‘All’alba vincerò’

Cuando Rita llegó, ya habían sacado a Julio al jardín. Sus ojos turbios y pétreos estaban fijos en el trocito de cielo que las tupidas copas de los árboles dejaban entrever. Su mujer le pone la mano en el hombro y él ni se inmuta. Se sienta a su lado y comienza a hablarle bajito, casi en un susurro.

—¿Quién te ha peinado? ¿La nueva? Es buena chica. Fernando te manda muchos besos. Me dice que cuando coja vacaciones, viene a verte. ¿Sabes? Hoy me he despertado tarareando nuestra canción.

Él adopta un gesto que Rita interpreta como una leve sonrisa. Animada por esa mueca casi amigable, saca el móvil del bolso y busca la canción. Una voz grave de timbre claro y nítido hace enmudecer el trino de los pájaros que revolotean alrededor: «Una furtiva lagrima/ Negli occhi suoi spuntò/ Quelle festose giovani/ Invidiar sembrò/ Che più cercando io vo?/ Che più cercando io vo?/ M’ama, si m’ama, lo vedo/ Lo vedo!»

Rita saca un ovillo de lana y unas agujas de punto de la bolsa de labor que siempre lleva consigo cuando va a visitarlo. Comienza a moverlas rítmicamente y Julio se las queda mirando casi hechizado.

—Tu hija anda otra vez con ese mamarracho de Iván. Y mira que se lo digo, que es un pelanas, que le está sacando los cuartos y que cuando menos se lo espere, la va a dejar otra vez. Pero ya conoces a Amelia. Es testaruda como ella sola. Bueno, y como tú.

La imagen de una niña de ojos negros y tristes le viene al pensamiento como un chispazo. La pequeña le sonríe y agita su mano. Él trata de acercarse, pero no puede hacerlo. Sus piernas parecen clavadas al suelo. Lucha por zafarse de ese cepo invisible, pero no lo consigue. Cansada de llamarlo, la niña se vuelve hacia un hombre de ojos azules como dos carámbanos afilados que la agarra por la cintura, la levanta del suelo —parece muy liviana, casi un espíritu— y se la lleva entre llantos y zarandeos. Julio hace amago de gritar, pero ningún sonido sale de su garganta que siente tapizada de arena. El hombre se vuelve hacia él, abre su boca dejando al descubierto unas fauces siniestras y lanza una dentellada al aire. Julio comienza a balancearse adelante y atrás mientras mueve los brazos golpeando el aire.

Ilustración: ZOCAr

 

—¿Qué te pasa cariño? No debí decirte nada de Amelia. Al fin y al cabo, tú no puedes hacer nada. No pudimos antes, así que ahora… Lo siento, amor mío. Tranquilízate. Mira, te voy a poner otra canción. A ver si adivinas quién es.

Rita le guiña y vuelve a trastear en el móvil hasta dar con lo que busca. Deposita el aparato sobre las piernas de Julio y vuelve a su labor. La voz de Pilar Lorengar inunda el espacio: «L’amour est un oiseau rebelle/ Que nul ne peut apprivoiser/  Et c’est bien en vain qu’on l’appelle/ S’il lui convient de refuser…» Al oírla, una especie de descarga eléctrica le eriza los vellos de la nuca. Por un momento, Julio siente que esa voz fina, perfectamente timbrada y flexible como el mimbre, lo devuelve a un tiempo de luz…

—¡Cuántos recuerdos!, ¿verdad, amor mío? ¡Quién pudiera volver a ese tiempo en el que todo estaba por hacer! Jamás se me olvidará el día que llegaste a casa con una expresión a medio camino entre el pánico y el contento: «Me han ofrecido un contrato de suplente en el Coro del Teatro Real». Recuerdo que te dije: «¡Que tiemble el titular!» Confiaba ciegamente en ti.

Cuando termina la canción, Julio se remueve en la silla, frunce el ceño, mueve la boca y emite un sonido ininteligible. Se quita la manta y la arroja al suelo. Rita deja la labor sobre el asiento, recoge la manta y se la coloca de nuevo sobre las piernas. Él la mira con gesto implorante, le agarra la cara y la retiene unos instantes entre sus manos. Y ella sabe lo que quiere decirle, van ya tres años de interpretar sus gritos, sus balbuceos, sus muecas leves… Vuelve a buscar en el móvil y, a los pocos segundos, una voz poderosa inunda la tarde que ya ha empezado a morir: «Nessun dorma/ Nessun dorma/Tu pure, o Principessa/ Nella tua fredda stanza/ Guardi le stelle che tremano/ D’amore e di speranza…» Él alza las cejas, mira alrededor, levanta la mano derecha y la mueve al compás de la música mientras se lleva la izquierda al corazón. Sus labios se curvan tímidamente en lo que podía ser una sonrisa y su rostro adquiere una serena fascinación que emociona a su mujer.

Una enfermera se acerca a avisarles de que la visita ha terminado. Rita le ruega que le dé unos minutos más; la mujer accede, sabe que esos minutos de escuchar su propia voz son un sedante que le ayuda a conciliar luego el sueño.

—Te gusta, ¿verdad, Julio? ¡Anda que no cantabas bien! —le dice la enfermera acariciando suavemente su mano.

Una bandada de vencejos sobrevuela el cielo  y las últimas estrofas se consumen en el aire: «Dilegua, o notte… Tramontate, stelle! Tramontate,  stelle!… /All’alba vincerò/ vincerò! Vincerò».

Camino de su habitación, dos frases se repiten en la cabeza de Julio: «All’alba vincerò/ vincerò! Vincerò». Abre la boca en un esfuerzo inútil de que esas palabras cuajen en su voz. Incapaz, una lágrima rueda furtiva por su mejilla.

Ilustración: ZOCAr.
Alicia Domínguez

Autor/a: Alicia Domínguez

Gaditana nacida en Madrid. Doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la UOC. Articulista en La Voz del Sur y colaboradora en las revistas 142, Woman’s Soul y El ático de los gatos. Autora de 'El verano que trajo un largo invierno' (Quorum Editores), 'Viaje al centro de mis mujeres' (Editorial Proust) y 'Memorial a Ellas. Que su rastro no se borre' (Editorial Proust).

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