Espíritu sobre las aguas de Amsel Kiefer
“Yo no soy ninguna heroína; al contrario,
soy una persona que experimenta miedo.
Y lo único que puedo hacer es escribir”.
Sharon Olds
“Escribo todo para saber lo que estoy
pensando, lo que estoy mirando,
lo que veo y lo que significa.
Lo que quiero y lo que temo”.
Joan Didion
El filósofo francés Alain Badiou dice que los poemas son lugares en los que debemos entrar, no para saber de qué hablan, si no para saber qué pasa con ellos; por lo que habría que concebir la poesía no tanto para ser entendida, como para ser atravesada.
Hay muchas descripciones de autores conocidos –y menos conocidos– sobre qué es un poema y para qué sirve y ésta es una de las que más me gustan. La poesía tiene que ser atravesada; la imagen escénica que envuelve el núcleo del poema, de la emoción, del sentimiento, tiene que ser cruzada, caminada. Internarnos en un poema no siempre nos proporciona entenderlo –a veces, ni siquiera es necesario–, lo interesante de la poesía es que nos transporte a un lugar, físico o mental, y nos despierte o nos descubra una emoción concreta, nos suscite preguntas o nos facilite respuestas. Este es el gran trabajo de la poesía. Su más simple propósito y su hazaña más noble. Yo añadiría al pensamiento de Badiou que la poesía también está hecha para atravesarnos; quizá sea ese el inicio del camino: dejarnos atravesar por el poema, permitir que entre y camine dentro de nosotros a ver qué sucede. La relación con la poesía debe ser bidireccional. Es un dar y recibir. No en vano, Mary Oliver ya dijo en su momento que un poema era un templo en el que se entra para salir transformados.
Un poema no es una fórmula matemática, aunque tenga un gran componente musical, rítmico y tonal, que tiene mucho que ver con una estructura casi numérica. Un poema debe ser un compuesto vivo y vibrante, una cadencia, no algo plano escrito sobre un papel. Si es un buen poema, adquirirá otra dimensión que saltará de la planicie del folio y podrá observarse su movimiento casi aéreo, como un grupo de pequeñas aves que sobrevuelan el mar acompasadamente; un grupo de palabras, pero un sólo cuerpo vivo, sintiente y que nos propicia sentir.
Escribía Emily Dickinson: “No sé nada en el mundo que tenga tanto poder como la palabra. A veces escribo una, y la miro, hasta que comienza a brillar”. ¿No es una definición absolutamente maravillosa de nuestra relación con la palabra en torno a la poesía? Me estremezco cada vez que leo versos de Emily; veo a una chica pequeña y frágil, pero fuerte y valiente que escribe a pesar de todo. Esconde sus poemas bajo las telas que borda por temor al juicio de su padre, pero escribe; no puede dejar de hacerlo. Ella, que vivió descarnadamente el mandato patriarcal, desobedece en silencio y nos cuenta su historia. Hay en ella –como en la mayoría de las mujeres que han escrito y que escriben–, una necesidad profunda de contar, de sacar a la superficie, de trascender, de compartir con algo, con alguien, la palabra que nace, lo que se vive y se experimenta, la maravilla o no de la existencia.
Afortunadamente, pese a que esta sociedad continúa viviendo bajo el orden simbólico patriarcal, las cosas han cambiado en este sentido sustancialmente. Las mujeres podemos escribir con libertad lo que nos apetezca, aunque nos seguimos enfrentando al juicio –a veces frontal, a veces de soslayo–, de sectores conservadores y misóginos que no se han enterado todavía que ya no vivimos en la época victoriana, y que sentimientos como la rabia, la ira, la frustración o el enfado también son patrimonio legítimo de las mujeres y podemos construir poemas desde ahí. Que ése también es nuestro lugar. Porque esa intrahistoria que definió Unamuno, no sólo está construida en el anonimato y en el silencio con sufrimiento, dolor, renuncia o sacrificio, también está hecha de resentimiento y de rabia, de un sentimiento de violencia visceral que abarca dimensiones como la familia, la sociedad y la cultura.
