E hicimos un jardín: verano

“… Acércate a la luz de las cosas,

deja que la naturaleza sea quien te enseñe”.

                     William Wordsworth

“¿No debería tener trato con la tierra? ¿Acaso

no soy en parte hojas y mantillo vegetal?”.

                      Henry D. Thoreau

Acometimos la tarea de arreglar la pradera al final de la primavera, que tomaba el relevo tras un invierno suave y no muy lluvioso, y aunque no era la época idónea para la plantación de algunas especies a las que sucumbí por puro capricho, dado el excesivo calor que hacía ya, las mañanas en Tierradulce eran radiantes, y suponía un placer para los sentidos trabajar al aire libre azada en mano. Pedí un día “libre” a la semana en el trabajo en la oficina y me ofrecí a construir un jardín y a arreglar la entrada de la casa. Quería experimentar el trabajo en el campo y el contacto con directo con la tierra. La pradera, como la denominaba el técnico agrícola de la finca y nuestro jefe en materia de jardinería, era un auténtico elogio a la mala yerba; una pequeña extensión de terreno con una tierra pésima situada frente a una especie de nave semi techada que nos servía a los trabajadores para aparcar los coches junto al edificio destinado a oficinas, y que, básicamente, estaba constituido por un extenso muestrario de hierbajos desmandados y especies invasivas que habían crecido durante años a su antojo con la sola visita de la desbrozadora una vez al año. Era, además, un tiovivo multicolor de insectos que zumbaban, chirriaban y susurraban, saltando y volando en todas las direcciones. Y ahí se encontraba, como reina del desordenado vergel, la invencible grama salvaje, que crecía desenfrenada en forma de parches por todos lados.

Hermosos bosquecillos de romero se dispersaban alegremente por la finca y, sin pretenderlo, formaban pequeños y asombrosos jardines mediterráneos, junto a la hierbaluisa, Aloysia citriodora, de la familia de las verbenáceas, de perfume similar al del limón, como su propio apellido indica, y con pequeñas florecillas blancas con las que hacía, de vez en cuando, pequeños ramilletes para colgar en la oficina, y a la que también dejábamos crecer a su capricho, y a lasalvia granadina, Salvia microphylla, de un precioso y llamativo color fucsia y un olor intenso y fragante que nos daba la bienvenida cada día a las puertas de la oficina, y a la Salvia officinalis, cuyo color bastaba para alegrar cualquier día de lluvia. También había tres pequeños setos de mirto Myrtus communis o arrayán, algo despeluchados, amarillentos y medio ahogados entre la maleza a los que había que recuperar con una buena poda, abono y agua fresca. El nombre de Arrayán proviene del árabe ar-Rayhan o Rihan (el aromático), y contiene, tanto en sus hojas como en sus frutos, una esencia aromática fuertemente antiséptica, el mirtol. Son arbustos siempre verdes con ramas marrones, hojas opuestas, puntiagudas y ovales lanceoladas. Las flores son blancas y crecen aisladas, y el fruto es una baya ovoidal. Las semillas poseen un aceite aromático que se emplea contra enfermedades respiratorias por sus efectos balsámicos y hemostáticos. Según el Libro de la Almohada de Ibn Wafid de Toledo, las hojas de mirto frescas, machacadas y puestas a macerar en aceite de oliva durante tres semanas al sol, impiden la caída del cabello. Las bayas se usan como condimento y también se pueden obtener de esta planta elementos para curtir la piel. Posee una sustancia antibiótica y su madera es dura y moteada, y se puede usar para artículos torneados o para hacer carbón vegetal. Mi aromática preferida, sin duda, y una joya vegetal evocadora de la cultura de Al-Ándalus.

Junto al gran seto de romero, algunos árboles en excelente estado, como un pino piñonero de tamaño mediano, algunas palmeras medianas, y una higuera destartalada, un Ficus carica, de la familia de las Moráceas, de tronco plateado y hojas inmensas, que proporcionaban un espacio bastante aceptable de sombra donde pensaba construir el que, ya en mi imaginación, iba a ser mi jardín.

