Ilustración de ZOCAr (detalle).
Son las doce y media. Las luces amarillas de las farolas dan a la ciudad un aire mortecino. Me gusta pasear de noche por las calles desiertas, disfrutar de su silencio. Es como interpretar a Bach a solas, en penumbra.
Acabamos de salir del restaurante al que he invitado a la enfermera de mi madre. Durante el camino me cuenta que rompió con su novio hace apenas dos meses y que sigue muy afectada, aunque no le guarda rencor porque, según dice, nació tonta y se morirá tonta. Me detengo frente a ella, la miro a los ojos y le digo que no creo que sea tonta, «pero sí que eres es muy guapa». Ella sonríe y aproxima su cuerpo al mío. Hundo la cabeza en su cuello y aspiro con fruición. Huele a lilas, a verano y a juventud.
Cogemos un taxi y continuamos besándonos en el asiento de atrás sin importarnos las miradas furtivas del taxista, que no nos pierde de vista a través del retrovisor.
Cuando llegamos a casa, busco la llave en el bolsillo del pantalón. Trato de abrir la puerta mientras ella me besa la nuca y me hace cosquillas en la espalda. La cerradura se resiste. «¡Malditas puertas viejas!», exclamo contrariado. Al cabo de unos segundos, caigo en la cuenta de que estoy intentando abrir con la llave de mi piso, así que busco en el otro bolsillo y encuentro el llavero del Medinaceli que me dio mi madre cuando me rogó que me quedase en su casa en lugar de irme a un hotel. La puerta se abre con un crujido de bisagras oxidadas que temo que despierte a los vecinos.
Cierro y, sin darle tiempo a apartarse, la apoyo contra la pared. Nos besamos durante un largo rato, las respiraciones aceleradas, las manos ansiosas por palpar, las bocas urgentes… Cuando nos separamos, me dice que mis besos saben a chicle de sandía. Me hace gracia su comentario. La cojo de la mano y la conduzco al dormitorio. Nos sentamos en el borde de la cama, ella a horcajadas sobre mí. Me desabrocha la camisa y después el cinturón y el pantalón. La tumbo sobre la cama, la desvisto y lanzo al aire las prendas. La casualidad quiere que las bragas caigan sobre el Sagrado Corazón que tiene mi madre sobre la cómoda. Al ver al Cristo tocado por un tanga nos echamos a reír.
La beso desde el cuello hasta el pubis y ella se deja hacer. Su cuerpo se cimbrea y su respiración se acelera. Incapaz de seguir controlando la excitación que sus movimientos me provocan, la penetro. El orgasmo me llega antes que a ella, así que continúo dentro hasta que lanza un grito ahogado y sus manos, clavadas en mi carne, comienzan a aflojarse. Cuando nuestros cuerpos se desatan, experimento un cierto alivio. Ella se incorpora, apoya la espalda en el cabecero de la cama, coge un sobre de la mesilla de noche y comienza a abanicarse. Yo permanezco a su lado callado, mirando al techo. Un chasquido me saca de ese estado de laxitud.
—No fumes aquí —le digo al verla apretar el pulsador del encendedor.
—Venga, cariño, no seas así. Mejor que huela a tabaco que a humedad —me responde.
—La casa lleva casi un año cerrada, desde que mi madre se fue a la residencia. Yo vivo en Madrid; no podía cuidarla —me justifico—. Y menos mal que lo hice, que si no se hubiera muerto sola aquí cuando le dio el último infarto.
—Siento lo del trasplante.
Me jode que me lo haya recordado en este momento. Desde que el cardiólogo nos dio la noticia trato de no pensar en ello.
—Tranquila, era de esperar. Aunque apareciera un corazón compatible, entiendo que no lo desperdicien trasplantándoselo a una anciana de ochenta y dos años.
—Tus padres eran muy guapos —me dice mientras coge el marco de fotos que hay sobre la mesilla de noche.
—Dame una calada.
—¿Tú fumas? —le digo que no y ella me anima a seguir así—. No te pareces en nada a tu padre. A él se le ve más hombre. —Al percatarse de mi gesto de contrariedad, corre a explicarse—. No he querido decir que tú no lo parezcas, sino que él tiene las facciones más rectas, más duras. Me explico como el culo; ya lo sé, lo siento.
—Fue un gran tipo. Se fue de polizón a Nueva York sin saber una palabra de inglés y acabó de encargado en una tienda de productos españoles de Little Spain. Cuando volvió, no se cansaba de comparar aquello con la miseria que se encontró aquí.

—¿Y por qué volvió?
—Por mí. Pero jamás abandonó la idea de regresar. Se murió sin poder cumplir su sueño. Dame esa última calada, por favor —insisto.
Ella niega con la cabeza y aleja el cigarrillo para evitar que lo alcance.
—Seguro que le compensó la renuncia. Los hijos son lo más bonito de la vida.
La frase me molesta más de lo que debería. La he oído antes. Me ha dolido antes…
—No creo —le respondo cortante.
—¿No crees qué, que le compensara o que los hijos sean lo más bonito de la vida?
No contesto. Me levanto y me dirijo al cuarto de baño. Me meto en la ducha y permanezco bajo el chorro de agua fría un buen rato. Ella entra y me dice que ha dejado su número apuntado en el sobre de la mesilla por si quiero llamarla porque ya ha terminado su contrato en el hospital. Se despide y cierra la puerta con cuidado.
El agua sigue cayendo sobre mi espalda. «Los hijos son lo más bonito de la vida»; la frase revolotea por mi cabeza como una nube de cuervos. Cierro el puño y golpeo la pared. El dolor me sube desde los nudillos hasta el hombro.
Pienso en mi padre. Pienso en mi mujer.
Él volvió de Nueva York por su hijo.
Ella se marchó porque yo no quise tenerlos.

