La rosa roja

Una rosa cortada sobre el enlosado gris de la terraza, flor marchita bajo el sol canalla de la tarde. Eso se me figuró aquel capullo rojo que se me ofreció a los ojos apenas abrí la puerta de cristales para que el aire vespertino metiera sus dedos entre las cortinas y fuera refrescando la casa. Recogí aquella flor y la sostuve entre mis manos, deleitándome en la contemplación de la forma caprichosa de la elasticidad de sus pliegues. De manera instintiva me la acerqué a mis fosas nasales, en un intento vano de encontrar en ella rastros de un perfume que me hablara de su origen, de la íntima matriz de su existencia. Nada más alejado, o quizás más cercano, a la prosaica realidad.

Aquella rosa me transmitió el aroma químico de algún tipo de producto detergente que enmascaraba su más prístina esencia. En un acto irreflexivo, como quien se apresta a deshojar una margarita, pero con sumo cuidado de no dañarla, comencé a desplegar la corola fingidamente vegetal de sus frunces hasta que logré restituirla en su forma original. Una cinta vagamente triangular que apenas se ensanchaba en aquel vértice glorioso donde entraría en contacto con la parte más recóndita de la anatomía de su propietaria. Sosteniendo extendida aquella delicada prenda entre las respetuosas pinzas de mis dedos, pude imaginar, a partir de las medidas de su revelación minimalista, la talla del cuerpo de su dueña, de la misma forma en que un arqueólogo es capaz de calibrar la altura de una estatua a partir del tamaño del hallazgo único de un dedo gordo del pie. Tracé el arco triunfal de sus caderas, calculé la profundidad de la sima posterior donde aquella cinta se abismaría hasta perderse y, flor contra flor, reviví ilusamente la rosa húmeda que era el centro místico de aquel maravilloso hallazgo.

Permití que aquellas braguitas tanga recobraran de modo espontáneo su forma  de gurruño, de brote tierno, de pimpollo simulado, y, tras volverlo a contemplar en el nido cálido de la palma de mi mano, me lo llevé al bolsillo del pantalón con la devoción y la piedad con que un creyente guarda en el sagrario la expresión simbólica del cuerpo de su deidad. Para entonces ya estaba convencido de que yo era el simple mortal elegido por una esfinge misteriosa para que resolviera el enigma que, ella misma, desde su altura, me acababa de plantear. Haciendo uso de la lógica, porque no debe desdeñarse por completo el empleo de este método de razonamiento en la resolución de los enredos mistéricos, me acerque al barandal de la terraza y, exponiendo mi cuerpo al vacío, traté de localizar con mi vista el supuesto tendedero desde el cual se habría desprendido esa prenda que había puesto en contacto, según el designio de las leyes de la gravedad, al simple mortal con la existencia de una diosa de suyo inaccesible, tal y como suele ocurrir en las vetustas narraciones mitológicas. Solo descubrí la sucesión de estratos semejantes de las consecutivas terrazas que, unas sobre otras, se ordenaban hasta alcanzar la altura donde el edificio se recortaba, en la severidad de sus ángulos rectos, contra el azul del cielo.

Ilustración de Casiano López Pacheco.

Estaba claro que si yo tenía que descifrar aquel signo sobrenatural y recibir por ello mi recompensa, resultaba imprescindible que encontrara el origen del mismo y la concreta intención de su emisaria. En un rápido cálculo de posibilidades, porque también la ciencia probabilística aporta su grano de arena en la exploración de los arcanos, deduje que aquella flor debía de haberse desprendido de la terraza que se hallaba justo encima de la mía. Así que ni corto ni perezoso salí de mi piso y subí escaleras arriba hasta alcanzar el siguiente rellano. Una vez allí me situé justo ante la puerta sobre cuyo dintel constaté el brillo de la misma letra ‘A’ que la mía. Toqué el timbre y esperé un par de minutos que se me hicieron eternos. De ese tipo de eternidad cuya esencia no depende de su falta de final, sino precisamente de su anhelado acabamiento. Hundida mi mano derecha en el bolsillo, notaba aquel tacto sedoso de la rosa mustia en las yemas de mis dedos. Apenas si podía contener la emoción que me producía solo fantasear con la imagen de mi diosa que, con el dibujo del agradecimiento en su sonrisa, me invitaría a pasar al interior de su santuario para brindarme los más excelsos de sus dones.

Cuando la puerta finalmente se abrió apareció una anciana octogenaria que me preguntó de forma desabrida por lo que se me ofrecía. Cualquier intento de considerarla la dueña de las braguitas habría rayado la truculencia. Así que le respondí, pues, con una ágil pregunta: ¿cree usted en el Reino de Dios, señora?

-Le aseguro, joven, que no estoy para cachorreñas –me respondió, con un ceño tan fruncido como la misteriosa prenda que yo guardaba en mi bolsillo.

No me quedó otra que seguir interpretando mi improvisado papel de predicador a puerta fría de una de esas sectas neotestamentarias que suelen presentarse en los momentos más inoportunos, y ofrecerle la posibilidad de adquirir una Biblia que podría pagar en cómodos plazos. Me respondió refunfuñando algo irreproducible y, tal como esperaba y aun deseaba, me dio con la puerta en las narices.

Mientras bajaba decepcionado las escaleras, me aferré a la idea de seguir intentando hallar a la diosa que había tenido a bien trazar conmigo el vínculo sobrenatural de unas braguitas rojas. Aún persevero en ello y, por lo demás, prometo continuar informando sobre cualquier novedad que se produzca en el curso de mis pesquisas.

Imagen de portada de Casiano López Pacheco.
Ramón Pérez Montero

Autor/a: Ramón Pérez Montero

Ramón Pérez Montero es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Cádiz. Novelista, poeta, articulista y profesor, publicó su primera novela, ‘Mi nunca dicha razón de amor’, en Sevilla (editorial Castillejo, 1996). Tras títulos como ‘Tarde sin orillas’ (Algaida) y ‘Princesa en la red’, su última novela, ‘Eras la noche’, ha sido publicada este año por Libros de la Herida. En 2012 vio la luz su primer libro de poemas, ‘La mirada inclemente’. En 2016 ha publicado su segundo poemario, ‘Palabra de Adán’, con la editorial sevillana Renacimiento. También ha escrito un libro de investigación histórica, ‘Crónica del desarraigo’, editado por Puerta del Sol en 2014. Actualmente, es colaborador de la ‘La Voz de Cádiz’.

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