Realmente, también había que acometer otras tareas que implicaban el embellecimiento general de la finca, como arreglar el porche de la oficina, desangelado y triste, sin una sola planta vivaz. Empresa ésta que se me antojaba en extremo apasionante y donde pensaba incluir una docena de recipientes de buen barro lebrijano llenos de jazmines, abelias, hibiscos, hiedras lloronas, crasas tapizantes, y otras plantas de rápido crecimiento que dieran a la entrada en breve tiempo un aspecto de cottage inglés. Esa era la idea. La mía, claro. El técnico y los jefes eran mucho más prudentes y contenidos en cuanto a ornamentación vegetal se refería.

Había que encalar las fachadas y cambiar de color las puertas y las rejas de las ventanas, que eran de un verde impreciso y con el tiempo se habían cubierto de óxido y telarañas.

También había que limpiar, replantar y abonar el jardín de los cipreses: una pequeña extensión a la espalda de la oficina en forma de media luna, protegida con malla a prueba de gallinas, gallos y otras aves domésticas, con dos grandes y espesos cipreses muy despeinados en el centro, que Fernando, uno de los trabajadores con más habilidad y más sentido de la estética paisajística, había rodeado de setos de Santolina chamaecyparissus, un subarbusto verde grisáceo perteneciente a la familia de las asteráceas, y por supuesto, de lavanda, en perfecta alineación simétrica que le daba a aquel reducto fragante y fresco un aspecto aristocrático y noble.

En fin, había bastante trabajo por delante, y antes de dejarnos llevar por el “¡Qué desastre!, ¿por dónde empezamos?” decidimos atacar a lo más engorroso y difícil:  limpiar la pradera de mala hierba y habilitar el espacio sombreado que se había formado debajo de los árboles para plantar especies que resistieran bien el calor y el viento de levante, pero que, al mismo tiempo, necesitaran una buena zona en semi penumbra para no agostarse en el verano. Nos dice Margery Fish:“Por muy imperfecto que sea el resultado, hacer un jardín conlleva una satisfacción que no se parece a nada más, lo mismo que saber que somos responsables de todas las piedras y las flores del lugar. Es muy agradable conocer cada una de las plantas que lo componen de forma íntima, puesto que nosotros mismos las hemos elegido y plantado”.

Las «jardineras» Mara y Julia.

Y así fue como una fresca y luminosa mañana de finales de junio, recién estrenado el verano, nos pusimos manos a la obra, mi hija Mara –como aprendiz y pinche- y yo, con más afición que conocimiento, bien equipadas con sombrero de paja, guantes de trabajo, azadas, tijeras de podar de varios tipos, rastrillo, pala y carretilla para ir acumulando los hierbajos e incorporarlos al montón de compost que, con el tiempo, serviría también para abonar aquel mismo lugar. Es decir, el ciclo sin fin de la madre naturaleza.

