «Dos calles más abajo hay cascajos de una demolición». «¿Estás seguro?», replica el que ya se yergue. «Acabo de pasar por delante». «¿Y no has cogido?». «Como iba solo no me he atrevido, vamos juntos, veo que llevas un saco, yo te acompaño». Apresurados, los pasos rebotan en las fachadas y fallecen al pie de las contraventanas cerradas. Las vueltas de una llave les toman relevo con su doble chasquido para proporcionar razones a los insomnes. La puerta se abre con crujidos mientras tintinea un haz de llaves sujetas en un aro. Quien acaba de salir selecciona sin mirar otra que le permita ahora entrar. Con nuevas estridencias y renovados chirridos el portón abre de par en par la taberna. Ningún parroquiano, de los que madrugan para su copita de anís, aguarda delante. Y eso sí que es raro. El tabernero maldice en voz baja. Ha dejado arriba, enfadada, a su mujer. «¡Hoy no es día para servir vinos a nadie, que va a haber muertos!», le ha gritado desde la cama y nada le dolería más —más incluso que perder la recaudación de un día— que darle la razón.
Uno de los asiduos se acerca dubitativo. Bajo el dintel se detiene, como si no quisiera ser el primero. A lo lejos vislumbra, detrás del mostrador, al tabernero. La duda es un insecto que carcome todas las certezas. «¿No va a venir nadie más?», pronuncia el cliente en voz alta. Pero quien le responde se conoce de memoria todas las jugadas de la partida: «Aprovecha que hoy no vas a tener que esperar para que te sirva». Da dos pasos y elige un taburete que no se tuerza. Un diamante brilla en el corazón de la copita que se le presenta delante. En ese instante las dudas desaparecen, pero como los cómicos en declive, no tardan en reaparecer. «Qué día raro hoy, ¿no te parece, Paco?». El tabernero, como si atendiera un confesionario, le calma: «Estamos en lo más apretujado del barrio, aquí solo llega quien lo conoce». Y para sí mismo remata: «Así me va». Sumido en aspavientos entra otro abonado. Le cuesta respirar, por el susto que trae, se lía con las palabras, pero el tabernero ni le escucha. Ya le ha colocado en la barra, frente a un taburete vacío, otro destello de diamante. Que desaparece de un trago y al instante se metamorfosea, como en las fábulas clásicas, en una crónica del averno. «Ay, dios mío, en la plaza les espera una plaga de máuser, todos de rayadillo, cañones de bronce, artillería en cada esquina, sacos de arena y un montón de banderines de colores». «Y a ti parece que te hayan clavado uno de ellos, ¿no?». Los tres ríen, el cronista con menos gusto.
La taberna que ha empezado siendo gabinete de redacción de un diario, se convierte enseguida en cuartel general de operaciones tácticas. Medio tapados con grandes pañuelos entran tres anarquistas, ataviados como soldados sin ejército ni uniforme. Sin ni siquiera saludar se instalan en la última mesa de la sala, donde apenas roza la luz del día. Despliegan un mapa. Piden vino para dos. El tercero bebe solo gaseosa. De vez en cuando entra un manifestante a la carrera y al poco sale con nuevas indicaciones estratégicas. La aparición en la plaza de una brigada montada de la Guardia Civil, sable en la mano, causa pánico entre la gente arremolinada. Un grupo de concurrentes, con trajes maltrechos de chupatintas, llega a la carrera, exhausto, y se acurruca en el zaguán sin atreverse ni a volver a la calle ni a adentrarse en la taberna. Tiene que salir el tabernero a despejar la trinchera humana, algunos se deciden a entrar y piden café, que se les sirve de mala gana desde un pote deformado y herrumbroso. Al poco aparece, también con gesto desencajado, el señor Casas, al que todos conocen como «el pintor», aunque nadie ha visto nunca un cuadro suyo. El dueño calcula que algún día le comprará uno, o una reproducción —si resulta más barata, qué más da— para decorar la tasca. Se sienta en una mesa y pide el licor que le gusta tomar a solas. Garabatea trazos nerviosos en un cuaderno.
Conforme avanza el día la taberna pasa a desempeñar un nuevo quehacer. Solos o traídos en parihuelas por un par de voluntarios, van llegando los heridos. Contusionados, magullados, todos con moratones, rozaduras e incluso con alguna lesión seria. Los tienden en el suelo y la mujer del tabernero limpia con cuidado las heridas con agua y jabón, las rocía con yodoformo y tapa la herida con gasas y vendas, atadas con un cordel. Luego les sirve un vino hasta el borde y se lo cobra como doble. La bodega se convierte así en la sala quirúrgica de un hospital, sin abandonar las funciones de almirantazgo anarquista y, sobre todo, de gabinete de noticias. «¡Un muerto en la calle de la Paja!» grita, en funciones de reportero, alguien que llega. Y en la mesa del fondo, uno de los tres generales rebeldes busca en el mapa el nombre de la calle y con un lápiz, cuyo grafito mantiene vivo a golpe de navaja, traza una cruz que se suma a las otras cruces que ha ido dibujando la contienda a lo largo del día. Febrero se cansa pronto de iluminar las calles y a media tarde se traslada a otro lugar más al este para seguir yéndose, que es lo único que hace en esta vida, indiferente a las batallas en las que se enzarzan los mortales.


