El Niño Jesús republicano de Miranda do Douro

Lo dicen las guías turísticas: Trás-os-montes es la región más pobre de Portugal. Fronteriza con Galicia y Zamora, allí el Duero se hace Douro y cada uno de sus pueblos, cada una de sus aldeas, traduce también al portugués a las vecinas comarcas españolas, Sanabria y Aliste, tierras hermanas en la memoria del hambre.

Los españoles no hemos sabido llevar dignamente nuestra pobreza, siempre nos ha avergonzado y, para mal disimularla, o hemos fingido –como el hidalgo pobre- que el brillo de nuestra capa raída se debía a la buena calidad del terciopelo, o hemos hecho ostentación –como el pícaro- de la riqueza alcanzada mediante la corrupción. Los portugueses sí saben ser pobres: no les preocupa la apariencia y confían de una forma candorosa y rotunda en el trabajo diario que, mal que bien, acaba siempre dándoles de comer y vistiendo a sus hijos. La orilla portuguesa del Douro así lo deja ver.

Camino de Trás-os-Montes hago parada en Moveros de Aliste, a apenas cinco kilómetros de la frontera. Sitio secular de alfareras (fueron mujeres las que sostuvieron el oficio y la industria), los portales de sus pocas casas de piedra exhiben, rebosando y seduciendo al turista, cántaros, barrilas, botijos, mieleras, potes, freseros y tinajas; tosquedad bellísima del barro sin pintar, cocido en enormes hornos de leña que los alistanos dejan admirar a quienes venimos de la postmodernidad urbana. La prosperidad del negocio alfarero, sin embargo, no se ha debido en los últimos tiempos ni a los humildes cacharros de cocina ni a los recipientes que mantienen el frescor del agua traída de la fuente. No. A Moveros llegan cada día familias españolas que han hecho del adosado, y del jardín minúsculo del adosado, la ostentación imprescindible; y llegan para comprar una barbacoa hecha de ese barro cocido ya no tan tosco, a la que algún comerciante sagaz ha incorporado un termómetro de suma precisión y un reloj que aseguran que el lechazo quede en su punto y que el hombre de la casa (que no sabe lo que es un pote, o una mielera, o una barrila) aparezca ante el cuñado y la suegra como espléndido cocinero.

 

El Niño Jesús de Miranda do Douro.                                                    Foto: María Jesús Ruiz.

A solo veinte kilómetros está Miranda do Douro, menos mal.

Cruzo a paso ligero la Rua do Paço (otra vez atestada de españoles que hablan en voz muy alta y compran toallas y sábanas bajeras), que lleva del Castillo a la Cocatedral y, una vez en el templo (donde no cobran por la visita), pregunto por O menino. Sé que así se le conoce en el pueblo, lo sé por el hermoso viaje relatado de Julio Llamazares, que me sirve de mapa emocional. La mujer me indica amablemente, «a última capela à direita», y se ofrece a acompañarme. «No es necesario, obrigada».

O Menino Jesus da Cartolinha es algo indescriptible, bellísimo y emocionante. Su leyenda cuenta que hacia 1700, acorralados y casi vencidos los mirandeses por las tropas españolas que querían destruir sus murallas y tomar el lugar, se les apareció el Niño Jesús vestido de caballero, y les fue advirtiendo por dónde iban a venir los ataques. Los mirandeses pudieron así vencer al enemigo y, en memoria de su salvador, rinden tributo a este Menino, al que sus devotas han ido surtiendo de un ajuar completísimo: camisas, chaquetas, pantalones, zapatos, jerseys, chisteras de fieltro para el invierno (cartolinhas) y sombreritos de paja para el verano. Al Menino lo cambian de ropa cada día, pero siempre luce en su pechera una medalla de la República Portuguesa. A este Niño Jesús republicano los niños de Miranda lo sacan en procesión en Año Nuevo y en Reyes, y en las fiestas de agosto los pauliteiros ejecutan ante él una antigua danza guerrera.

Entretanto, los mirandeses pasan su día a día vendiendo manteles, sábanas y toallas al peso a españoles vociferantes que cruzan y descruzan la frontera de Tras-os-montes ignorando que el Menino protege a los de allí, e ignorando que al Menino le traen sin cuidado los aires de superioridad de esos turistas porque él, solo él, es el único de toda la Península que puede presumir de vestir bien, de tener un hogar acaudalado, y una amplia y fidelísima servidumbre.

María Jesús Ruiz

Autor/a: María Jesús Ruiz

María Jesús Ruiz es doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad de Cádiz desde 1987. Ha dedicado su docencia e investigación a la narrativa del Siglo de Oro, la literatura española del exilio de 1939 y fundamentalmente a la tradición oral, el folklore, la cultura popular y el patrimonio etnográfico. Sobre estos temas tiene publicados una docena de libros y más de un centenar de artículos.

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