Al comienzo, henchidas de ilusión y de fuerza, pasamos la primera hora y media ajenas al impertérrito sol, lidiando con las decenas de insectos que venían a darnos la bienvenida, arrancando la maleza, formada principalmente por largos y gruesos filamentos de grama salvaje –Mara, con su inigualable humor, casi tumbada en el suelo haciendo peso con su propio cuerpo, decía que Hades, desde las profundidades del Averno sujetaba los extremos de aquel áspero césped para impedirnos arrancarlo-, extremadamente dura y resistente; algunas matas salpicadas por aquí y por allá de Ecballium elaterium, también llamado cohumbrillo o pepinillo del diablo, de olor fétido y sabor acre, de la familia de las curcubitáceas, utilizada por los egipcios, romanos y griegos como purgante violento. Ya te digo. Este pequeño salvaje tiene la particularidad precisamente en su fruto verdoso y erizado, que, colgado del extremo de un pedúnculo erguido, expulsa sus semillas al desprenderse del cabilo que lo sostiene, lanzando a sorprendente distancia las semillas contenidas en él junto a los jugos que lo llenan a gran presión, si, por un descuido, las rozas levemente con el pie cuando se encuentran en su punto más álgido. Este sorprendente fenómeno es debido a la salida del gas aprisionado que contiene. La Convulvus Arvensis, o correhuela, una extraordinaria enredadera de la familia de las convolvuláceas, que se adhiere en forma de espiral a cualquier planta vecina y se apodera de ella de tal manera que, una vez instalada, parece formar parte de la planta misma a la que se agarra, tenaz y persistentemente, lo que produce una verdadera tortura arrancarla sin destrozar a su anfitriona. La Malva sylvestris, de la clase de las magnoliopsidas, también abundaba entre los puñados de grama, con sus pétalos púrpuras o rosados con venas más oscuras; la margarita común, o Bellis perennis, de la familia de las asteráceas que, a mí, particularmente, durante su floración, me parece de una belleza sencilla y resulta muy decorativa si limitas su crecimiento a pequeños arbustitos en forma de bola. Nos encontramos también con manojos desperdigados de Avena Sterillis o avena loca, perteneciente a la familia de las gramíneas, el Cirsium arvense, o Cardo fundidor, una dicotiledónea conocida también por cardo borriquero, en ese momento en plena germinación, y cuya floración se produciría en verano, con su hermosa explosión añil, también me resultaba un bonito recurso ornamental, así que decidimos dejar tres pequeñas muestras en sitios concretos y controlados. La verdolaga, o Portulaca olerácea, de la familia de las portulacáceas, que puede alcanzar los 40 cm de altura si te distraes, y que se expande de manera rapidísima por el terreno. La cerraja común, o Sonchus oleraceus, planta a la que le tengo una especial aversión, de la familia de las asteráceas por su abundante y pertinaz presencia en toda la finca, en bordillos, escalones, tejados y cualquier sitio que le convenga por muy extravagante que nos parezca. Posee unas pequeñas espinas en los márgenes de las hojas y es utilizada comúnmente como estimulante del apetito. Por último, había que erradicar el cenizoo Chenopodium album, de la familia de las chenopodiáceas, de escasa presencia y poco resistente a nuestro ataque.

Tras nuestra primera acometida y tres carretillas llenas de hierbajos y objetos indescriptibles con los que nos habíamos topado al escarbar la tierra -piezas de hierro, trapos viejos, un fósil de concha marina incrustado en un pedrusco y varios cartuchos de escopeta-, decidimos tomarnos un pequeño descanso para ir al vivero. El aspecto ya era bastante esperanzador después de la limpieza y clasificación de todas las especies. Como un lienzo en blanco donde dibujar un jardín perfecto. Habíamos delimitado las zonas y teníamos más o menos claro lo que queríamos plantar en cada sitio: debajo de la higuera y el pino, delante del romero, junto a las palmeras, cerca del carril de entrada… Pero también íbamos un poco a la aventura, para dejarnos sorprender y comprar alguna especie no prevista.

En el vivero nos esperaba siempre Cleopatra, una gatita negrísima de siete meses, con una especial predilección por los mimos de Mara, con la que jugaba prácticamente todo el rato mientras yo terminaba por elegir sola las plantas.

Los viveros siempre me han parecido lugares exóticos y sugerentes. Entrar en uno era para mí entrar en un universo particular, en un paraíso al alcance de la mano donde solía perder la noción del tiempo. Rodeada de tal variedad de plantas mis pulmones se ensanchaban y hasta creía respirar mejor.

Lirio del Nilo.