Sentimientos y emociones consideradas “más propias de los hombres” llenan ya las páginas de nuestros libros y componen el núcleo central de nuestros poemas sin que intentemos evitarlo o enmascararlo. La historia de la literatura nos seguirá tachando de histéricas o, de forma más suave, de demasiado impetuosas o “desaforadas”, como escuché a un poeta canónico-teórico –de esos que piensan que después de Juan Ramón no hay nada interesante en poesía-, hablar de mí y de mi escritura en un tono nada amable. Me niego taxativamente a seguir obedeciendo un mandato que me limita, que limita esas piedras preciosas que son mis palabras –sean cuales sean– e impiden hacerlas brillar. Borges dijo una vez, contestando a la ya manida pregunta de para qué sirve la poesía con una respuesta también brillante: «para lo mismo que sirven los amaneceres, para iluminar al mundo, en el sentido más amplio de la palabra».
Las mujeres que escribimos poesía debemos continuar saliendo de esa periferia ñoña, moderada y contenida, y seguir narrando experiencias vitales que hasta ahora han permanecido en un anonimato consentido: el fin de la vida fértil o la menopausia, la emancipación de los hijos, el hecho de no permitir comportamientos coercitivos de nadie, el rito de paso de la vejez con todas sus consecuencias, y un largo etcétera. Me parece un gesto casi obligatorio y de justicia moral para con otras mujeres, y para muchos hombres, que desconocen aspectos fundamentales de nuestra vida íntima, de nuestras contradicciones cotidianas, de nuestros conflictos internos, de nuestro lugar en el mundo, de nuestros cuerpos, de nuestros deseos y de nuestras repulsas.
He titulado mi artículo “Una poética feminista” con una intención concreta. Soy mujer. Soy poeta. Y soy feminista. No concibo mi vida ya sin este trabajo paralelo y constante por cambiar la trayectoria de una sociedad que parece no considerarnos suficientes todavía.
No existe el “feminismo” en singular –siento decepcionar a muchos y a muchas–, existen los feminismos en plural (nunca mejor dicho). Hay muchas corrientes diferentes –dependiendo de la cultura, el país de origen y numerosos factores más–; existen diferentes olas, desde los feminismos radicales de los años 70 hasta algunos actuales, más drásticos y violentos-. El feminismo, en singular, ya me parece una utopía imposible de conseguir –absurdo también desde un punto de vista teórico–, en un mundo cada vez más plural, multicultural y tan diverso como en el que vivimos. Los feminismos están en constante movimiento, como las placas tectónicas, e intentan adaptarse a cada cambio, muchos de ellos con muy mala fortuna. Otros, con muy buena perspectiva y muy bien encaminados, como el feminismo posthumano, al que, desde luego, me adscribo.
No es lo mismo un feminismo propuesto y defendido por un grupo de mujeres blancas europeas de clase media con formación universitaria, que un feminismo propuesto y defendido por un grupo de mujeres negras, sin formación académica y con recursos limitados que vive en el Bronx, o un grupo de mujeres indígenas del Perú con una cultura y un modo de entender la vida diametralmente opuesto al nuestro.
En el ámbito social y cultural, detesto las palabras “revolución”, “empoderamiento” o “conquista”. Evito usar estos términos, igual que evito usar las palabras “derecha” o “izquierda”. Tal como apunta Rita Segato, no podemos tener las mismas metas que el patriarcado, si no, tendríamos al mismo perro pero con distinto collar. No podemos sentir que nuestra realización pasa por ocupar el lugar del patriarcado. Ese feminismo bélico de mujeres victoriosas frente a hombres derrotados no tiene sentido. No me representa. La meta es que el feminismo y sus variadas formas y propuestas, no sea un movimiento social –fácilmente transformable en partidos políticos–, sino un movimiento de la sociedad, un movimiento de feminización que implique la transformación global hacia valores asociados con lo femenino, como el cuidado, la reciprocidad y la defensa de la vida. El feminismo no debe ser un “gremio” que busca el poder dentro del sistema, sino un movimiento civilizatorio que cuestiona y transforma radicalmente la forma en la que se administra la sociedad. Es un cambio de gesto. Esto lo he dicho y escrito muchas veces. El feminismo tiene que partir de una base humanista, si no, no hemos entendido nada.
La poesía no es un arma, es un vehículo. La poesía no es una lucha, es una oportunidad. La palabra es el recurso más valioso –por eso brilla, como diría Emily–, y la poesía es el gesto más valiente y transformador para darle voz a nuestra historia. A lo que hemos vivido. A lo que estamos viviendo. A lo que queremos vivir.
En esta ocasión no recomiendo un libro sino una web: La cátedra de Pensamiento incómodo, de Rita Segato, imprescindible si se quiere profundizar en temas relacionados con el patriarcado y el feminismo más actual.


