Ana no. Agustín Gómez Arcos. Traducción y prólogo de Adoración Elvira Rodríguez. Cabaret Voltaire, décima edición. Madrid, 2026. 304 pp.
Hay libros que se clavan como una espina de pescado en la garganta, que escuecen, que punzan, y luchas con todas tus fuerzas por aquietar ese escozor. Hay libros que te llevan a un pasado que no has vivido pero que late y duele como si fuera tuyo. Hay libros en los que ves reflejada realmente a una mujer: coraje, entrega desmedida, fidelidad a sus afectos e ideario. Hay libros de los que es difícil hablar porque habría que decir tanto, que tienen ese eco de las historias míticas, de los viajes iniciáticos donde la protagonista se lanza a buscar en la intemperie la verdad, la vida, la muerte, su pasado y su futuro. Hay libros que contienen –como ningún otro– el dolor de los vencidos y las decepciones de una época, la sangre, la injusticia, el desamparo y el olvido: no hay tumbas para testimoniar la existencia de los caídos, sólo hay fosas comunes y desmemoria, mucho menos que polvo es su vestigio. Hay libros tan potentes y lúcidos como Ana no (Cabaret Voltaire, 2026, décima edición) de Agustín Gómez Arcos (Enix, 1933-París, 1998), que amplían la visión del ser humano. Traducido y prologado por Adoración Elvira Rodríguez y basado, según deja constancia el autor en su dedicatoria, en hechos reales que le contó su madre. Libros que te acompañarán ya para siempre, alojados en esa conciencia dispuesta a resistir la desmemoria colectiva. «No dejemos que los asesinados se vuelvan números o entren en listados y estadísticas», parece decirme esa voz interior que la narración de Agustín Gómez Arcos ha creado. Detrás de cada persona, como tan bien plantea Ana no, hay una historia de años y más años, hay lucha vital, pensamiento, reflexión, búsqueda y una manera única de actuar porque cada ser es irrepetible. Qué libro más valiente: una crítica abierta al cinismo y a la brutalidad del franquismo, y también a la Iglesia católica de ese momento (con poderes que excedían sus funciones).
En el prólogo de esta novela se extrae parte de una entrevista al autor donde nos dice: «Creo que España es la cuna de la cultura occidental, aunque nuestra enorme riqueza cultural no esté suficientemente valorada en el mundo. Por eso, en mi obra, intento mostrar la España eterna: a mi juicio, el Quijote o la Celestina no son personajes del pasado sino del futuro. […] Los personajes femeninos me parecen más interesantes que los masculinos. Considero que la psicología de la mujer es muy diferente de la del hombre. El hombre ha tenido siempre el poder, en cualquier parte del mundo, mientras que la mujer, nunca. […] De ahí que, a menudo, los personajes más relevantes de mis novelas sean mujeres, como en este caso».
Agustín Gómez Arcos nació en Almería, en el seno de una familia republicana. Tuvo como profesora a la poeta Celia Viñas, que estimuló su escritura y le transmitió su amor al teatro. Vivió en Barcelona y luego en Madrid, donde trabajó como actor y director de escena. Su labor de dramaturgo lo hizo merecedor en dos ocasiones el Premio Lope de Vega; lamentablemente, la censura no siempre le permitió estrenar sus obras. Se exilia primero en Londres y luego se instala definitivamente en París, dedicándose a partir de ese momento al género narrativo. Fue galardonado con numerosos premios literarios (Prix Hermès, Prix Thyde Monnier y Prix Roland Dorgelès), finalista en dos ocasiones del Premio Goncourt, y condecorado con la Orden de las Artes y las Letras de Francia con grado de caballero (1985) y de oficial (1995). Es una lástima que en nuestro país sea prácticamente desconocido, pero gracias a la labor de la editorial Cabaret Voltaire ya está a disposición de los lectores gran parte de su obra: El cordero carnívoro, María República, La enmilagrada, El hombre arrodillado, Un pájaro quemado vivo o Escena de caza (furtiva), entre otras.
Uno de los capítulos más emocionantes del conjunto es cuando la protagonista, junto a su amigo ciego, llegan al Valle de los caídos:
«—No temas, Ano no —dice el invidente—. Te enseñé a leer y escribir para que algún día pudieras aprender el odio. Ese día ha llegado. Este monumento, con su aberrante grandiosidad, fue construido por los vencedores para mostrar al país, y al mundo entero, la insignificancia de los vencidos. Con su sangre y con mi vista lo regaron, lo alimentaron para que creciese de este modo. Pero el nombre de los muertos no aparece en el mármol de las víctimas. Tus muertos se llaman Pedro, Juan, José Paucha. Lee las listas de nombres. Todas. Busca el nombre de tus muertos.
Silencio.
—Tu nombre, Ana Paucha, nació en la oscuridad, ignorado de antemano y para siempre, como el de tantos otros. Pero fueron tus hombros, frágiles y anónimos, los que tuvieron que soportar la gloria aplastante de los nombres de unos pocos, los de los vencedores».