Cleo, saturada de mimos, abandonó a Mara en la zona de las Buganvillas y ya en compañía seguimos curioseando entre los umbríos y perfumados pasillos de la zona de arbustos y aromáticas. La cuphea hyssopifolia o falsa brecina, es un pequeño arbusto de porte compacto que apenas superan el medio metro de alto. Sus hojas, de un verde brillante, son lanceoladas y producen abundantes flores de color blanco, rosa, púrpura o violeta. En este caso, me llevé tres en color violeta para colocar delante de los Agapantos. No es exigente con el suelo, así que nos resultaba idónea también para aquella tierra, que no gozaba de una gran calidad como pudimos comprobar con la limpieza. Y, además, son plantas bastante resistentes a plagas y enfermedades habituales en los jardines.

Por último, cogimos unas cuantas alegrías de la casa –Impatiens Wallerana– indispensables si se quiere dar color al jardín, resistentes y con una floración continua, y cuatro Vincas, una planta a la que no puedo resistirme tampoco y que, no sé por qué, me recuerda a mi infancia. Originaria de Madagascar, la Vinca rosea o Vincapervinca, es una planta perenne, pero que ha sido cultivada como anual. Posee unas hojas de color verde oscuro y brillante, oblongoobtusas, y flores rosadas o blancas, de forma triangular más grandes y solapados, que componen un disco completo de color que hace que las flores parezcan más grandes.  Pensaba hacer un pequeño conjunto junto a tres Lirios rojos o candelarias, que me había traído de casa y que estaban a punto de abrirse. Así que, de momento, nos fuimos con nuestro colorido cargamento de vuelta a la finca.

Los Agapanthus africanus, también conocidos por nombres tan sugerentes como Flor del amor o Lirio del Nilo, captaron rápidamente mi atención porque, pese a estar aún en junio ya estaban floreciendo. Esta bellísima planta ornamental es una especie de la subfamilia agapanthoideas de las amarilidáceas, aunque según el sistema de clasificación puede encontrarse incluida en la familia alliaceas, e incluso, liliaceas. Tiene su origen en Sudáfrica y posee un tallo corto con varias hojas alargadas, arciformes, y un estipe floral que puede alcanzar los sesenta centímetros de longitud coronado por una bella umbela de veinte a treinta flores de un color azul brillante. Crece bien casi en cualquier suelo, aunque necesita un buen drenaje y humedad, así que me pareció perfecto para la zona de debajo del pino, justo al lado del seto de romero. Pensaba formar un arriate rodeado de piedras grandes y algo de gravilla para delimitarlo y alejar a las aves que campaban a sus anchas por esa zona para evitar que removieran la tierra y estropearan las plantas. Así que puse seis en el carro.

Cuando salimos camino al coche, nos encontramos con una pequeña mantis medio atontada en el suelo. Nunca antes había visto a una mantis tan pequeña. Probablemente era una Geomantis larvoides. La cogí con cuidado y la coloqué sobre la yema de mi dedo índice para verla más de cerca. Era de color ocre y no lograba sostenerse en sus patas traseras. La dejamos sobre un macetero de rosas, encima de una piedra plana, aunque no creo que fuera a sobrevivir mucho tiempo en ese estado.

-Esta pobre se va a morir antes de comerse a su macho -dijo Mara.

-Probablemente sea él el macho –le contesté–. Es muy pequeño y las hembras suelen ser más grandes, pero no estoy segura. Nunca había visto ninguna de esta especie. De todos modos, ¿sabes que hay otras especies de insectos donde la hembra también se come a su macho durante el acto sexual?

Recordé que lo había leído en un libro sobre el hecho sexual humano, analizado desde el punto de vista de un antropólogo. Este investigador dedicaba varios capítulos a hablar del sexo en muchas especies animales como caracoles, tarántulas, escorpiones, mariposas nocturnas… Me llamó la atención especialmente el Mosquito pimienta. Es un diminuto insecto ceratopogónido de tamaño inferior a un milímetro y cuya picadura es en extremo desagradable. Algunas especies, como la Johannseniella nítida, solo atacan a mosquitos, incluyendo a sus congéneres. La hembra de estas especies entra en los enjambres de los machos, se apodera de uno de ellos sujetándolo con sus patas y perfora su cabeza con sus piezas bucales, inyectándole un fuerte jugo salival que digiere todos sus tejidos. Luego, mientras el apareamiento tiene lugar, y por si no hubiera sido suficiente, la hembra succiona todo el contenido del cuerpo del macho, dejando solo el caparazón vacío, del cual se deshace. Sin embargo, y esta es la parte sorprendente, el vientre del macho, con sus órganos de copulación cumpliendo a la perfección su tarea procreativa, queda pegado al vientre de la hembra mientras que el resto se encuentra ya en su aparato digestivo.