Otro momento extraordinariamente relatado es el de la «masiva manifestación espontánea del pueblo» preparada por el régimen, pagada con cuatrocientas pesetas y bocadillos dobles a cada trasladado en autocares desde diversos puntos de la geografía, en la que Ana se ve enredada sin saber a dónde iba. En Moncloa, ‘escenario histórico de rogativas públicas de acción de gracias, mítines políticos, ejecuciones masivas y otras celebraciones oficiales’, el día de la adhesión al Caudillo de España, estaba surtida con ‘rosarios, medallas, banderitas, pancartas y consejos’. Os dejo con un fragmento demoledor: «De pronto, Ana Paucha oye ‘su’ nombre. Un ¡Viva Franco! angustiado que expelen todas las bocas, pagadas y paganas, como si fuera el último grito del mundo. O de un mundo. ¡Por eso le habían dado comida y dinero! ¡Para que glorificara a esta presencia indigna! Por su sangre, sin fuerza para helársele en las venas, fluye la vergüenza. Una vergüenza densa, asfixiante, que se apodera de todo su ser, le ensombrece la mirada, le ahoga los pulmones, le invierte el circuito sanguíneo, le embota la cabeza y le debilita las piernas. Se le derrumba el cuerpo, pero la conciencia sigue alerta. Se ve a sí misma. Ya no es la anciana madre que va a besar por última vez a su hijo Jesús Paucha, el ‘pequeño’, ahora es una cabrona. Ana Paucha retrocede, se deja tragar por la multitud. Luego, a codazos, se sale de la manifestación».
Qué manera más directa tiene Gómez Arcos de tratar sus personajes, es como si los mirara de frente, observando con una lente de aumento cada movimiento, cada respiración, cada estado emocional y cada oleada de contradicciones que los envuelven. Para Ana, busca un sinfín de apelativos que la dibujan a la perfección y que van retratando el trance que atraviesa. Será, bajo la asertiva mirada del narrador: Ana sí, Ana sola, Anita la alegría del regreso, Ana viuda, Ana-nostálgica, Ana niña, Ana digna… El autor nos desvelará, con gran calidez y una mirada delicada y ennoblecedora, cada etapa de la vida de una mujer, desde la infancia a la vejez. También nos mostrará el estrecho mundo de los sentidos y gestos como vía de comunicación, en tránsito hacia el universo del lenguaje escrito. Aquella metamorfosis de Ana: desde los márgenes del analfabetismo hasta la amplitud de la escritura y de la verbalización, sin miedo, de su propia biografía.
En su trayecto hacia la búsqueda de su hijo la acompañan una perra callejera sarnosa, el ciego Trinidad –que le será el que le enseñará a leer y escribir–, los estrambóticos integrantes del ‘Gran Circo Universal’, y la Muerte, que es un personaje más con el que Ana dialoga y al que interroga y encara. Y portará todo el camino, como si de una armadura o de un escudo se tratara, un pan amasado por sus propias manos (llevado como regalo para ‘el pequeño’), un humilde pan de aceite con almendras, anís y mucho azúcar. Este elemento servirá en todo momento de auto-recordatorio de su objetivo, no se desprenderá nunca de él a pesar del hambre, no lo apartará de su refajo aunque se vuelva durísimo y punce su vientre: será su asidero interior.
Y quisiera incluir en este artículo unas palabras de José Heras Sánchez acerca del pueblo de origen del autor, Enix, publicadas en «Agustín Gómez Arcos, un escritor nacido para la libertad», separata que el Instituto de Estudios Almerienses tuvo a bien publicar, y que generosamente me ha regalado mi amigo el poeta y librero Luis Melgarejo. Creo que el lugar de origen siempre es importante y que se asemeja al magma desde el cual emerge una obra: «En la abrupta pendiente de la parte más oriental de la Sierra de Gádor, como una mancha de nieve en la montaña, blanquean plácidamente orientadas al mar un conjunto de casas de una o dos plantas que albergan a los –aproximadamente– doscientos habitantes de la población Enix. […] La rotunda división de la España postbélica en vencedores y vencidos es una de las fijaciones narrativas de Agustín sin la que no se entendería su novelística. Esa división entre rojos y nacionales se vivía –a diferencia de las ciudades– más intensamente en las pequeñas poblaciones y se extendía a todas las capas y sectores sociales. En este sentido, Agustín compartió su infancia con los hijos de los vencedores que mostraban rechazo –cuando no odio inculcado por el ambiente social y político– hacia aquéllos. […] Ana es una alegoría de la condición humana. María República, Ana Poucha, Juliana o la omnipresente Casimira, y tantos otros personajes lo entregan todo a cambio de la libertad. La libertad es la atmósfera en la que se mueven y gracias a la que respiran y viven».
Esta es una obra que llega al tuétano. Un canto a las mujeres atravesadas por el cuchillo de la guerra, a las madres que custodiaron casas vacías, a las esposas que lloraron la muerte de sus compañeros, a las analfabetas que no podían leer las cartas mandadas por sus familiares encarcelados. Este libro es un acto de reparación, es la voz que no alzamos, es un fragmento de la historia sin contar. Es asimismo un homenaje a la cultura transmitida oralmente, al mundo de los artistas ambulantes que amplían las realidades de los pueblos perdidos. Marchemos junto a Ana Paucha hacia la empatía, hacia una mirada amplia que abarque tanto avances como retrocesos de la humanidad, que nos haga sentir responsables de todos los actos cometidos por nuestra especie. Gracias, Agustín Gómez Arcos por avivar nuestra conciencia.