-O sea, una cópula post mortem, ¿no? –me interroga Mara, con cara de haber digerido ella misma el contenido del cuerpo del macho.

-Bueno, en cierta forma, sí. Realmente lo único vivo de macho durante la cópula son sus órganos reproductores. El resto ha sido completamente obviado por un mero principio de economía, supongo. La hembra deshecha lo que no le sirve sin ningún tipo de romanticismo.

Teilhar de Chardin, un paleontólogo, pensador y místico jesuíta, hablaba de una ley de corpusculización, según la cual, existe una tendencia entre los elementos que los lleva a unirse, no siendo la vida otra cosa que un acto de amor. A pesar de que no comparto ciertas teorías suyas porque entran dentro del pensamiento mágico y no están demostradas científicamente, me parece una idea poderosa y ojalá no fuera tan utópica. Entre los seres vivos esa tendencia parece ser clara y palpable, aunque yo desbrozo toda la parte romántica. Las razones para la comunicación y el acercamiento pueden ser múltiples, pero la principal es la cooperación para la supervivencia.

-¿Y con esto quieres decir…? -interrogó Mara de nuevo-.

-Pues con esto quiero decir que, pese a que ciertas costumbres animales y vegetales nos puedan parecer abominables e incomprensibles, el fin es el mismo y todo es un acto de cooperación para la supervivencia. Si es amor o no, no estoy tan segura.

En fin, entre reflexión y reflexión, cuando llegamos al campo, las gallinas y sus pollos ya había estado inspeccionando la zona limpia con una apasionada curiosidad, pisoteando y escarbando todas las extensiones delimitadas. Este no era más que un anticipo de lo que nos quedaba por padecer. Junto a las especies locales, entre gallos y pavos, había también gallinas araucanas, que tenían la particularidad de poner huevos azules, y éstas, especialmente, tenían preferencia por hacerlo justo en la puerta de la oficina, en el escalón de la entrada. Con lo que muchas mañanas, al entrar, nos encontrábamos con este inesperado regalo celeste, que si no ponías atención, terminaba en tortilla.

Llenamos una carreta de compost y comenzamos a mezclar con un poco de substrato con el rastrillo. La tierra inmediatamente adquirió un aspecto estupendo para comenzar la plantación. El sol caía ya de pleno sobre nosotras, pero lo mejor del trabajo estaba por llegar.

Lectura recomendada:

  • Fish, M. Hicimos un jardín. Gallo Nero. Madrid, 2024.

Autor

  • Julia Bellido

    Julia Bellido (Jerez, 1969) es humanista y traductora. Ha compaginado su oficio de escritora con el estudio del feminismo en la historia de la antropología, la literatura y el arte. En 2009 publica la plaquette 'La decisión de Penélope', con la Asociación de mujeres progresistas Victoria Kent. Le siguen 'Mujer bajo la lluvia', su primer poemario (Canto y Cuento, 2013), 'Las voces del mirlo' (Renacimiento, 2018) y 'Hojas de Ginkgo' (Cypress, 2020). En 2023, tras un giro de timón en su travesía poética, publica 'Desobediente' (Garvm), al que le sigue 'Lucernario' (Garvm, 2024). Su última publicación es 'Flor de calabaza' (La Garúa, 2025), que es su primera incursión en las formas poéticas del Tanka y el Haiku.

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